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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Una mala noticia

17/abr/08 20:13
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EL ALCALDE de Londres se llama Ken Livingstone aunque suelen llamarlo Ken el rojo. No le faltan méritos para el apodo. Se opuso tenazmente a la intervención militar británica para recuperar las Malvinas, fue uno de los más contundentes opositores a Margaret Thatcher y no ahorró críticas al entonces líder de su partido, Tony Blair, cuando se hizo la famosa foto de las Azores con quienes todos sabemos. Aunque eso es accesorio para el asunto que me preocupa hoy. Lo esencial es que, además de su permanente actividad contestataria, Livingstone tiene a bien predicar con el ejemplo. Por eso acude a su trabajo en autobús o en metro.

¿Se imaginan ustedes al alcalde de Santa Cruz, a la alcaldesa de La Laguna o al presidente del Cabildo de Tenerife subidos a una guagua de Titsa? Bueno, si en guagua no, por lo menos en metro. ¿Los conciben ustedes como pasajeros del metropolitano que tanto alaban? Yo, no. Esencialmente porque un político de este país perdería su rango si cometiese tamaña ordinariez. En España, en Canarias de forma concreta, se vive de la ostentación. La valía personal es otro asunto. Me lo comentaba hace años un pequeño empresario, que antes había sido comunista, y sindicalista, y revoltoso. Al principio iba por los ayuntamientos de Tenerife con un utilitario barato a ofrecer los servicios de su empresa. La mayoría de las veces ni lo recibían. Un día, aprovechando un dinerillo extra, se compró un coche de marca rara que le costó 60.000 euros. Fue como si un hada madrina lo tocase con su varita mágica. Ahora eran los propios alcaldes quienes lo esperaban, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja, a la puerta de sus despachos. Un fulano que iba en un coche caro no podía ser un menesteroso cualquiera. Esa es nuestra cinta de medir.

Consecuentemente, un político que se dejase ver en una parada de guaguas, aunque no necesariamente en un día de lluvia y viento, estaría acabado a perpetuidad. En el imaginario popular, el mandatario en cuestión caería de inmediato en la categoría de los parias. Y nadie vota por los desheredados.

Hay excepciones. Claro que sí. No sólo en Londres, sino también en Tenerife. Wladimiro Rodríguez Brito, por ejemplo. Wladimiro iba en guagua de su casa al Cabildo y del Cabildo a su casa, hasta que los insultos se lo impidieron. Considero superfluo repetir hoy lo que ya dije el lunes sobre este hombre, palmero de nacimiento pero tinerfeño por vocación. Escribo estas líneas tan sólo para comentar que me apena su posible retirada de la vida pública. Esa es una mala noticia.

No comparto todas las ideas de Rodríguez Brito. Sin embargo, más allá del pensamiento básico de cada cual, están los asuntos prácticos. En este sentido, Wladimiro ha hecho lo que debía hacer -quizá lo único que se podía hacer- para preservar el patrimonio natural de Tenerife. Si al final se marcha, no habrán triunfado sus legítimos opositores. Habrá ganado esa bazofia -llamemos a las cosas por su nombre- que enarbola a diario la bandera del descrédito como único discurso. Si piensas como yo, eres maravilloso; si discrepas, eres un corrupto, un estómago agradecido y hasta un imbécil. Qué descorazonador panorama.

rpeyt@yahoo.es

 

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