Quizás con un poco menos de edad, no nos hubiésemos atrevido a escribir estas líneas, pero, sumidos en la tragedia que nos amenaza a nuestro alrededor, no nos queda otra válvula de escape que traer a estas ilustres páginas de EL DÍA nuestra más que profunda preocupación por los acontecimientos que día a día vamos viendo desarrollarse a nuestro alrededor, fruto -sin ningún género de dudas para nosotros- de la incompetencia y la falta de capacidad de muchos de nuestros semejantes encargados de dirigir la vida de la comunidad, que llegan a puestos directivos sin la más mínima preparación para ello. Así, como suena, sin ningún aditamento.
Nos vienen al recuerdo una serie de imponentes jornadas de trabajo celebradas en Ripoll, un pueblo del Pirineo catalán, entre nieves y brumas, recluidos en un hotel de montaña entre importantes empresarios y políticos españoles, asistiendo a un curso de alta dirección, donde humildemente todos preguntábamos y nos asesorábamos sobre las técnicas del Dale Carnegie, con las mejores ilusiones y el mayor respeto, simplemente con el fin de servir a la sociedad. Porque servir a la sociedad es también -aunque algunos no lo entiendan así- construir empresas serias, honestas y honradas, sin necesidad de "pelotazos" ni subvenciones.
Lamentablemente para nosotros, en esos cursos, a los que asistimos con la regularidad que nuestros modestos medios económicos nos permitían, no se nos vacunaba contra la envidia ni contra los delincuentes que hoy nos azotan por todos lados, apoyados, incluso, por sus más íntimos familiares y "amigos", quienes han perdido ya la gloriosa imagen del trabajo honrado que calificaba a los canarios por todas partes del mundo.
Y viene todo esto a cuento porque, sin que nos asalten las dudas -como decimos al principio de estas mal hilvanadas líneas-, el problema de nuestra ciudad está, y ha estado, radicado, en la incompetencia de algunos de quienes al frente de sus instituciones públicas y privadas no han sabido gestionar el monumental tesoro que el destino les puso en sus manos. Poco a poco, obras y más obras han cambiado la faz de la bella ciudad de entonces, comparada por los entendidos con el Saint-Tropez europeo. Hoy se plantea -sin que se nos caiga la cara de vergüenza- el destruir algunas de estas obras, casi por las mismas personas que cometieron el disparate de cargarse con ellas el mejor ambiente turístico que había en toda Canarias. La avenida de Colón, por ejemplo. Un conductor de bicicletas no tiene necesariamente que saber conducir un Rolls Royce? Y eso es lo que está pasando, que, como dice el refrán venezolano, la ciudad de Puerto de la Cruz es "mucho camisón pa´ Petra".
De aquella ciudad donde la agencia de viajes Macari -en los bajos de hotel Monopol- recibía a los grupos de agentes de viajes ingleses y alemanes, y los agasajaba en la singular discoteca que tenía en sus sótanos, el "moderno" hotel Oro Negro; con unas excursiones que incluían una visita a "la ciudad capital", y las compras en "los indios", sin olvidar -como era natural, lógico y obligado- la subida a las Cañadas del Teide? De eso ya no queda nada.
El sur quedaba muy lejos y a nadie se le ocurría que allí podía verse algo. Si acaso, unos "locos" ingleses que vinieron una vez, para salir con un globo de las playas de El Médano rumbo al Caribe, y fue una noticia mundial, ya que estaban patrocinados por un periódico londinense de gran tirada. ¡Qué tiempos aquellos!
Eran los tiempos en que publicamos nuestra primera guía turística de la ciudad -"Puerto de la Cruz, perla de Tenerife"-, donde en los llanos de Martiánez aparecían tres hoteles y otro en construcción.
Las cosas han cambiado demasiado. Aunque paulatinamente. No ha habido, ni hay, precipitación. El precipicio está ahí. Seguimos empecinadamente caminando hacia él. Solo falta llegar al final. La Sra. Amparo Fernández -secretaria nacional de Turismo, seguramente pronto cesante nos "llenaría de optimismo" días pasados, repitiendo una letanía que ha ido contando por toda España sobre "Turismo Horizonte 2020", toda una serie de vaguedades que estamos hasta las narices de oír repetidamente, y donde el Puerto de la Cruz va a salir muy beneficiado ¿? De momento, creando una comisión -ya se sabe aquello de las comisiones y para lo que sirven-, al parecer, para hacerle un seguimiento al tema ¿?
El tema está así. El Casino Taoro, enterrado. Hoy se quita la música de un emblemático lugar donde durante muchos años los turistas y los residentes gozábamos de un agradable ambiente oxigenado por el espacio abierto, y elogiado por cuantos en muchas ocasiones invitamos a pasar unos buenos ratos en tan típico ambiente. Después se sigue con la interminable cadena de cierres de establecimientos turísticos, con la dramática explicación de su baja rentabilidad y su imposible mantenimiento. Los "pequeños" detalles del cuidado de parques, calles y jardines parecen estar olvidados. No pasamos a enumerarlos, entre otras cosas, porque nos da vergüenza ajena. La plaza del Charco es otro buen ejemplo.
Sumidos en este mar de inquietudes, a comienzos de este mismo año, tuvimos la alegría -escéptica alegría- de leer en su espacio Superconfidencial de este diario un ilusionante artículo de Andrés Chaves, donde él veía un Puerto de la Cruz nuevo y pujante gracias a todo un novísimo programa de actuaciones que se iban a realizar en la ciudad este año? Desgraciadamente, el tiempo va pasando y las noticias y los hechos no pueden ser más desalentadores.
Abatidos por las circunstancias que tenemos que aceptar, no podemos menos que dejar estas líneas sobre el papel, recordando nuestras lecciones internacionales -en Cuba, República Dominicana, México, Chile, Colombia? o la mismísima España- sobre desarrollo sostenible, señas de identidad, o cultura de paz. Claro que siempre lejos, muy lejos, lejísimo, de fantasiosos congresos sobre "ciudades de desarrollo sostenible", o las "masacres" ocurridas con los faroles, ahora, de la lagunera calle de Herradores, o los de la calle Santo Domingo portuense, adornada estos días con enormes muestras "perfumadas" de lo que la incompetencia, la ignorancia y la falta de capacidad gerencial no han sabido resolver, y que no nombraremos aquí para no hacer más daño del que se le hace hoy a nuestra ciudad.
Dimisión: una palabra omitida en el código político-empresarial español.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD