PATÉTICAMENTE patético. Nueve y pico de la mañana del jueves en la autopista del Norte. Un accidente a la altura del Padre Anchieta. Dos coches camuflados de la Guardia Civil de Tráfico intentan abrirse camino entre un inmóvil río de acero. Lo consiguen a duras penas. Están tan camuflados que los conductores, aprisionados en el atasco, no pueden distinguirlos y franquearles el paso. Oyen las sirenas y, los más próximos, ven los destellos de las luces de emergencia situadas en el interior de los vehículos policiales, pero no logran identificarlos.
Cabe preguntarse si la presencia visible de la Guardia Civil, al menos en las horas de máxima congestión, contribuye a la seguridad vial. Dando un paso al límite, cabría inclusive cuestionar si esa aludida presencia visible hubiera evitado el accidente al que luego, consumado ya el descalabro, intentaban llegar los agentes. Le he oído decir a muchos conductores que la simple presencia de un par de motoristas a la vera de una carretera, o en el arcén de una autopista, establece por sí misma un entorno de seguridad. Opinión con la que coincido. La Guardia Civil de Tráfico es respetada hasta por lajas y belillos, pues cualquiera que coge un volante sabe que sus miembros no se arrugan a la hora de sancionar con contundencia. Si esto es así, y realmente es así, ¿qué hacían dos coches camuflados en la autopista del Norte a las nueve de la mañana, precisamente la hora a la que suelen producirse los mayores atascos? La respuesta es obvia: tratar de trancar por sorpresa al infractor.
Cualquiera puede sentir, llegados a este punto, la tentación de iniciar un interminable debate sobre la conveniencia -o no- de que los agentes se dejen ver en todo momento. En las autopistas de Estados Unidos, por ejemplo, me he cruzado con innumerables coches de la patrulla de carretera estacionados en las amplias medianas, con las luces destellantes encendidas. De esa forma los conductores sabían, sin ningún tipo de dudas, que el radar estaba conectado. En Suecia la técnica suele ser diametralmente opuesta: los agentes de tráfico se camuflan en vehículos familiares, algunos hasta con silla para el niño y esquís sobre el techo. Todo depende, al final, de los criterios que se empleen para imponer la disciplina circulatoria. Nada que objetar, en consecuencia, a que la Guardia Civil de Tráfico utilice coches camuflados.
La cuestión es otra. La cuestión es la imagen de un país devorado por su propia huida hacia delante. Porque hoy son dos coches de la Benemérita abriéndose paso a codazos para llegar a un accidente -afortunadamente sin consecuencias extremadamente graves-, mañana las nuevas y aterradoras cifras del paro, el día anterior un inquietante guarismo sobre el incontenible aumento de la inflación, una semana antes ciertos datos sobre la anormalidad -o absoluta normalidad, según quien los facilite- de los fallecimientos en determinado servicio de un hospital que siempre hemos considerado modélico, de vez en cuando un nuevo alcalde detenido por otra presunta corruptela, y el mes que viene sabe Dios qué. Esta es la España no ya patéticamente patética, sino grotescamente grotesca -o penosamente penosa- que hoy tiene de nuevo a Zapatero como presidente. Y por mucho tiempo.
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