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TIERRA BAJA ÁNGEL ISIDRO GUIMERÁ GIL

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13/abr/08 20:11
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PARA MÍ FUE la mejor intervención en el debate de investidura. Clara, concisa, consecuente con su programa y promesas electorales. Se enfrentó a Zapatero con valentía en un debate de aburrimiento. Esta mujer tiene futuro porque, entre otras cosas, la fiabilidad de los dos grandes partidos que ya han gobernado España es muy poca. Vemos así, por ejemplo, que PSOE y PP, en sus mandatos consecutivos, han podido solucionar temas tan sangrantes como el de la justicia, comenzando por la elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial. Y ninguno ha querido hacerlo. Ni tan siquiera debatirlo en la última campaña electoral.

Coincidieron en el debate de esta semana en el Congreso de los Diputados nada menos que tres de los candidatos a liderar el Partido Socialista, hace ya ocho años y con motivo del 35 Congreso Federal del PSOE: José Bono en la Presidencia de la Cámara; José Luis Rodríguez Zapatero, como candidato, y Rosa Díez, como portavoz de un nuevo partido (Unión, Progreso y Democracia).

Díez no se mordió la lengua, y por primera vez en mucho tiempo pudo decir a la cara de Zapatero lo que pensaba. A Zapatero no le gustó nada la intervención de su ex compañera de partido. Quizás se la tenía guardada desde hacía tiempo. Dijo que España no son dieciocho autonomías, sino diecisiete, y que existe un Estado nacional corroído a mordiscos por las regiones insaciables. La inmensa mayoría de los españoles estamos de acuerdo en la descentralización administrativa y apoyamos el Estado de las Autonomías. Sin embargo, es obvio que, al igual que ha ocurrido en Alemania es necesario, después de tantos años de experiencia autonómica, revisar y frenar la voracidad de los dirigentes autonómicos, que cada día quieren más poder a costa de debilitar el Estado español.

Refiriéndose a este tema, dice Luis María Ansón que ya Ortega y Gasset se lo explicó a Azaña. Nada ha cambiado desde entonces. La clase política autonómica lo pide todo, lo exige todo, lo gasta todo, se endeuda hasta el paroxismo. Rosa Díez propugna la reforma constitucional para fijar límites definitivos a las autonomías. Tiene razón. También la tiene cuando añade que el Estado debe recuperar algunas transferencias como la Educación -no hay nada tan cohesionador en los pueblos como la materia educativa-. Y que la reforma no dependa de los vascos, los catalanes o los andaluces, sino del voto de todos los españoles, libres e iguales ante la ley.

Más adelante, en su limpia y valiente intervención, espetó a la cara del candidato que "España se romperá, señor candidato, si se rompe la igualdad. Y afirmo que se ha empezado a romper. La supresión práctica del bilingüismo en el sistema educativo catalán, imitado en Euskadi y Galicia, impide la libre circulación de las familias que se enfrentan a la escolarización de sus hijos en una lengua distinta a la castellana". Díez subrayó que su partido no tiene "complejos ni hipotecas para defender lo que considere mejor para España".

Se convierte así Rosa Díez en una nueva figura de la política nacional. Y, sinceramente, yo me alegro. Su procedencia socialista le permite decir a esta mujer lo que debieran decir, a pleno pulmón, el PSOE y el PP, y que si no lo dicen es por los lamentables complejos de la derecha y las hipotecas nacionalistas de los otros. Lo anterior significa que Díez predica conductas que, desde el buen sentido, enlazan con la condición común a las derechas y las izquierdas nacionales. Aquí hay futuro y si Zapatero y Rajoy no miran a Rosa Díez y aprenden la lección llegará el día en que lo hagan millones de españoles.

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