Y tomándose su tiempo los españoles desembarcaron en las playas de Añaza. Es decir, por la estación del tranvía, más o menos, en "La Fundación". Afilaron las espadas, guadañas y alimentaron los arcabuces de la guerra, cargaron las alforjas de unos 50 caballos y los 1.000 aventureros europeos más otros 1.500 guanches convertidos (de las islas orientales) la emprendieron hacia el norte. Se pertrecharon bien y comenzando por las vías del tranvía y después por la carretera vieja se adentraron en la cornisa septentrional de Tenerife. Armando bronca. En una zona llamada Acentejo, unos 5.000 guerreros o más los esperaban con las fuerzas de Bencomo y algunos cabecillas. Tinguaro al frente les tendió la trampa y surgió La Matanza, que también podía haberse llamado La Escabechina.
Escabechina es lo que hacen los fines de semana en esa misma carretera. Si un viernes o sábado noche usted va de Santa Cruz o La Laguna a echarse un vasito de vino y un trocito de algo, pasa lo mismo. La pareja, que ya constituyó familia, de la Guardia Civil está al acecho y si se descuida regando mosto al comerse la viejita o se manda un "wanijey" puede estar seguro de no eludir la trampa del Tinguaro de turno.
Una pedrada en la boca le estamparon al mismísimo Fernández de Lugo y los pobrecitos europeos, desperdigados malamente, con muchísimas bajas volvieron. Los que no se quedaron en el polvo, a "La Fundación". Unos por la cumbre y otros costeando, cada uno penosamente como pudo y corriendo más que galgos. Así es como ahora se vuelve del Puerto de la Cruz o de La Cuesta de La Villa. A escondidas y no sólo de tu pareja.
A usted no le van a estampar una pedrada en la boca, y en vez de ponerle puntos de sutura se los quitarán de la costura y una multa como un castillo amanecerá en su bolsillo. Menudos son, colocando controles y no es lo mismo que se lo hagan a otro, que al fin y al cabo es otro, que a uno que controla y sabe lo que hace.
Los españoles se marcharon dejando un retén en el medio fuerte que habían construido previamente en la Estación. Usted váyase a casa, que es lo mejor que puede hacer y que sólo queden el soplido y la firma. Ya vendrá la receta.
Volvieron las huestes escarmentadas. Reforzadas con la experiencia y las armaduras. Un poquito más allá, unos añitos más tarde, en el mismo Acentejo repitieron la jugada. Los guanches, ya sin Tinguaro decapitado, cayeron ahora ellos en la trampa y se llamó La Victoria.
Usted vuelva en guagua y tranvía al guachinche, no deje de ir al siguiente fin de semana, escarmentado o con el refuerzo de su pareja, y que regule el susodicho.
Ahora en serio, deberíamos aprender nuestra gloriosa historia (los aztecas o los incas, siendo millones, no fueron capaces de vencer a los desafiantes españoles y los cabreros guanches, sí) porque es preciosa y además sirve para un "vasito de orgullo".
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