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CARLOS ACOSTA GARCÍA

De profesión, mis ignorancias (234)

12/abr/08 20:10
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CON LA SINCERIDAD que lo caracteriza, mi sobrino Lolo se permite la libertad de decirme que no tiene el más mínimo deseo de leer mis artículos semanales. Unas veces, porque le parecen muy aburridos y otras veces porque cree que son simples chorradas. No me enfado porque cada cual es muy dueño de elegir sus propias lecturas y hacer sobre ellas sus comentarios personales. Sólo le llamé la atención el día en que calificó lo que yo tenía escrito como gilipolleces. Y no me enfadé porque yo creyera bueno o malo lo que volqué, en su momento, en mis cuartillas, sino por la palabrota. En mi casa no quiero oír tales exabruptos. Nuestro vocabulario es lo suficientemente rico en expresiones para que mi sobrino haya tenido que recurrir a tal vocablo al dar su opinión. Nada de vulgaridades ni insolencias.

Pero Lolo parece haber cambiado. Ahora me lee y tiene, me parece a mí, mejor concepto de estos trabajos que publico cada sábado.

Hace pocos días, hizo alusión a uno de ellos y se atrevió a formularme algunas preguntas porque, según él, se encontraba algo desorientado. Yo había dicho no recuerdo qué cosa sobre la manga ancha de la Academia a la hora de acoger en su seno algunas acepciones de ciertas palabras que no me gustaban o que me chocaban en la forma que tenían los académicos para aceptarlas. Y citaba yo, muy de pasada, dos vocablos más que conocidos: álgido y lívido.

-Esas dos palabras, tío, no me parece que tengan nada especial para que tú las pongas como ejemplos de incoherencias académicas.

-¡Caramba, Lolo! ¡Qué bien te estás expresando hoy! Se nota que las clases de Lengua de don Froilán van dando su fruto. ¡Lo celebro muy de veras!

-Y yo, también. Pero no me cambies de rollo. Sigues sin aclararme lo que te ocurre con lívido y álgido.

-Está bien; si se te ocurriera consultar cualquier diccionario -uno cualquiera- de la primera mitad del pasado siglo, te encontrarías con que la palabra álgido significa muy frío, helado, glacial... Sin más acepciones. Pero, un día, cierto cronista deportivo, al referirse a un choque futbolístico, se le ocurrió decir: "El partido se fue calentando poco a poco hasta que llegó a su momento álgido, lo que dio lugar a que Fulanito y Ciclanito se liaran a puñetazo limpio". O sea, que se fue calentando la rivalidad hasta que explotó. Y como los cronistas deportivos se copian o imitan unos a otros con excesiva facilidad -"llegó hasta la cocina", "le robó la cartera", "le ganó la espalda", "a pie de campo"...- terminó imponiéndose la voz álgido para señalar algo caliente, en lugar de algo frío. La Academia se sintió cómoda y dijo amén.

Por lo que respecta a lívido, parece ser que la cosa ocurrió de modo parecido. Lívido siempre ha significado en nuestra lengua amoratado, que es, como tú sabes, un color más bien oscuro -si es más clarito se llama lila-. Pero si una persona sufre un mareo y cae al suelo desvanecida se pone también lívido, con el significado de blanco, como el papel en que estoy escribiendo. ¿No te parece una contradicción que una persona se ponga amoratada y pálida al mismo tiempo?

-La verdad es que sí; pero tampoco me parece motivo para que te pongas como te has puesto.

-¿Y cómo me he puesto?

-Pues amoratado. O sea, lívido.

-No te hagas el gracioso porque la situación, como habrás visto, parece...

-¡Pero si son sólo dos palabras! ¿O podrías citarme otras?

-¿Te parece bien pocho?

-Se la he oído varias veces a Karlos Arguiñano; sobre todo cuando se pone a pochar cebollas a fuego lento.

-Pero es que el verbo pochar no existe. Quiero decir que no lo contempla el DRAE. Lo que sí aparece es el adjetivo pocho.

-¿Y qué significa?

-Pues significa un montón de cosas a cual más peregrina. Escucha: "Descolorido, quebrado de color. Fruta que está podrida o a punto de pudrirse; flojo de carnes o que no disfruta de buena salud...".

-Pero todo eso me parece normal. No veo yo ahí nada raro.

-Es que aún me falta algo que decir. La cuarta acepción que ofrece el DRAE es -para que veas lo que son las cosas- ésta: "Muy bueno, excelente".

-Eso no puede ser, tío.

-Eso sí puede ser, sobrino. Por algo te hablaba yo, hace un momento, de la manga ancha de la Academia.

-¿Te digo una cosa? Que con su pan se lo coman.

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