LOS MEDIOS de comunicación tienen desde ahora, con el nuevo Gobierno, alimento político muy abundante para servir al público, porque hay bastantes novedades. Se crean dos nuevos ministerios: Innovación e Igualdad, cuyas titulares respectivas serán Cristina Garmendia y Bibiana Aído. Se modifican las competencias de varios Departamentos: Agricultura y Medio Ambiente se funden en un Ministerio nuevo que se llamará Ambiente y Medio Rural, y como su titular será Elena Espinosa, quiere decir que Agricultura absorbe a Medio Ambiente y no al revés; Industria (con Miguel Sebastián de nuevo ministro), que pierde Energía al pasar ésta a la competencia directa del vicepresidente económico Pedro Solbes, y Educación y Ciencia (sigue Mercedes Cabrera), que recoge Asuntos Sociales del Ministerio de Trabajo, a cuyo frente estará Celestino Corbacho. Y una mujer, Carme Chacón, será la primera ministra de Defensa cubriendo la vacante dejada por el recién nombrado portavoz parlamentario José Antonio Alonso, y será a su vez sustituida en Vivienda por Beatriz Corredor.
Un Gobierno, en suma, compuesto por nueve mujeres y nueve varones, contando al presidente (más material para la literatura), en el que dos Ministerios se funden en uno, se crean dos nuevos, y en el que siguen trece miembros, entran cinco nuevos y lo abandonan cuatro: el ya citado Alonso, Jesús Caldera, Joan Clos y Cristina Narbona.
Dos áreas
Parece a primera vista que en este Gobierno se perfilan dos áreas: una, que podríamos llamar de modelo de Estado, está orientada a la consecución de acuerdos políticos con los partidos de la oposición en materias relativas a terrorismo, algunos aspectos de la economía y la Seguridad Social, tal vez también en relación con la inmigración, que tranquilicen a amplios sectores de ciudadanos y también a parte de las bases socialistas, que estos últimos cuatro años han soportado, por disciplina, por el disfrute del poder y por miedo a represalias internas, contradicciones y políticas muy difíciles de defender en sus lugares de residencia y militancia. La otra área, que llamaríamos de modelo de sociedad, es la dedicada a lo que Rodríguez Zapatero denomina políticas sociales y de igualdad, que básicamente consisten en intromisiones agresivas y provocadoras en materia de educación, familia o religión, además de la ya anunciada protección del negocio del aborto y, en general, todo lo que contribuya a irritar al segmento electoral que vota al Partido Popular porque nunca votará al PSOE. Zapatero no ve aquí, pues, riesgo de perder votos.
En el primer grupo no se sabe lo que nos deparará la nueva Legislatura, porque Rodríguez cumplirá sus compromisos o no, según le vaya conviniendo, tal como ha venido haciendo hasta ahora y con buen éxito a juzgar por los resultados electorales. En cambio, en el segundo grupo la confección del nuevo Gobierno da ya las suficientes pistas para que no sea temerario sospechar que se va a intensificar la batalla ideológica en los aspectos mencionados. El cambio de sociedad conforme a los nuevos dogmas de la corrección política y la agenda homosexual es un empeño explícito del presidente del Gobierno, demostrado no con palabras sino con hechos, y probablemente de efectos más devastadores para la libertad que un cambio de modelo de Estado de Monarquía a República, pongamos por caso. Por eso me produjo un considerable desconcierto que Mariano Rajoy no dedicase ni una sola palabra de su intervención en el debate de investidura a las largas parrafadas del candidato dedicadas a su idea del modelo de sociedad que quiere para España.
Desconcierto
La investidura de Rodríguez Zapatero se ha saldado como era previsible: el candidato ha obtenido la confianza sólo de los suyos, y los demás partidos o han votado en contra, o se han abstenido, lo que ha diferido la investidura a la segunda votación, en la que sólo se requiere mayoría simple. Esto, sin embargo, también era puro ritual, porque tras los anuncios de no votar afirmativamente se produjeron las promesas de colaborar con los acuerdos que sean necesarios. Es lo que tiene el poder.
Pero con el Partido Popular, como digo, la cosa no ha discurrido por este camino. Mariano Rajoy ha declarado que mantiene su oferta de llegar a acuerdos serios en asuntos de Estado con el nuevo Gobierno; eso era de esperar, como lo era que, tras haber dicho en el hemiciclo que votaría negativamente porque no se fía de la palabra de Rodríguez. Sin embargo, al término del debate anunció a los periodistas que no necesita que los posibles acuerdos se plasmen por escrito, porque lo importante es crear "un clima de confianza".
Este desenlace desconcertante podría ser una especie de muestra de la perplejidad que parece reinar en el PP acerca de cuestiones importantes, como son, por ejemplo, qué valores y principios son los que el Partido Popular defiende, o qué convicciones pueden sacrificarse con tal de tratar de ganar votos. De cómo se conteste a estos interrogantes derivarán los criterios para considerar más o menos idónea a la persona que personifique el partido y sea postulada para gobernar el país si se ganan las elecciones.
Es evidente que cuando se pierden unas elecciones que se confiaba en ganar, un partido entra en crisis, que puede ser más o menos aguda según los resultados. En este caso, el Partido Popular ha ganado votos y escaños respecto de 2004, lo que atempera la virulencia de los ajustes de cuentas; pero la otra cara de la moneda es que, al mismo tiempo, también dificulta el entrar a fondo en el análisis de por qué se perdió y, sobre todo, qué hay que hacer y a quiénes hay que cambiar para no volver a perder.
Es entretenido reducir este desconcierto profundo a una pura querella de quítate tú para ponerme yo, pero, en mi opinión, no responde del todo a la realidad. Los problemas a los que se enfrenta el PP son de más calado. La duda es si veremos su magnitud en el congreso de junio o si también eso se cerrará en falso.
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