ESPERANZA AGUIRRE sabe que no debe emplear sus armas políticas de destrucción masiva a destiempo, y aunque en un momento determinado, con motivo de las listas electorales del PP, la enumeración de su arsenal mediático intimidó a Rajoy en el aislamiento de su despacho, ahora las ambiciones de la presidenta madrileña habrían de exponerse o de ocultarse a la vista de su propio partido, en el que día a día hace recuento de partidarios y detractores, sin que unos y otros practiquen en este caso el menor disimulo. Sabe la interesada y no ignora el gran público los apoyos de la señora Aguirre en Madrid, apoyo aparentemente incondicional en tres medios de comunicación y sin condiciones manifiestas en la federación madrileña del PP. Pero ayer, durante un almuerzo en el diario Abc no pudo contenerse y anunció que si decide presentarse al Congreso de junio el primero en saberlo será Rajoy.
También sabe Aguirre que el gran obstáculo que han levantado las circunstancias ante sus ambiciones políticas es Mariano Rajoy, quien habría decidido, una vez superada la fase álgida de su depresión poselectoral, no ofrecer su cabeza a la guillotina de su partido, que parecía estar afilando la presidenta madrileña, y declararse inocente de la nueva derrota popular. El complejo sector del PP que venía moviendo los hilos del partido en los diez últimos años parecía haber ideado la estrategia, nada insensata, de culpar de la derrota a Rajoy, quedando a salvo el PP y quienes pretendían seguir controlándolo. Pero si el inocente es Rajoy, entonces los responsables son "ellos", que en buena lógica política deberían pasar a estado de jubilación.
La jubilación del sector llamado cada vez de modo más impreciso aznarista supondría necesariamente una cierta renovación del partido, tanto en personas como en estrategias, y los dirigentes que por sus excelentes resultados electorales a nivel regional, como Esperanza Aguirre en Madrid, no se sintieran responsables del fracaso colectivo, habrían necesariamente de asumir las nuevas orientaciones y relevos, es decir, se verían forzados a renunciar a su pura esencia. Una esencia con fuerte implicación ultraconservadora que no le habría hecho ganar el PP ni un solo voto fuera de la llamada derecha dura. Aguirre se aferra a su liberalismo más neocon, casi de pedernal, y no parece dispuesta a que la continuidad inestable de Rajoy al frente del partido se lleve sus ambiciones por delante. Ayer entró a un almuerzo que le ofrecía el diario Abc, con fines informativos obviamente, en medio de una expectación que sólo primerísimas figuras despiertan, y pocas veces en política.
Y hoy es el día de las grandes revelaciones programáticas en la sesión parlamentaria de investidura, en la que Zapatero expondrá su proyecto cuatrienal de gobierno y, lo que más curiosidad levanta, Rajoy precisará sobre todo en el plano estratégico si va a cambiar el rumbo de su partido, lo que se da por seguro, y en cuantos grados. De los grados dependería que los nuevos rostros del PP se dejen llevar por la inercia del continuismo, atendiendo a supuestas admoniciones solapadas de los núcleos de poder interno. Rajoy es el protagonista visible de la lucha intestina en el PP.
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