En el aeropuerto de Los Rodeos. Caducaba el invierno. Un sol de despedida enviaba sus rayos, próximos a la horizontal, casi a ras de tierra, a los grandes ventanales que desde el piso se elevaban hasta las aviseradas y altas cubiertas, sostenidas por poderosas vigas de acero. Esperando la llamada de embarque, para alivio de tobillos, rodillas y caderas, y descanso de la espalda, deposito mis desnalgadas posaderas en una dura butaca. La poca gente que había rellenaba el tiempo de espera en diferentes tareas. Dos de ellos estaban ensimismados en sus ordenadores portátiles; uno, conectado al enchufe eléctrico de pared, y el otro, enganchado a internet, que se servía de un teléfono móvil. Los tres asientos que tenía enfrente estaban vacíos. Y uno, que prefiere observar lo que ocurre en la vida real a enfrascarse en una lectura de frecuentes interrupciones de un texto imaginativo, esperaba con todos los faros de la curiosidad encendidos a los ocupantes potenciales de aquellos sillones vacíos.
Y por el ancho pasillo se acercaban tres personajes. Dos hombres y una mujer. Aunque se acercaban con pasos decididos y movimientos ágiles, el conjunto estructural, a simple vista, parecía que formaban parte de un viaje colectivo, de esos que hacen para jubilados. La intuición, quizá, influida por la matemática coincidencia de números, para tres personas tres asientos, me aseguró que aquellos iban a ser los que se sentarían frente a mí. Así fue. La mujer, que era de menor estatura que los hombres, vestida con un holgado pantalón a rayas de colores muy alegres y un ligero chaquetón, llevaba una bolsa, que dejó, mejor, tiró en la semicircular pieza de madera que prolongaba el sillón del extremo izquierdo, donde ella se sentó.
De los dos hombres, el que parecía más joven y era menos gordo se sentó a su lado, en el asiento del medio. Y el otro, el más gordo y con más años, que también llevaba una bolsa, se situó de pie a su derecha. Los hombres, pelados al cero, llevaban camisa de manga larga y pantalón oscuro. No sé por qué mi atención, después de repasar varias veces de arriba a bajo, de izquierda a derecha, se fijó en el más gordo. Era un atlético gordo. Más robustez que fofez, de carnes rebosadas y ropas en compromiso volumétrico. Su cara, pese a sus años, no había perdido su juvenil óvulo, al contrario, lo había aumentado en todos sus diámetros, aunque fuera con pura grasa. Por el escote de la camisa entreabierta salían unos pelos negros como si fueran impulsados por un pecho redondo y un esternón desafiante. Sus ropas estaban limpias. Sus zapatos negros, bien lustrados, con costuras para las punteras y las lengüetas, estaban sujetos por unos cordones redondos, de textura compacta, que atados nudo sobre nudo mostraban dos lazos en alza, que, desafiando las leyes de la gravedad, miraban al cielo, en este caso al alto techo.
Y el objeto-sujeto de curiosidad se desplomó, más por pasivo abandono que por activa colocación, sobre el sillón, con la misma fuerza del que quiere descansar, no sólo el cuerpo sino, también, el alma. Por unos momentos, sus párpados, obedientes a la orden general de reposo enviada de su cerebro, se cerraron plácidamente. Desilusión. Había equivocado mi punto de mira.
¡Albricias! Los párpados del cansado personaje se abrieron de pronto y dejaron al descubierto unos ojos asustados, grandes y brillantes. Como movido por un gran resorte se puso en pie. Y, sin decir palabra alguna, se alejó por el amplio pasillo iluminado por el sol, ya casi de vuelta del día. Pasaron unos minutos de incertidumbre. La imaginación fabricó varias posibilidades, todas ellas relacionadas con las naturales funciones de desescombro. Pero, ¡sorpresa! Quizá, tuvo que atender alguna urgencia de evacuación fisiológica. Pero los hechos demostraron que la urgencia era más para llenar que para vaciar. Aquel hombre, grandote en toda la extensión de su cuerpo, traía entre sus enormes manos alzadas, como si de una reliquia se tratara, un paquete envuelto en una bolsa de fino papel. Cuando alcanzó su asiento, mientras en su cara se dibujaban todos los rasgos de la satisfacción, abriendo la bolsa por uno de los extremos obligó a asomarse la punta roma de un pan blanco con un corte horizontal que fabricaba dos mitades unidas por una delgada porción de queso amarillento y una loncha de jamón dulce, que se solapaban. Lo puso con ceremonial movimiento delante de sus anchos orificios nasales por donde brotaban unos gruesos y atrevidos pelos negros. Y exclamó: "¡Está buenísimo!".
Y el pobre bocadillo fue sometido al martirio de la fuerte dentadura de aquel hombre. Quizá, porque los incisivos no tuvieran fuerza de corte suficiente, el bocadillo, mediante un desplazamiento de las comisuras labiales hacia la derecha, hasta las proximidades de la oreja, cayó en el aparato triturador de los molares. Y como el pan era más elástico que crujiente, la presa de los dientes se ayudaba de un palanqueo de las manos hasta que el bocadillo, del que intentaba huir el queso y el jamón, era desgarrado. La voluminosa porción atrapada dentro de la boca fue sometida a un proceso masticatorio intenso, con movilización total de los músculos destinados a tal trabajo. Con ritmo acelerado, las masas musculares contraídas producían tensas bolas que ocupaban las sienes. Después fue el juego, de arriba a bajo y de abajo arriba, de la nuez señalando el paso difícil de lo masticado y poco ensalivado. Y así, pedazo a pedazo, alguno con algo de papel añadido, fue cayendo aquel martirizado bocadillo en el vientre abultado de aquel hombre. Terminado el bocadillo, los cachetes sufrieron el abombamiento del repaso de la gruesa lengua que buscaba algún elemento escondido entre los dientes. Concluida la limpieza, llegó el eructo final.
A unos minutos de adormeciendo, con ojos cerrados y miembros repantigados, siguió lo más maravillo que ha podido ver el ojo humano. Se despertó. Abrió la bolsa y de ella extrajo uno de los libros del curso de inglés Vaughan. Con toda la aplicación del mundo leyó varias páginas y en una libreta de resortito, también extraída de la bolsa, anotó varias palabras.
Y así fue cómo las palabras inglesas "bread", "cheese" y "boiled ham" se fijaron en las proteínas, hidratos de carbono y grasa de un simple bocadillo español, sacrificado por el bien de la cultura.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD