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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

La nación política y la nación cultural

10/abr/08 20:09
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EN EL TRANSCURSO de los intentos, después de la dictadura franquista, de articular una constitución que diera marco de convivencia dentro del territorio español, los desencuentros y las no coincidencias de los grupos políticos de la época fueron evidentes. Sobre todo, en lo concerniente al fundamento de la Nación española que se subscribió con un trazo fuerte y contundente y al reconocimiento tibio y exento de protagonismo a las denominadas nacionalidades, a las que se les dio una conceptualización tibia, encorsetada y exenta de fortaleza política que se reservaba para la nación per-se cuál era la española.

Ya desde ese momento las posiciones políticas se decantaron entre los diferentes nacionalismos, el español, por su lado y el resto, los periféricos, por otro. Al final pasó lo de siempre: se atemperaron las desigualdades introduciendo el término de "nacionalidad", que no dice nada, así lo significó en su día Julián Marías, y con la simpleza de su no-realidad se marcó la diferencia entre lo que se considera la nación política, España, y lo que debe ser la nación cultural, los otros.

Ya aquí se desliga la atribución de carácter nacional a ciertas comunidades que eran las más discordantes y las que invocaban su "historicidad", tales como Euskadi, Cataluña, Galicia y... Canarias en las antípodas ya que aún ni se lo había planteado. Con esto lo que se pretendía era de alguna manera recortar ciertas inquietudes soberanistas, lo cual se amparaba dentro de la constitución aprobada en 1978, y también aportar tranquilidad a la otra parte que es la que se alineaba con el nacionalismo español.

Así pues, desde entonces se podría hablar ya de nacionalidades sin que se molestara a la nación. Al menos dentro del marco constitucional ya no cabía la preocupación ni el reconocimiento de nacionalidades dentro del estado español, porque en ningún caso accederían a un rango que les convirtiese en un elemento competitivo con la nación que se protege con el estado.

Sin embargo, esta retórica tuvo poco fortalecimiento teórico porque muchos apoyándose en Meinecke concluyeron que a cada nación un estado, por lo que hubo que recurrir, alejándose de la nación política, a la nación cultural como un tránsito hacia el estado y como pretexto para que las cosas siguieran como estaban.

Y ahí la contradicción que en la teoría nacionalista y aún en la práctica no tiene salida, porque se puede ser más pueblo que estado, pero no se puede ser pueblo sin estado.

Pero sucede que la nación cultural, a la cual se le ha restringido su poder y encasillada en estatutos y encorsetamientos constitucionales, para no poder llegar más allá de lo instituido por reglamentos y leyes, es en realidad un embrión de nación política y tiende desde la inercia de los acontecimientos a evolucionar hacia ahí.

Estas consideraciones, que son un tanto retóricas, se expusieron en su momento para dar satisfacción a unos y otros. Los que estaban ya instituidos como constitucionalistas y patriotas, y los otros, a los que hubo que darles cierto protagonismo, pero delimitado dentro de unos procedimientos perfectamente elaborados, para evitar descarrilamientos por los que velaría el Parlamento español en detrimento si fuera necesario de lo que los otros parlamentos propusieran. La nación política aquí cobra su mayor relevancia y la nación cultural como sujeto político en ciernes a quedarse en eso , sólo como un referente meramente cultural.

La nación política es la nación perfectamente estructurada con su ropaje institucional que relumbra con el fortalecimiento de su estado. Y la nación cultural es la que deambula en el intento de expandir sus lazos culturales sin mayor apetencia que seguir dentro de la norma establecida. Eso sí, cada vez con más exigencias de autogobierno, pero que sus realidades le hacen ver que se encuentra en el querer ser y no llegar a ser.

Lo único que cabría interpretar dado que sobre naciones y nacionalismo se escribe, comenta y analiza bastante, porque se ha pasado de un silencio y de un espacio oscuro a un mejor entendimiento de este fenómeno socio-político, es que por el camino de la cultura cuando el compartirla se hace universal en un territorio concreto llámese Euskadi, Cataluña o Canarias, se está en el camino de mejores y más posibilidades de construir y vivenciar ese territorio no sólo como nación cultural, sino en los inicios convincentes de convertirse en nación política.

Ese y no otro desde la vertiente de una nación cultural que aspira a tener los dispositivos políticos necesarios para llegar a ser nación política, debe ser el objetivo para los que en el mundo de las ideas se consideran y dicen ser nacionalistas. No puede ni debe ser otro.

 

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