A CUALQUIERA medianamente instruido -pero sin necesidad alguna de contar con un título universitario- podría resultarle difícil entender el mundo de nuestro tiempo sin siglo y medio de lucha sindical. Al menos ese mundo parcial denominado, quizá con bastante eufemismo, sociedad del bienestar. Algo, dicho sea de paso, existente con más firmeza en Europa que en otras anheladas tierras prometidas. Por ejemplo, Norteamérica. Sin esa prolongada lucha de los obreros, de los proletarios unidos o en discordia, nuestro planeta sería muy distinto. Estaríamos sumidos, casi con absoluta probabilidad, en lo que a veces se ha denominado el capitalismo salvaje.
Aclaro todo lo anterior no con el gesto del barbero que enjabona antes del afeitado. Es decir, con la torcida intención de empezar con lo contrario para justificar lo opuesto. Lo afirmo sencillamente porque es así. Aunque se trata de un discurso agotado. Nadie con una dosis mínima de sensatez se plantea hoy este debate, en esencia porque los modelos históricos son demasiado contundentes. Los trabajadores de la extinta Unión Soviética -el gran paraíso del proletariado- vivieron bastante peor que sus homólogos estadounidenses a pesar de las tropelías, muchísimas, cometidas por el capitalismo gringo. Sobra añadir que esos trabajadores eslavos disfrutan en la actualidad de alicientes, si se puede llamar aliciente al consumo puro y duro, que no imaginaban en la época de los zares rojos. De igual forma, los chinos, comunistas en lo ideológico pero capitalistas en todo lo demás, se aproximan a grandes zancadas hacia los niveles de vida occidentales. En caso contrario, no serían tan grandes los desvelos del sector turístico canario, Gobierno autónomo incluido, para conseguir una cuota significativa de visitantes rusos y amarillos.
No obstante, siempre existe un discordante -un nostálgico, un antisistema, cualquiera así- presto a dar la nota para hacerse notar. En esta ocasión le ha correspondido el turno a Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, aunque tal vez ustedes lo sitúen mejor si les digo que es el creador de Mafalda. A mí, si quieren que les diga la verdad, las historietas de Mafalda siempre se me antojaron de una simpleza insoportable. En cualquier caso, nadie ha dicho, con la rotundidad de quien demuestra un teorema matemático, que esta no sea una sociedad sencilla; al menos en cuanto a sus planteamientos mentales. Sea como fuese, Mafalda marcó una época para gloria -también para la gloria dineraria- del señor Quino. Manifestar ahora, como acaba de hacerlo Joaquín Salvador, que el hambre en el mundo es consecuencia del capitalismo salvaje, suena a lamento de progre trasnochado y nostálgico. Sobre todo porque en el mismo periódico donde se publicaba tan rancia aseveración, aparecía la foto de una larga cola de cubanos esperando para, al fin, comprar un teléfono móvil. Lástima que la realidad se empeñe en estropearnos las ideas. Porque ojalá fuese sólo un vulgar teléfono celular lo que no se puede comprar en Cuba con la moneda nacional. Algo que posiblemente no conozca el señor Quino. Él, como todo progre que se precie, vive a caballo entre Madrid, Milán, París y Buenos Aires. Ciudades todas ellas de marcado carácter proletario. ¿Verdad que sí?
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