La imagen la he visto alguna vez en el Hyde Park londinense -cuando hace sol, claro- y también, con bastante más frecuencia, en el Central Park de Nueva York. Resulta bastante inusual, en cambio, ver a cuatro mujeres jóvenes, presumiblemente trabajadoras de alguna empresa cercana, almorzando el contenido de sus fiambreras en un parque de Tenerife. Mujeres u hombres, los tinerfeños, los españoles en general, o comen en su casa, o van a la cafetería de la esquina. Y para ir a su casa al mediodía, la mayor parte de ellos no utilizan el transporte público sino el coche privado. En Tenerife hay ocho vehículos por cada diez habitantes. Cuado existan diez por cada diez, las carreteras no se seguirán saturando. Nadie es capaz de conducir más de un coche a la vez. En cualquier caso, lo de llevar la comida en una cesta -un simple bocadillo y un refresco- lo consideramos un hábito de pringados; una costumbre propia de épocas más menesterosas, cuando los obreros de la construcción o los trabajadores de las plataneras iban al tajo de esa guisa.
Dejando aparte las cuestiones de apariencia personal, cada vez que encuentro a un ejecutivo de una gran ciudad anglosajona, probablemente mejor pagado que casi todos los "potentados" españoles en general y tinerfeños en particular, tomándose un refrigerio al mediodía sentado en un banco de cualquier plaza pública, me pregunto -estoy obligado a preguntarme- hasta qué punto nos hemos creído esa falacia de que somos ricos. O nuevos ricos, que es una subespecie aún más petulante de acaudalados, ya sean reales o ficticios.
Resulta evidente que nuestras condiciones económicas no son, ni de lejos, las de hace quince o veinte años. Incluso con crisis, vivimos mucho mejor. Pero no somos ricos. Al menos no hasta el punto de que podamos desayunarnos todas las mañanas en el coqueto bar de enfrente, al módico precio de varios euros. Nuestros abuelos, que sabían mucho de penurias, nos aconsejaban cuidar los pequeños gastos. Hasta el barco más grande se hunde por un agujero aparentemente insignificante. Que se lo pregunten a los que iban en el Titanic. Lo malo es que si dejamos de acudir a la cafetería, aumentaremos las quiebras y, en consecuencia, también el número de parados. Lo mismo que ha ocurrido con la industria del ladrillo cuando ya no tenemos dinero para comprar casas, entre otras cosas porque los bancos, consumado su negocio, han decidido cerrar la mano. La versión financiera del coge el dinero y corre.
Despertar de un sueño dorado es más frustrante que haber tenido una pesadilla. De las pesadillas nos libramos apenas abrimos los ojos. Volver a la realidad, a la cruda existencia cotidiana, tras una noche en la que nuestra imaginación onírica nos ha creado un mundo tan fantástico como imposible acarrea, en la mayoría de los casos, una depresión que nos persigue todo el día. En definitiva, resulta mejor soñar con que a uno lo devora un dragón, que con la delicia -posible pero poco probable- de ganar diez millones de euros en cualquier lotería.
La crisis económica nos está despertando de nuestro irresponsable sueño de opulencia con una sonora cachetada. Nada tiene de extraño el incremento del desempleo. Eso era previsible. No cabía esperar, sin embargo, que dicho aumento en el número de parados creciese tan deprisa como lo está haciendo. Y me temo que todavía no hemos tocado fondo. En fin, espero que hasta el humilde hecho de almorzar en un parque público no se convierta en un lujo de aquí a unos meses. No porque falten bocadillos -alguien siempre los regalará, aunque sean de mortadela-, sino porque escaseen las empresas a las que ir a trabajar.
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