HACE APROXIMADAMENTE unos veinticinco años, recién inaugurado el Hospital Universitario de Canarias, recorrí sus instalaciones por mera curiosidad, y sobre todo, para saber dónde, algún día, podrían internarme, porque todos somos tributarios, primero, de la enfermedad, y finalmente, de la muerte.
Efectivamente, como yo pensaba, unos veinticinco años después volví, esta vez enfermo, y diría a primera vista que nada ha cambiado, que todo sigue igual, con el mismo señorío en todo el personal médico, con la misma soberbia y efusión del personal sanitario. Todo con el enfermo, con el necesitado de auxilio y de consuelo, pero la realidad es que aunque parezca que nada ha cambiado, nosotros no somos los mismos, ni las cosas de ese Hospital permanecen iguales.
No se trata de decir que sean mejores o peores; son, simplemente, distintas, porque la vida nos llena, día a día, de pequeños cambios que condicionan nuestro quehacer y nuestras obras. El acaecer circundante nos enseña nuevos perfiles, novedosas demandas, inaplazables requerimientos, ante los que los médicos y enfermos no podemos permanecer impasibles.
Vamos hacia un nuevo milenio, acompañados de augurios contradictorios, insertos en una dinámica social que se transmuta a ritmo vertiginoso.
Todo lo dicho nos hace reflexionar que, desde que se inauguró la democracia en nuestro país, se han creado pocas camas hospitalarias. Menos de las que demanda una sociedad creciente y necesitada de ellas.
En la época pasada, en la llamada "oprobiosa dictadura", se construyeron hospitales, residencias sanitarias y demás, pero desde hace tiempo, ello no se ha producido al ritmo obligado por las miles razones que podemos imaginar; y, por ello, nos encontramos con un servicio de urgencias que no puede asumir la función que tiene asignada, porque la población crece, las demandas son cada día mayores, y, además, hemos de sumar la irreflexión e incultura de muchas personas que acuden a estos servicios por cosas nimias, insignificantes, que podrían resolverse en cualquier ambulatorio o consulta de la Seguridad Social, y así, de esa forma, colapsan ese importante servicio.
Es muy difícil conseguir una cama hospitalaria porque las capacidades están limitadas, y parece que la sanidad, al igual que la justicia, no producen votos. Son los votos los que cuentan, y la salud solo tiene importancia para el que la tiene quebrantada, y, sin embargo, debe interesar a todos.
Ante ese panorama, todo el personal del Hospital Universitario de Canarias, empezando por los porteros, en una labor difícil y complicada porque todos quieren visitar a sus familiares y amigos; y terminando por el servicio de rehabilitación con el Dr. Enriquez; el de Urología, dirigido por ese genio que es el doctor Pedro Rodríguez y el fisioterapeuta, Ángel G. Narbona; todos ellos, en general, suplen con su cariño, con su dedicación, con su entrega a favor del enfermo que necesita abnegación y sacrificio, suplen, repito, todas las deficiencias materiales que puede hoy tener nuestro Hospital Universitario de Canarias. Ese Hospital, hoy, afortunadamente ampliado considerablemente; y con un equipo religioso que es una maravilla. Todos ellos comprenden que la ciencia médica está al servicio de la sociedad, y todos ellos saben que se subliman en ese servicio, en la entrega al otro, en la entrega al prójimo, en la entrega al enfermo.
Y el servicio de Cardiología, que ahora se ataca injustamente, pero que es modélico, con doctores de una brillante ejecutoria profesional como son los dres. Bossa, Martínez, Lainez, Marrero Rodríguez, de Llana Ducrait, y tantos otros doctores que con ellos colaboran, que están en mi recuerdo y que han salvado tantas vidas, que merecen no la crítica, sino el aplauso generoso lleno de admiración.
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