HAY un vídeo circulando por YouTube -¿se escribe así verdad?- desde hace unos días. En él se muestran imágenes emitidas por informativos de televisión sobre la cumbre de la OTAN en Bucarest. No soy aficionado a hurgar en esa página del ciberespacio donde cualquiera puede colgar lo que le dé la gana. Esencialmente porque YouTube, pese a la cifra ingente de internautas que acceden cada día a sus vídeos, es la mejor muestra de la peor faceta de internet. Algo así -lo escribió alguien no hace mucho tiempo con bastante acierto- como la puerta de un retrete, donde cualquier tipo barato escribe lo que le da la gana y allí permanece durante mucho tiempo. Pero ese vídeo en cuestión merece la pena verlo. No únicamente porque muestra a un presidente del Gobierno de España completamente solo y mirando de reojo, como un escolar rechazado por sus compañeros de clase, al resto de los mandatarios de la Alianza Atlántica riendo amigablemente en un corro de amigos. El vídeo, insisto en ello, también merece la pena verlo para hacernos una idea de lo que es Rodríguez Zapatero dentro y fuera de España.
Fuera, nada; un señor al que ninguno -ni ninguna- quiere acercarse porque nadie se fía de él. Dentro, todo; un presidente hecho bueno por un líder de la oposición mediocre e incapaz no ya de ganar las elecciones al casino floral de Pontevedra, sino de dar la talla en un debate de investidura. Porque la imagen de Zapatero en la cumbre de Bucarest, denigrado y cabizbajo, no es la misma estampa del candidato a presidente del Gobierno, altivo y dominante, durante el debate de investidura.
Sobra decir que el repudio al presidente del Gobierno de un país supone despreciar al país en su conjunto. Zapatero no ha sido durante los últimos cuatro años, ni va a ser probablemente durante los cuatro siguientes, el mandatario de quienes votaron por el PSOE. Lo ha sido y lo será también de los que votaron por el PP, por CC o por cualquier otra opción. Rechazar esta premisa supone dinamitar la democracia. O retroceder a febrero de 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones. O, si queremos ser más precisos con el ejemplo elegido, a 1934 cuando las ganó un partido católico de masas -la CEDA- liderado por Gil Robles. Tiempos tristes que hoy se quieren recuperar con insistentes dosis de memoria histórica. Cuando Bush, y Sarkozy, y la Merkel, y hasta el presidente de Polonia, arrinconan a Zapatero, no están menospreciando a una persona sino al pueblo que esa persona representa en esos momentos. Planteamiento cien por cien aplicable al caso del presidente del Gobierno de Canarias, que sigue esperando cita para acudir al palacio de la Moncloa.
Queda preguntar por qué. ¿Por qué nos tratan así? Bueno, lo de Merkel se entiende. Cuando la canciller -¿debo escribir cancillera?- ya había ganado las elecciones, Zapatero y sus asesores felicitaron al derrotado Schröder. Una pifia equivalente a la de quedarse sentado ante el paso de la bandera gringa. Luego está lo de la alianza de civilizaciones, los papeles para todos, una laxitud moral sin precedentes, además de unas tropas enviadas en misión de paz, y con orden de no disparar, a un territorio alzado en armas. Realmente es difícil que alguien respete a una nación que elige a gobernantes como Zapatero y a líderes de la oposición como Rajoy.
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