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27/abr/08 01:03
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Los ecologistas palmeros y el Club Náutico

¡Por fin aparecen los ecologistas palmeros! Sinceramente, creía que no existían. Los he visto en la prensa solicitando la retirada del Plan de ordenación de la actividad turística. He visto que temen por inversiones rusas, marroquíes o por personas del "caso Malaya". Sinceramente, alucinante.

Y yo me pregunto: ¿dónde estaban todos estos ecologsitas cuando el Club Náutico de La Palma compró terreno de todos para ampliar sus instalaciones en el muelle de Santa Cruz de La Palma? ¿Saben estos ecologistas que los señores socios del Club Náutico disponen de spa, gimnasio, etc., para sus socios privados en suelo público?

En 1993 fue destruida la única playa que contaba Santa Cruz de La Palma, la Playa del Roque, porque las necesidades de expansión del Puerto lo hacían necesario. Pese a la oposición de los ciudadanos, con la presentación de 6.500 firmas, la playa fue "entullada" para que el puerto creciera y tuviera más posibilidades de expansión y desarrollo.

La obra se realizó de forma ilegal y el Tribunal Superior de Justicia de Canarias dictaminó la ilegalidad de las obras en 1997, al carecer de la declaración de impacto ambiental. Esa sentencia fue ratificada posteriormente por el Tribunal Supremo de España.

Pese a ello, la situación ha sido irreversible y los ciudadanos de Santa Cruz de Palma nos hemos quedado sin playa. Junto a la playa se encontraba la piscina privada del Club Náutico de Santa Cruz de La Palma, que nunca fue suprimida y aún permanece abierta. Resulta paradójico que se suprimiera la playa, que era del disfrute de todos los ciudadanos, y no se suprimiera la piscina del Club Náutico, que era del disfrute sólo de los asociados y mantiene su carácter privado.

Ahora, de manera incomprensible, el Puerto de Santa Cruz de La Palma ha cedido más de 4.000 metros cuadrados de ese mismo suelo público, muy próximo al lugar donde existía la playa del Roque, a esa misma sociedad privada, el Club Náutico de Santa Cruz de La Palma, para que amplíe sus instalaciones.

Y nosotros, los ciudadanos (no los ecologistas), nos preguntamos: ¿no necesitaba el puerto terrenos para su expansión? ¿cómo es posible que hace una década necesitase esos terrenos y ahora sobren? ¿y si ahora sobran, no se le devuelven a la ciudad, sino se ceden a una sociedad privada?

Si realmente sobra ese suelo en el puerto de Santa cruz de La Palma, y ya no es tan necesario para expansión y desarrollo, queremos que sea devuelto a la ciudad, en forma de aparcamiento, parque o instalación deportiva, pero en ningún caso debe ser cedido a una sociedad privada para el disfrute de unos pocos.

Ahí necesitamos a nuestros ecologistas, luchando por el bien común de todos, y no preocupados por el caso Malaya.

K.H.

Cathaysa

El sábado de la semana pasada, fui al concierto que Pedro Guerra dio en el auditorio de Tenerife. Soy seguidor del cantautor canario desde que él (y yo) éramos unos pibes y junto a Andrés Molina, Rogelio Botanz y Marisa Delgado formaban el Taller Canario de la Canción.

Fue un concierto íntimo, y aunque al principio salí decepcionado y oí comentarios diversos, a mí, en general, me gustó. Siempre es un placer escuchar a uno de los máximos representantes de la canción isleña, aunque él ya no viva en Canarias.

En su momento, las canciones del Taller Canario o de Taburiente me ayudaron a formar mi pensamiento político, a tomar conciencia de la realidad de un pueblo que arrastraba complejos de dependencia social y política de la España que nos ocupa, altas tasas de analfabetismo y un desconocimiento casi total tanto de su propia historia como de su geografía. Con ellos descubrí que, en contra de lo que siempre me habían contado (de lo que me siguen contando), la libertad de nuestra nación no sólo es posible sino también deseable. Asumí de forma lógica y natural que la bandera de mi país es blanca, azul y amarilla con siete estrellas verdes; que deseaba conocer, en la medida de mi capacidad, todo lo relativo a los hechos históricos desde las sociedades aborígenes hasta la constitución de los primeros parlamentos y gobiernos autonómicos canarios.

En algún sitio leí que los políticos hacen lo que los poetas sueñan. No creo que un pueblo que viva de espalda a sus poetas, liberatos, pintores, pensadores, músicos, etc. sea capaz de afrontar los retos que nos traerá el futuro. Por eso es tan importante que conozcamos y valoremos lo que nuestras gentes hacen, tanto dentro como fuera de nuestro país. Y que nos sintamos orgullosos de ellos.

Cuando Pedro Guerra terminó el concierto, prácticamente todo el auditorio se puso en pie para aplaudirle. Como nos había sabido a poco, el aplauso se mantuvo hasta que, por dos veces, volvió al escenario y cantó cuatro canciones más. Debieron de ser las mismas canciones que cantan en el resto de su gira. Algunos, entre ellos yo, le pedimos que nos contara "Cathaysa", que, para el que no la conozca, es una canción suya de la época de Taller en la que relata el vacío que deja una niña guanche que es capturada y vendida como esclava en España. Y esa fue mi decepción. No cantó alguna de aquellas canciones primeras que a mí me forjaron como persona. Canciones que, por otro lado, es poco probable que le pidan fuera de Canarias, dado que su valor sentimental e ideológico es exclusivo de las gentes de este país. Por eso en el coche, mientras volvía a casa, comentaba con mi mujer que me quedaba la magua de no habérsela oído cantar. (Era como si Silvio Rodríguez no cantara "Ojalá" o Taburiente el "Ach Wañak").

Llevo dándole vueltas dos días, ¿por qué no la cantó? Es posible que esté harto de que cada vez que hace un concierto en Canarias se la pidamos, o tal vez su pensamiento político cambió hacia criterios menos nacionalistas y es un tema en el que ya no cree, o no tenía la letra a mano y como él mismo confesó (en un golpe muy simpático) ya no la recuerda. En el fondo ¿qué más da? En su momento, Pedro Guerra nos regaló una historia preciosa de una niña guanche que tituló "Cathaysa", que yo, y otros muchos como yo, nos aprendimos y aún hoy cantamos. Como él mismo dijo, antes daba conciertos para un público que estaba formado preferentemente por hijos mientras que ahora los da para un público de padres. Y eso es lo que esfuma mi decepción. Igual que mi sobrino mayor iba conmigo a los conciertos de Taburiente, me toca enseñar la letra y la música de "Cathaysa" a mis sobrinas y a los hijos que están por venir. Aunque Pedro Guerra no la cante. Al fin y al cabo siempre me gustaron los sueños de este músico poeta. Tanto como mi sueño de una Canarias libre.

José Enrique Núñez Ruano

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