ME LLAMA un amigo alarmado ante el nombramiento de Carme Chacón como ministra de Defensa. Considera que es el primer despropósito de Zapatero en esta nueva legislatura. No estoy de acuerdo. La historia de la humanidad es la historia de sus guerras. De la misma forma, a nadie se le escapa que las contiendas entre semejantes, desde la época de la piedra y el garrote hasta los misiles guiados por satélite, las han protagonizado mayoritariamente los hombres. Aunque también ha habido mujeres capaces no ya de una simple acción heroica durante un combate, producto más bien -como en el caso de los varones- de una furia momentánea que de una acción cabalmente meditada, sino incluso de liderar ejércitos y conducirlos a la victoria.
A poco que uno se ponga a repasar siglos de legajos, surgen ejemplos por doquier. Basta recordar, sin necesidad de bucear demasiado hondo en lo ya pretérito, que los soldados británicos le dieron a los argentinos hasta en el carnet de identidad cuando el asunto de las Malvinas. Y lo que hacían en aquella época las tropas de su graciosa majestad Isabel II -otra mujer, miren por donde-, lo decidía una dama llamada Margaret y apellidada Thatcher. Bien es verdad que se trataba de una dama de hierro. Además, comparar a Chacón con Thatcher se me antoja tan desproporcionado como equiparar el triciclo de plástico que se le compra a un niño de tres años, con un camión de dieciocho ruedas. De la misma forma, si en algún momento Hillary Clinton llega a presidenta de los Estados Unidos -y, por lo tanto, a comandanta en jefa de las fuerzas armadas gringas-, no creo que le tiemble el pulso a la hora de tomar decisiones sobre la conveniencia de ir a una guerra o quedarse en casa. En definitiva, y sin necesidad de más rodeos por ahí fuera, puedo imaginarme como ministra de Defensa a Esperanza Aguirre o a Fernández de la Vogue, pero no a Carme Chacón.
Un criterio personal, insisto en ello, que no me conduce a la discrepancia con el renovado presidente del Gobierno. Les aseguro que no. Zapatero lleva cuatro años afanado en cambiar muchas cosas. Demasiadas para que las enumere aquí una por una. Basta decir que entre sus desvelos está convertir al Ejército español en una ONG. Grande y bien organizada, pero ONG a fin de cuentas. Labor que en buena medida ya ha logrado. Ahí tenemos el caso de la Unidad Militar de Emergencias, cuyas atribuciones caen directamente en el ámbito de la protección civil. ¿Por qué no se dotó mejor a los servicios de protección civil, en vez de crear una unidad que no responde a la esencia de la milicia? Pues, sencillamente, porque urge desmantelar el Ejército como tal. Hay que ir metiendo cuñas por aquí y por allá, como hacen los canteros en las grietas de las rocas, hasta que el agua hinche la madera y se resquebraje la piedra. Debo admitir que la señora Chacón es una cuña de lujo, perfectamente capaz de cumplir hasta las últimas consecuencias la alta misión depositada en sus manos. Porque más allá de la transformación de la milicia hispana en un dócil animalito de compañía, tampoco olvida Zapatero sus aspiraciones al Nobel de la Paz. Para ello seguirá intentando, con diálogos a escondidas o sin ellos, que ETA deje las armas y que cunda el interés internacional por su Alianza de Civilizaciones. De lo primero, de momento nada de nada. En cuanto a lo segundo, por ahora ha conseguido el apoyo de Turquía -interesada en tener aliados para su entrada en Europa- y de Mongolia. Que siga así, pues va muy bien con su paso. Lo malo es que la inflación ya está en el 4,5%, y los empresarios -que son quienes contratan- anuncian 800.000 parados más de aquí al 2009. ¿Qué más da si al final consigue el Nobel?
Por cierto, ni un solo ministro canario. Ni el Terminator, ni Segura, ni nadie.
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