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MARÍA DEL PINO FUENTES DE ARMAS

Las normas del querer

28/abr/08 07:30
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DICE la voz popular que los trapos sucios se lavan en casa, una ley de silencio que ha servido de parapeto a los desmanes que desde tiempos pretéritos se han cometido contra los más desfavorecidos de la sociedad: mujeres y niños. De ahí que durante años hayamos ignorado qué se cocinaba en nuestros propios fogones, haciendo oídos sordos a los comentarios de comadres y mentideros, pensando que el mal olor siempre provenía de los calderos ajenos, léase otras culturas o estamentos sociales, y sin reparar en la fragilidad de nuestro entorno, resquebrajado la mayoría de las veces por unos comportamientos que, por ser habituales, creíamos que estaban dentro de lo que la razón ha dictado como normal.

Luego creces, lees, estudias, evolucionas, conoces otros ámbitos sociales y descubres aterrado que tu mundo no era tan perfecto, que estaba lleno de profundas grietas apenas cubiertas por la sutil tela de la conveniencia social y que en tu aparentemente equilibrado entorno hay claros indicios de maltrato. Nada ni nadie escapa a esta realidad, por ello valoro el gesto del papa Benedicto XVI que, rompiendo la norma del silencio secular, ha manifestado su profunda vergüenza por los escándalos de pederastia que han laminado la credibilidad del episcopado estadounidense. Un escándalo de tamaña magnitud que ha vaciado las arcas de la Iglesia norteamericana, obligada a pagar cuantiosas indemnizaciones, y que amenaza con arañar las cuentas del tesoro del Vaticano, pues algunos procesos judiciales abiertos en Estados Unidos piden que se declare a la Iglesia de Roma responsable última del escándalo, exigiéndole fuertes sumas de dinero en concepto de reparación de los daños ocasionados a las víctimas.

De "profunda vergüenza que no se debe repetir y de gran sufrimiento para la Iglesia" y para él personalmente calificó Su Santidad a los numerosos casos de abuso sexual a menores cometidos por sacerdotes de las diócesis norteamericanas, estamentos adictos al encubrimiento y a comprar el silencio de los familiares de las víctimas, que han destinado sumas millonarias a indemnizaciones. Con propósito de enmienda añadió: "Ahora se tiene que hacer todo lo posible para que esto no vuelva a suceder", pero no indicó cuál era el ámbito de actuación de esta reflexión y mucho menos si en la misma incluía a la jerarquía eclesiástica española, la cual ha utilizado la estrategia de la ocultación cuando algún caso de pederastia ha afectado a uno de sus clérigos, pues fieles al refrán han intentado resolver el problema dentro de casa, en términos absolutamente privados, mirando para otro lado, para los calderos del vecino.

Los abusos sexuales a menores, los cometa quien los cometa, deben ser siempre denunciados, juzgados y sentenciados, pero cuando la acción la ejecuta un sacerdote o un docente hace que el daño psicológico sea mayor, ya que la víctima de la agresión se siente más indefensa, dando lugar a sentimientos de asco y desconfianza, pues generalmente se idealiza al pederasta, el cual, la mayoría de las veces, con un "eres alguien muy especial para mí y soy muy afortunado de tenerte a mi lado", se convierte en el padre que se desea, en la figura que escucha los sueños de un adolescente y que le alienta a perseguirlos.

Con clara superioridad aprovecha sus dotes de oratoria para ofrecer frases que hace suyas, del tipo de "amar no es solamente querer, es sobre todo comprender", y que años más tarde descubres que no es del pederasta de turno, sino de la escritora francesa Françoise Sagan. El adulto, enfermo mentalmente, induce al menor a demostrar el amor con normas del querer que le producen sentimientos de culpa, vergüenza y miedo. "¡Que no se entere nadie!", es la frase preferida, la que hace del amor algo sucio, gravado por la condición de terrible secreto, de delito. Hasta que un día comprendes que eso no es amor, es abuso, y que lo cometen los familiares, los vecinos, los sacerdotes, los maestros..., la gente honorable y respetable, los pilares de la comunidad pública de conducta intachable, los que has idealizado y que de la noche al día se convierten en vulgares criminales y delincuentes, lobos con piel de cordero cuya conducta íntima y privada es deleznable.

El hermoso mandamiento de amarás al prójimo como a ti mismo define perfectamente el cómo deben ser las relaciones humanas, el tan traído y llevado no hacer lo que no desees que los demás te hagan a ti, todo dentro del libre albedrío que tenemos los humanos, por tanto el amor es una expresión de nuestra libertad y el querer no tiene normas. Debemos trasmitir a nuestros niños y adolescentes este mensaje: el amor nunca es abuso y por tanto no se oculta, muy al contrario se muestra, se despliega, se deja que nos convierta en figuras aladas capaces de sobrevolar las incertidumbres. El amor nos cuelga una sonrisa en el rostro, nos hace mirarnos en la luna de los escaparates y gritar al viento nuestra felicidad. Cuando se quiere se saltan las vallas de la intolerancia y se raya casi la estupidez se está enamorado.

No se puede ni se debe amordazar a la opinión pública, pero mucho menos cuando el que comete el pecado tiene las manos bendecidas.

 

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