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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

Los judíos como pueblo

17/abr/08 20:13
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SE DICE que ningún otro pueblo como el judío es difícil de comprender. Su enrevesamiento parece la nota dominante y, a veces, no se sabe el porqué. No tenía -¿tienen ahora?- un país que le diera origen, que decididamente la historia nos pusiera en pista que le pertenecía, de ahí que estuviera -aún muchos continúan- repartido por cualquier confín del planeta. Judíos españoles, chinos y tal vez indios son los dominantes en una comunidad ahora no tan errante y errática.

Su cultura no es quietista, no se aposenta, la llevan de un país a otro con decisión y con el énfasis suficiente para que domine aún más que la del país anfitrión.

Han suscitado más que admiración, algún que otro respeto puesto que las tres grandes inteligencias que han puesto al mundo en su punto, Einstein, Freud y Marx, eran judíos. Rompieron en un momento determinado con los moldes establecidos de una sociedad rancia y recalcitrante y, adentrándose en el mundo de la psicología y psiquiatría, de la revolución planetaria y de la convulsión social y política, fueron capaces de desterrar viejas modorras y estar al tanto de las posibilidades que se abrían delante de sus ojos. Y no sólo para su supervivencia, sino como un enemigo instigador que estaba ahí y que bien pronto podría entrar en escena complicando al mundo. Ahí la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica, la revolución bolchevique y las neurosis mundiales que irrumpieron como mofa y pretexto de lo irrealizable.

Hablaban cien lenguas y no tenían territorio aunque los miembros de la tribu de Judá, al inicio del éxodo, se establecieron al sur de Palestina, donde vivieron durante la dominación romana, hasta que Adriano, emperador romano en el año 130 después de Jesucristo, los expulsó de Judea empezando ahí la Diáspora. Aunque, andando la historia y por resolución de las Naciones Unidas, el 29 de noviembre de 1947 ordenaba la división de Palestina en dos Estados, el palestino y el de Israel.

Pero la avidez de poder, el empeño decidido en ensanchar los linderos para dar cabida a los que estaban dispersos por el mundo fue dominante y más aún tras la desintegración de la Unión Soviética, ya que los miles y miles de judíos allí aposentados tocaron a las puertas de su nuevo Estado. Su voracidad territorial arrinconando a los palestinos en la franja de Gaza, machacándolos, ha sido incontenible y de aquel pueblo que sufrió persecuciones y que fue designado por la ferocidad hitleriana para el exterminio, hoy, ya ven, ha emulado con creces y crueldad sus sufrimientos sometiendo al pueblo palestino a mayores vejaciones y tropelías que las que padeció. Eso sí, con la aquiescencia de los EE.UU., que, en este caso, no respeta las resoluciones de la ONU puesto que Israel es el mejor gendarme que tiene situado en Oriente Medio y como el más fiel vigilante de la producción y ruta del petróleo para que la maquinaria de su potencialidad industrial y armamentística no decaiga y menos pueda sentirse amenazada por la escasez.

El símbolo del pueblo judío, en realidad -y es lo que ha impregnado las páginas de sus historia-, es el estigma de esa muchedumbre que durante años y años cruzaba por el desierto confabulándose con la masa. Pero en contraposición con la otra, la amorfa ,la que no tiene una meta definida, el pueblo judío no cesó un momento en caminar, en derrotar sus estaciones quietistas y, a través de su inteligencia y de un poderío protegido por los borbotones de dólares, al fin llega y vence.

Los pueblos, y el judío es así, cuando se empecinan en conseguir lo deseado, cuando se estructuran como colectividad decidida, aunque estén en la diáspora, aunque estén unos en Rusia y otros en Toledo, son capaces de irradiar voluntades y de crear entusiasmos que han hecho, mal o bien, que la historia ahora mismo, paradójicamente, les dé la razón como pueblo y como Estado consolidado.

Su emancipación política ha sido un avance y Marx ya lo anticipó en "La cuestión judía", remarcando que una posible emancipación definiría un enorme progreso político. Y se verifica porque, saliéndose de la religión y de sus marcos estrechos ha hecho, andando el tiempo que esta emancipación política la haya trasladado del derecho público al privado, donde ya cada cual es protagonista de la estructura de un pueblo que marca la diferencia y que, desde el Gólgota a Jerusalén, se puede encontrar sometido a no se sabe qué tipo de sacrificio, porque la historia se puede atravesar y sucederá que lo cogerá no con el pie cambiado sino cimentado con fuerza y apoyos internacionales, sobre todo por la banca dominada por judíos poderosos.

El pueblo judío, en este caso Israel, no lo olvidemos, existe y existirá sólo en cuanto represente y sirva los intereses del imperialismo. Cuando deje de prestar servicio a esos intereses seguro que asistiremos a un nuevo capítulo de su historia, quizás no tan esplendoroso y desafiante como el actual.

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