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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Una hecatombe previsible

8/abr/08 20:08
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ASUSTA el contenido de un amplio reportaje emitido por una televisión nacional sobre la situación del negocio inmobiliario en España. No hay una provincia que se libre de la debacle. Sin embargo, lo peor no es lo mal que lo van a pasar los promotores, las empresas de construcción y los intermediarios; lo peor es la situación personal, desesperada en muchos casos, de quienes han invertido sus ahorros, amén de endeudarse hasta la vejez, para adquirir la primera vivienda. Casas sin terminar, edificios entregados con graves defectos, reclamación de daños que nadie atiende, urbanizaciones enteras construidas sobre terrenos no calificados para ello -y, en consecuencia, ilegales-, personas con cerca de 50 años que deben permanecer en el domicilio paterno porque siguen sin entregarles un piso que llevan pagando desde hace casi una década? Un drama. O muchos, si hemos de ser precisos.

¿Qué ha sucedido en España para que lleguemos a esto? Bueno, según Pedro Solbes, ministro en funciones de Economía, no ha ocurrido nada porque sencillamente no está pasando nada. El FMI acaba de asegurar que la vivienda en España está valorada un 20 por ciento sobre su precio real, pero para el señor Solbes eso no es así. Es comprensible su desmentido. Hace tiempo que desde el Gobierno se intenta soslayar la enorme deuda de las familias españolas aludiendo a su patrimonio. No importa que estemos ahogados en deudas porque lo que tenemos supera el pasivo. Lo malo es que un señor que le debe al banco 200.000 euros, no puede enajenar su piso o su adosado para pagar la hipoteca. Salvo que vaya a vivir bajo un puente, claro. Sólo este elemento, tan real como indiscutible, invalida el argumento del patrimonio sobrevenido. No obstante, la situación es sustancialmente peor. Con la congelación de los precios, la saturación del mercado y la negativa bancaria a seguir con la alegre generosidad de hace tan sólo unos meses, muchos compradores están al borde de que les ejecuten las hipotecas. Algunos intentan vender incluso por debajo de la cantidad suscrita, pero no lo consiguen. Ante este cuadro, Pedro Solbes debería dimitir. Una actitud tan cínica como la suya merece que abandone el cargo sin esperar a la constitución del nuevo Ejecutivo. No parece, sin embargo, que las intenciones del ministro, y aun del propio Zapatero, vayan por ahí.

¿Qué ha ocurrido para que lleguemos a esto?, insisto en preguntar. Pues que somos un país algo más rico que hace veinte años, pero igual de pobre en ideas. Tras el chollo de la incorporación a la Europa opulenta, con el consiguiente caudal de ayudas para modernizarnos, hemos tenido en nuestras manos más dinero del que jamás soñamos. Lo sensato hubiera sido destinar los excedentes personales y empresariales a asuntos no tan lucrativos como el ladrillo, pero tampoco era cuestión de renunciar a grandes beneficios. Las inversiones en sectores menos rentables inicialmente, pero más seguros a medio y largo plazo, quedaban fuera de lugar. Muchos se lanzaron a la promoción urbanística sin tener la menor idea del negocio, y otros muchos a comprar las gangas sobre plano que le ponían delante. Al final, como no hay duros a cuatro pesetas -ni mucho menos euros- estamos al borde del precipicio. Que Dios nos coja confesados.

rpeyt@yahoo.es

Desde Dentro Ricardo Peytaví

ASUSTA el contenido de un amplio reportaje emitido por una televisión nacional sobre la situación del negocio inmobiliario en España. No hay una provincia que se libre de la debacle. Sin embargo, lo peor no es lo mal que lo van a pasar los promotores, las empresas de construcción y los intermediarios; lo peor es la situación personal, desesperada en muchos casos, de quienes han invertido sus ahorros, amén de endeudarse hasta la vejez, para adquirir la primera vivienda. Casas sin terminar, edificios entregados con graves defectos, reclamación de daños que nadie atiende, urbanizaciones enteras construidas sobre terrenos no calificados para ello -y, en consecuencia, ilegales-, personas con cerca de 50 años que deben permanecer en el domicilio paterno porque siguen sin entregarles un piso que llevan pagando desde hace casi una década? Un drama. O muchos, si hemos de ser precisos.

¿Qué ha sucedido en España para que lleguemos a esto? Bueno, según Pedro Solbes, ministro en funciones de Economía, no ha ocurrido nada porque sencillamente no está pasando nada. El FMI acaba de asegurar que la vivienda en España está valorada un 20 por ciento sobre su precio real, pero para el señor Solbes eso no es así. Es comprensible su desmentido. Hace tiempo que desde el Gobierno se intenta soslayar la enorme deuda de las familias españolas aludiendo a su patrimonio. No importa que estemos ahogados en deudas porque lo que tenemos supera el pasivo. Lo malo es que un señor que le debe al banco 200.000 euros, no puede enajenar su piso o su adosado para pagar la hipoteca. Salvo que vaya a vivir bajo un puente, claro. Sólo este elemento, tan real como indiscutible, invalida el argumento del patrimonio sobrevenido. No obstante, la situación es sustancialmente peor. Con la congelación de los precios, la saturación del mercado y la negativa bancaria a seguir con la alegre generosidad de hace tan sólo unos meses, muchos compradores están al borde de que les ejecuten las hipotecas. Algunos intentan vender incluso por debajo de la cantidad suscrita, pero no lo consiguen. Ante este cuadro, Pedro Solbes debería dimitir. Una actitud tan cínica como la suya merece que abandone el cargo sin esperar a la constitución del nuevo Ejecutivo. No parece, sin embargo, que las intenciones del ministro, y aun del propio Zapatero, vayan por ahí.

¿Qué ha ocurrido para que lleguemos a esto?, insisto en preguntar. Pues que somos un país algo más rico que hace veinte años, pero igual de pobre en ideas. Tras el chollo de la incorporación a la Europa opulenta, con el consiguiente caudal de ayudas para modernizarnos, hemos tenido en nuestras manos más dinero del que jamás soñamos. Lo sensato hubiera sido destinar los excedentes personales y empresariales a asuntos no tan lucrativos como el ladrillo, pero tampoco era cuestión de renunciar a grandes beneficios. Las inversiones en sectores menos rentables inicialmente, pero más seguros a medio y largo plazo, quedaban fuera de lugar. Muchos se lanzaron a la promoción urbanística sin tener la menor idea del negocio, y otros muchos a comprar las gangas sobre plano que le ponían delante. Al final, como no hay duros a cuatro pesetas -ni mucho menos euros- estamos al borde del precipicio. Que Dios nos coja confesados.

rpeyt@yahoo.es

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