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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

El valor de la palabra

4/abr/08 20:06
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ME LLAMA UN AMIGO un amigo para decirme que me debe cierta cantidad de dinero con la que no contaba. Telefonazo sorprendente, desde luego, ya que lo habitual es lo contrario. Casi todo el mundo nos requiere, de viva voz o por carta, para recordarnos que le adeudamos algo: los bancos, Hacienda, la Seguridad Social, el vendedor de la última lavadora o el televisor con pantalla HD, etcétera.

A la hora de hacer memoria, descubro que jamás he firmado un contrato con este amigo; una persona a la que aprecio y de la que he aprendido mucho, a pesar de las discrepancias, tan inevitables como saludables, en algunos temas. Ni siquiera ha sido necesario un apretón de manos para sellar numerosos acuerdos profesionales entre ambos. Ha bastado la palabra. Y ninguno de los dos hemos incumplido jamás la parte del trato que nos correspondía, pese a que en alguna ocasión -lo confieso- he sido remolón a la hora de entregar el trabajo. Quizá la próxima vez debamos añadir, también de palabra, una cláusula de vencimiento temporal.

Hace algunos años me comentaba un comerciante de Santa Cruz, hijo y nieto de tenderos capitalinos, que su abuelo jamás le firmó un papel a sus proveedores. "Le pago el día 15 del mes que viene. ¿Le parece bien?". Y si al otro le parecía bien, pues suficiente. Eso sí, el día 15 del siguiente mes pagaba inexcusablemente. "Hoy no te mueves si no te lo ponen todo por escrito, pero da igual; al final, el que quiere cumplir lo hace y el que no te da el palo", concluyó pesimistamente el empresario en cuestión. Por cierto, una de las dos provincias canarias, y no me estoy refiriendo a Santa Cruz de Tenerife, registraba no hace demasiado tiempo uno de los porcentajes de impagados más alto de España. Ignoro cuáles son los dígitos actuales al respecto porque, la verdad sea dicha, eso me trae completamente sin cuidado.

Más interesante resulta, sin embargo, la veneración que sentían nuestros abuelos por la palabra dada. Muchos no sabían firmar, pero tenían presente en todo momento que un compromiso de viva voz poseía la contundente validez de un documento rubricado ante notario. Noble conducta que recordaba hace pocas semanas un destacado economista canario durante una reunión con amigos. Hasta un campesino era capaz de vaciar un saco de papas que acababa de cosechar si albergaba la menor duda de que entre ellas había algunas en mal estado, incluidas no con felonía sino por error. "¿Qué dirá de mí la persona a la que se las voy a vender?", se preguntaba. Tan sólo pensar en la mala imagen a la que se exponía, lo obligaba a ser extremadamente cuidadoso.

En contrapartida, cuente cualquiera de ustedes, pacientes lectores, la cantidad de veces que alguien los ha engañado en los tiempos actuales. Y no sólo los políticos, para quienes el arte del ardid es la esencia de su existencia, sino cualquier mequetrefe que piensa que el mundo es un embuste absoluto porque él es incapaz de vivir con la decencia de la verdad. Toda una utopía en estos tiempos ese decoro por el compromiso adquirido. Hoy, para qué negarlo, hemos puesto la falacia sobre un altar y le rendimos culto a diario.

rpeyt@yahoo.es

 

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