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28/abr/08 07:30
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Se ha roto una cadena: la de las mujeres

Yo conocí el número de teléfono por una amiga, ésta se enteró por su hermana, que lo conocía por una compañera de trabajo, a la que se lo habían dado en el colegio de su hija, no sé si fue la maestra o la madre de otra niña. Yo animé a otras dos amigas, una de ellas todavía está en lista de espera, además, hace unos meses acompañé, a la señora que trabaja en casa. En una de mis primeras citas me encontré con una vecina, nos miramos tímidamente, con miedo a que se nos notara el motivo por el que estábamos allí. Sin embargo, después de ese día nos saludamos de forma distinta, con más cariño, con más comprensión. Nunca me pregunté cuál sería la razón por la que estaba allí, quizás fue a dejar su currículum, o a informarse sobre sus derechos y los de sus dos hijos, creo que es separada, a lo mejor sufrió maltrato, o tiene una deuda, o quería hacer un curso, o simplemente se sentía sola, como nos pasa a muchas de nosotras. Nunca me he preguntado por las otras mujeres que he visto por allí, nunca hasta hace unos días, cuando me infomaron del cierre del centro y entonces empecé a recordar cómo había llegado yo hasta ese número de teléfono y a todas las mujeres que me unían al centro de apoyo a los mujeres.

No entiendo cómo se puede cortar, así, sin más, esta cadena, no entiendo cómo puede haber dinero para todo (carreteras, carnavales, centros comerciales y más carreteras), menos para lo más importante, que somos las personas, las mujeres. No entiendo por qué cierra el Servicio de Apoyo a las Mujeres. No hay excusa para este cierre. Ya me puedan contar lo que me cuenten. No entiendo cómo pueden tomar decisiones como estas y quedarse tan tranquilos. Es una injusticia.

Concepción Rodríguez González

Alertas meteorológicas y euros

Es tan inútil como gritarle al viento, pero no me resisto a denunciarlo. Cada vez que se activa una alerta ocurre el absurdo de hace unos días (y de los próximos): se declara la alerta, "se ruega que la ciudadanía tome precauciones", y la población se cruza de brazos sin saber a ciencia cierta qué es exactamente lo que debe hacer. Se declara una alerta, se declara una alerta. Pero, ¿en qué consiste una alerta? ¿Qué precauciones exactas debe tomar cada persona, qué actos concretos debe realizar para salvaguardar su seguridad y la de los suyos? Aún recuerdo el desastre organizativo de las autoridades cuando llegó la nefasta riada de hace seis años en Santa Cruz. Necesitaba salir de la ciudad para ir a trabajar. Llamé por teléfono a la Policía Nacional, la Guardia Civil, el ayuntamiento, Protección Civil, la Policía Local... Nadie me contestó cuándo se podría salir de Santa Cruz. Incluso una semana más tarde, nadie se atrevía a declarar desactivada la situación de emergencia.

Nada ha cambiado. Mientras la adversidad meteorológica se limite a una calima, el gobierno se compromete. Como una calima no implica suspensión de clases, pérdida de horas laborales, no hay problema. Pero cuando se trata de un temporal de lluvia o viento aparecen las inevitables inhibiciones. Las veces que se ha declarado un temporal y en consecuencia se han cerrado colegios, institutos y recomendado no salir de casa (o sea, entre otras cosas, no salir a trabajar) los empresarios y la clase política han arremetido contra las autoridades. Se han esfumado horas de trabajo, ingresos. Dinero, mucho dinero. Por eso el gobierno no quiere pringarse con las presiones posteriores a una falsa alerta. Por eso se transita en el territorio de la nada a la hora de definir si hay que suspender el acudir al trabajo. Por eso las bagatelas de alerta color naranja, color amarillo (nadie sabe lo que implica un color u otro), se ruega prudencia, se recomienda no salir de casa si no es imprescindible (¿si no es imprescindible?, ¿ir a trabajar es o no imprescindible?, ¿qué decide el ciudadano ante eso?) que nada concretan.

En otros países lo tienen claro: lo primero, cerrar los centros escolares; lo segundo, evacuar o pertrechar los centros sanitarios; si el temporal es de gravedad, se instruye sobre las medidas de protección del hogar, se especifica en qué casos sí debe salirse de casa (asunto de vida o muerte, o pertenecer al personal de emergencias), con qué recursos deben contar las familias para afrontar el mal tiempo (pilas, agua, alimentos no perecederos, velas, radio, linternas...).

Y mejor no hablar del grado de instrucción de la población ante alertas: cero. Ni del brutal número de falsas alertas declaradas. De tantas falsas alertas declaradas precipitadamente la gente ya no las cree. O sea, el colmo.

Sería bueno que alguien del Gobierno regional diera un paso al frente y aceptara el reto. Que actuara. Que se involucre en transmitir, en explicar a la ciudadanía, qué debe afrontarse en una alerta, cómo prepararnos, lo que es recomendable organizar y lo que nunca debe hacerse cuando se está en situación de riesgo meteorológico. Aunque luego se equivoque porque haya sol en vez de lluvia, aunque haya brisa en vez de tormenta, será preferible. Es mejor afrontar una alerta, falsa o no, que despreciar la posibilidad. Cien muertos flotando en una calle siempre será peor que unas horas de trabajo perdidas.

Sergio Rodríguez Pinto

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