Gastronomía
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LA CATA AGUSTÍN GARCÍA FARRAIS

Los esbozos del ritual

12/abr/08 20:10
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A.G.F, S/C de Tenerife

Laura se acercó a la barra a eso de las 20:30, con una puntualidad casi religiosa como cada sábado. Con la elegancia que la destaca saludó amablemente a los presentes y dedicó una sonrisa a Sergio, sin más pretensiones que una curiosidad atroz por lo que le haría descubrir aquella noche, una experiencia que la entusiasmaba.

Aquella semana, Sergio, como buen su-miller, había sido precavido en reservar dos botellas de un "carménère" desconocido in-cluso para él, aunque con buenas referencias. Al tiempo que le guiñaba un ojo, colocó frente a ella dos copas esbeltas, sin un balón desmesurado pero con buen pie.

"Hoy cataremos un tinto de la variedad carménère del Valle de Lolol, cosecha 2004, madurado en barricas nuevas y de un año, roble francés de tostado medio".

Tanta información enamoraba a Laura. Sus manos no pudieron evitar llevarse la copa a la nariz para comprobar que no quedaran restos de olor a detergente, cartón o guardado. Sergio, prudente, comentó: "De todas formas pensaba envinarlas". Perfecto, respondió ella.

Con sigilo y delicadeza, el sumiller cortó la cápsula justo por debajo del anillo del gollete, introdujo el tirabuzón sin atravesar el tapón y extrajo el corcho; con sumo cuidado de no toquetearlo por la parte inferior se lo llevó a la nariz, asintió y lo pasó en un pequeño plato a Laura. Ella repitió el gesto y dio el visto bueno.

Sergio, tras limpiar el gollete con el lito impoluto, tomó entonces la botella en su mano derecha y una copa en la izquierda, dejando caer unas gotas del tinto y, como si el vino acariciara el cristal, ambos lo hicieron circular casi hasta el borde, desechándolo en la cubitera. Una vez que el vidrio se había impregnado del tinto chileno, el maestro de la ceremonia repartió no más de un dedo de vino en los cálices.

Con una complicidad no verbal y al unísono, lo miraron sobre lo que tenían más próximo, ella su plato limpio, él sobre el lito que pendía de su brazo. "Muy bien conservado para ser un 2004", añadió Laura. "¿Has visto qué intensidad de color?", afirmó Sergio. Tras agitarlo a contraluz, el conjunto de lágrimas que se apreciaba descender lentamente por la pared interna de la copa hizo pensar a Laura que se trataba de un vino de gran volumen, suposición que se apoyaba en la sensación densa que tuvo al agitarlo en su muñeca. Al acercarse la copa a la nariz, ambos divagaron enumerando aromas: notas de madera tostada, torrefactos, frutos rojos, mermelada de ciruelas, vainilla, clavo, regaliz, toques balsámicos, ahumados, pimienta negra, notas minerales?

Sin duda, al escucharlos resultaba complejo, a la vez que intrigante. Me habían contado que no existe adorno más perfecto para una mujer que una copa de vino en su mano. Aquella noche comprobé que era cierto.

Los labios de Laura se acercaron con tanta delicadeza a la copa, que pareciera querer besarla y dejar su huella, su recuerdo, el mismo que ella tendría de su aroma y sabor.

"En boca resulta carnoso, con cuerpo, un tanino muy maduro", comentó Sergio, mientras ella removía el gran tinto en su boca, queriendo extraer hasta el más delicado matiz con el ligero calentamiento del vino sobre su lengua. Al tragarlo hubo unos segundos de reflexión y tras levantar sus ojos dijo: "Fantástico, un tinto complejo, de aquellos que se instalan en tu memoria". Sergio sonrió y concluyó con un simple "que lo disfrutes". Al girarse, la botella a su lado, sentía una doble satisfacción, la propia de haber catado un "carménère" tan completo y la de haber cumplido con su misión: sorprender y convencer. ¡Salud!

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