Recuerdos fueron los que en ese día, 13 de abril, del encuentro con el libro "Apuntes sobre el cinematógrafo en El Hierro" de Marcelo Gutierrez Quintero" desfilaron por la memoria en una trasposición de las vivencias de la infancia en una isla que en aquellos momentos, año 1949, tenía pocas novedades, puesto que casi todo estaba perfectamente sustentado por el quietismo y la parsimonia y aquella, la del cine, el inicio de su presencia, nos entusiasmó durante años.
Ese libro recoge todo lo que uno tenía en la memoria guardado; no obstante, puestos a recordar, tendremos que decir que durante el año había una noche en la que el cine cobraba relevancia, y además se traía para esa fecha una película de relumbrón. Me refiero a la del 24 de diciembre. La sesión empezaba a las nueve y a la finalización se iba camino de la iglesia para la ceremonia de la Nochebuena, a las 12, con lo que ya esa noche se vivía en plenitud, y además los bares estaban abiertos hasta altas horas horas de la madrugada con lo que el ambiente en Valverde era festivo y juguetón.
También en el recuerdo las apreturas que soportábamos en las butacas cuando teníamos ocho o nueve años. Y era los domingos por la tarde cuando el cine se llenaba, sobre todo de gente menuda, y se incrementaba con los chicos que llegaban del Mocanal, que, al no tener butacas disponibles, nos ponían a dos en una y, como buenos amigos, se disfrutaba del cine y de la solidaridad con los que desde el pueblo vecino tenían deseos de ver la película aquella del Oeste.
El cine en la isla, y más concretamente el Cine Álamo, marcó una época diferenciada y entusiasmadora. Desde la novedad de aquellos bailes a las doce de la mañana, después de la misa de los domingos, que casi siempre eran la antesala de las estrategias que había que seguir para el partido de fútbol de las cuatro de la tarde, hasta las miradas buscadoras de intrigas juveniles, que se refugiaban en sueños la mayor parte de las veces evanescentes.
Nos acordamos de Pancho, que actuaba de conserje, de don Pedro, el cual, en la oscuridad, nos guiaba al sitio que estaba libre. De los cortes que alguna que otra vez nos dejaba unos minutos en blanco hasta que la cinta se pegaba con acetona; de los descansos aprovechados para comprar en el bar de Andrés y Onésimo un caramelo o una magdalena elaborada en la panadería de Adrián o de Santiago.
En fin, el cine, el libro ha dejado que la memoria se escurra en los vericuetos de las viejas vivencias dibujando una referencia de la juventud de la época, de los domingos intranquilos por llegar al encuentro, de los discos que se oían desde el Cabo hasta Tesiné por aquel altavoz colgado de la ventana y de todas aquellas cosas imbuidas de sencillez y de elegancia, hoy ciertamente lejanas pero siempre deseadas.
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