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PEDRO MILLÁN DEL ROSARIO

Wladimiro

24/abr/08 18:19
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HACE MUCHO tiempo tuve la suerte de que Wladimiro Rodríguez Brito me diera clases de Geografía de Canarias, en la Universidad de La Laguna, una de las asignaturas que -sin duda- más han influido en mi posterior desempeño profesional y personal. En una época en la que -por diferentes razones- el absentismo docente era frecuente, no recuerdo un día de ausencia o falta. Fiel a su compromiso diario, el inconfundible Wladimiro recorría los pasillos del edificio del Campus Central con sus dos cajas de diapositivas bajo el brazo, para mostrarnos cómo se cultivaban las cebollas en arena de playa en Lanzarote, un natero en un barranco en La Gomera o el pastoreo en la Dehesa en El Hierro, cosas desconocidas para la inmensa mayoría de nosotros entonces. Todas sus explicaciones se basaban en la comprensión y el análisis de una imagen, es decir, nos enseñaba a ver, a entender cómo estas islas se habían construido sobre un paisaje con nombres y apellidos, con el esfuerzo y sacrificio de generaciones enteras de canarios. A posteriori, he tenido la gran fortuna de viajar a lo largo y ancho del mundo, utilizando el mismo método que aprendí de Wladimiro hace 20 años y me considero afortunado por ello.

A lo mejor piensan ustedes que esta metodología interactiva era habitual en una carrera como Geografía. Sin embargo, no era así en la década de los ochenta, al contrario, era un hecho casi excepcional. Para poder desarrollarlo había que tener una vocación viajera y exploratoria como la que tenía el profesor Rodríguez Brito, que desarrolló a lo largo de las siete Islas Canarias, y que me transmitió supongo que sin querer. Otro aspecto que recuerdo era que se trataba de una Geografía completamente humana, los viejos cabreros tenían nombre, al igual que los agricultores o los pescadores, los propietarios de las galerías, de las tierras o los medianeros? De ninguna manera impartía una asignatura aséptica, era una Geografía "roja", denunciaba injusticias, explotaciones seculares, esfuerzos no reconocidos y sacrificios anónimos. Se trataba, en definitiva, de lo que uno aspiraba a encontrar en una carrera universitaria y que rara vez -lamento decirlo- encontré. Tal vez ahora las cosas sean diferentes, no lo sé.

Tampoco quiero decir que Wladimiro estuviera siempre en posesión de la verdad absoluta, discrepé con él entonces y discrepo con él hoy en algunas cosas, con respeto mutuo y constructivamente. Sin embargo, motivar la reflexión y el debate es un valor importantísimo y raro en la sociedad actual, que tiende al maniqueísmo y al absentismo intelectual. Quizás por eso centenares de docentes y profesionales formados en sus clases y regados por todo el Archipiélago recordamos con cariño aquellas clases magistrales.

Luego vino la política activa, aunque su compromiso social arranca muchos años antes, desde su padre y la dictadura, en tiempos bastante más duros que los presentes. Eso marca personalidades fuertes y aguerridas, guerreras, que van de frente y no se esconden. Y en los tiempos actuales eso no se lleva ni es rentable personalmente. Demasiada crispación, demasiados colectivos que se sienten atacados si a uno le da por hacer cumplir las leyes o pensar lo contrario, si escribimos o decimos lo que pensamos. Es una forma fácil de hacerse enemigos. Es evidente que este mundo no premia ni la honestidad ni la sinceridad, y mucho menos en la política. Quizás por eso, Wladimiro representa una especie prácticamente extinguida y con los días contados. El político moderno es otra cosa, se moldea según los problemas y las coyunturas, y se adapta al viento como un brezo en el Pico del Inglés.

Ahora hemos sabido que un animal de dos patas le lanzó una botella contra el coche en plena autopista, en el que iban él y su chofer, Bertín, en un intento de homicidio difícilmente entendible. Este hecho se suma a los intentos de agresión que padeció en el último incendio, con los cazadores hace unos años, insultos paseando por La Laguna, amenaza de bomba en su casa, frío comunicado del resto de la Corporación, etc. Entiendo que, tanto él como su familia, estén aburridos de esta presión injustificada y quiera volver a la comodidad de la docencia universitaria.

Sin embargo, lo que planteo es que nosotros, el resto de la comunidad, no podemos permitir ni tolerar que a uno de nuestros representantes electos se le amenace y se le agreda impunemente sin levantar la voz y posicionarnos a su lado, como un solo hombre. Esto no es Sicilia, es Tenerife, aunque alguna vez tengan dolorosas similitudes como ésta que denunciamos. Más allá de que uno vote o no a Wladimiro, es un deber colectivo e irrenunciable apoyar a este hombre, y que se vaya cuando él o el pueblo de Tenerife lo decidan, sin presiones mafiosas de ningún tipo. Si permitimos que esto le ocurra a Wladimiro ante nuestra indiferencia, cualquier día vendrán a por nosotros a nuestra casa y nadie hará tampoco nada.

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