SI UNO no estuviese convencido, y desde hace tiempo, de que este es un país de opereta, a lo mejor hasta se tomaba en serio esa contundente afirmación de que España, entiéndase el señor Moratinos en su papel de ministro de Exteriores, utilizará la diplomacia para liberar a los pescadores capturados por piratas somalíes. Hace unos días recorté de un periódico nacional un amplio reportaje sobre el saqueo de barcos en el Cuerno de África. Indudablemente llama la atención, y mucho, que en pleno siglo XXI continúen existiendo en esos mares de Dios -más bien de Alá, atendiendo a la zona en cuestión- filibusteros de los auténticos; de esos que veíamos en la película de los sábados por la tarde, cuando teníamos la dicha de que los sábados por la tarde fuesen tiempo de asueto en nuestra semana escolar. Convendrán ustedes conmigo que últimamente los piratas son de otro tipo. Verbigracia, los piratas aéreos; esos que secuestran aviones. Y también, ya en días más recientes, los piratas informáticos e intelectuales, que plagian libros, canciones y hasta películas de cine, y luego las venden en los mercadillos o sobre una sábana en cualquier acera concurrida. El "top manta", ustedes saben.
Lamento frivolizar en un asunto como este por el simple hecho -en absoluto baladí- de que peligra la vida de 26 personas. Ojalá cuando estas líneas lleguen a los lectores ya se haya resuelto el secuestro. Lamento frivolizar pero lo hago porque es mejor reírse que llorar. Sería injusto decir que chantajes de tal índole ocurren sólo con barcos españoles, debido, entre otras calamidades, a nuestra errática política exterior. Nada más lejos de la realidad. No hace mucho le tocó la misma suerte -la misma mala suerte, para ser más precisos- a un yate francés. El rescate de sus 30 ocupantes costó un millón de euros. Cantidad respetable en la Europa de la opulencia, desde luego que sí, pero mucho más en una nación depauperada como Somalia. Lo patético del caso no es, en consecuencia, que hayan secuestrado a un pesquero vasco, sino la extraña situación interna y externa que nos genera este suceso.
Para empezar, causa risa lo dicho por Moratinos -y también Fernández de la Vega- en el sentido de que utilizaremos la diplomacia para liberar a los pescadores; trece españoles y otros tantos africanos. Intento imaginarme a un enviado de Moratinos negociando diplomáticamente con los bandidos. Una conversación, por lo demás, sencilla: "La libertad del barco y de los que van en él cuesta tanto. ¿Cuándo van a pagar?". Y nada más.
Algunas veces, sin embargo, estas felonías se complican. Entonces hay que mandar un buque de guerra, con comandos especiales y todo. Momento en el que nos damos cuenta, si es que alguien se da cuenta, de que necesitamos unas fuerzas armadas de verdad y no sólo una ONG. Naturalmente, siempre queda la posibilidad de recurrir a un amigo para que nos saque del apuro. Un caballero andante al mejor estilo de Sarkozy, que nos libere a los pescadores como no hace mucho nos rescató a las azafatas en el Chad. Lo malo es que por ahí fuera cada vez quieren saber menos de nosotros. Nadie se fía de quien lo deja en la estacada, y Zapatero ha dejado tirados a muchos mandatarios otrora amigos.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD