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Jardín de rosas

28/abr/08 07:30
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1.- He mandado cortar las rosas del jardín; son rosas enormes: rojas, amarillas, blancas. Las han puesto en un jarrón, dentro de la casa. Nunca vi rosas tan hermosas en una primavera de tiempo incierto. He mandado pintar de colores las grandes piedras de mar que un día pusieron aquí. Parecen ahora un desfile alegre de enormes caracoles. Me entretengo viendo pasar el tiempo. No me interesa lo que dice la televisión. Inmerso estoy, como les dije, en la tarea de escribir contra mí mismo, como hacía Sartre . Las amigas me llaman preguntando que si sufro de melancolía. No, pero esta profesión anda descolocada; y yo también. El paisaje me relaja; La Orotava distrae mis pensamientos. Preparo un libro. Me apresto a ir a una feria de la postal antigua. He encontrado, en Madrid, algunas estampas de Tenerife, de viejo, para mi libro de Navidad. Tengo que volar a Viena, a conocer la colección de Paco Ferrero. Será en junio. ¿El día 6?

2.- Las rosas son mi debilidad. Ahora presiden una habitación de la casa. Huelen a distancia, huelen muy bien. Acostumbrado a las rosas de invernadero, estas son grandes, frondosas, de colores más vivos. Las de invernadero son rosas tristes; las que se crían, salvajes, en el jardín no se decoloran, sino que se arremolinan en el florero, como un torbellino. Frondas del Valle, frondas de suave visión; flores enormes, que no han llorado al ser cortadas. Un cuarto de aspirina en el jarrón, disuelto en el agua, para alargarles la vida. No me interesa la televisión, leo los diarios, leo el Marca, que también es un diario. Del BL -un modernísimo altavoz conectado al iPod- sale música de los sesenta. Estas son casi rosas de mayo, más grandes que las de aquel mayo de París, pero en todos los mayos siempre surgen las rosas; los claveles son para adornar los peinados de las mujeres andaluzas; y para la revolución portuguesa.

3.- La primavera en el Valle es también una revolución de frondas; crecen las hojas verdes, nada se marchita; surge, por cualquier recoveco, un hilito de agua. Los plantones de plataneras ven crecer a sus hijos antes de ser cortados; mi abuelo contaba las manillas de las piñas con el bastón y calculaba, al vuelo, su precio. Yo aprendí a hacerlo, pero se me olvidó. El plátano pronto pasará a ser un cultivo de otro tiempo. Pero quedan las rosas de mi jardín, que se multiplican cada minuto y se riegan con el sereno. El Valle hace lo demás. A mí sólo me queda mirar para contarlo.

achaves@radioranilla.com

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