LA MAYORÍA coincidimos en que, con la incorporación de la madre de familia al mercado laboral, se han hecho excelentes aportaciones, propias de su feminidad, encanto e inteligencia, al mundo empresarial o de la Administración Pública. Si bien, se ha originado una serie de desajustes en el ámbito familiar; aunque esos desajustes no sólo son responsabilidad de la madre, ya que parte de esa responsabilidad también corresponde al padre y a los hijos, porque la casa, el hogar familiar, es cosa de todos, de toda la familia.
Pienso que, para solventar este desajuste, no hace falta tomar decisiones excepcionales, bastaría con algunas medidas sencillas, para que se lleven a cabo por todos lo miembros de la familia, que han de poner un poco de buena voluntad. Entre otras, por ejemplo, comer o cenar en familia, que señalo en primer lugar por su relevante importancia. Puesto que, según mi experiencia, el desayuno, la comida o la cena en familia es lo que más contribuye a la cohesión familiar y a la mejora de la relación de la pareja -de papá y mamá-; a la vez, que es un apasionante y eficaz medio para el diálogo y la educación de los hijos.
Un estudio de Carla E. Eisenberg, de la Universidad de Minnesota, llega a la conclusión de que en las familias que realizan una comida diaria juntos la relación padres-hijos es muchísimo mejor, aumenta la calidad del estudio de los adolescentes y disminuye el número de consumidores de drogas y alcohol; además de reportar otros beneficios, como la prevención de la anorexia, la bulimia y la obesidad. Yo me atrevo a afirmar que en muchos matrimonios el conflicto empezó por dejar de comer o cenar juntos, y de tener esos momentos íntimos, después de la comida o cena, para comentar cómo va o cómo ha ido el día; aunque para alguno el cansancio puede más y se quede dormido en el sillón. Mejor que cuando se está viendo la televisión.
Dada la complejidad de horarios que con frecuencia se plantea en el momento actual, coincidir no resulta nada fácil, pero si cada miembro de la familia es responsable y pone todo lo que está de su parte, siempre se puede lograr -al menos, durante la semana-, coincidir todos a una hora, de la comida o de la cena; lo que previamente se ha acordado. Parece ser que, entre semana, la hora de la cena es la mejor para todos. Lo importante es comer o cenar juntos, aunque los menús sean un poco más ligeros, dejando para los fines de semana un menú algo más suculento o que necesite mayor elaboración, y que se pueda tomar con más calma y tranquilidad, de manera apacible y sosegada, favoreciendo el diálogo, el comentario o la anécdota simpática. Para ello, es muy oportuno apagar el "móvil", desconectar el teléfono y quitarlo del medio, o apagar la televisión. En todas estas comidas de fines de semana o días festivos nunca debiera faltar una sobremesa animada que dé lugar, cuando así salga, a una divertida y agradable tertulia familiar.
La magia de comer o cenar en familia está en que contribuye de manera asombrosa, por un lado, al normal desarrollo psicosomático de los hijos y de los padres. Como indica Carla E. Eisenberg, ayuda a prevenir desórdenes alimenticios en los jóvenes y a promover una dieta sana en los niños. Por otro lado, beneficia la normal evolución o mejora como persona, en su aspecto social y espiritual, tanto de los hijos como de los padres. Es una ocasión maravillosa para que mamá y papá se lancen primero y se den a conocer, sin ser cargantes -¿en realidad nuestros hijos saben quiénes somos o qué hacemos?-, que al mismo tiempo mamá y papá aprovechen para conocer más y mejor a sus hijos, sus ilusiones, sus inquietudes, sus temores y sus aficiones. Y todo ello, dentro de un clima de cariño, calidez, confianza y amabilidad, porque no es el momento de los reproches ni de lecciones magistrales de papá. Es la hora de comer o cenar, y, también, de hacer pequeños servicios y de tener detalles de cariño, como poner o recoger la mesa, servir el agua o el pan, pasar la sopa o el potaje, respetar y escuchar al que habla, ceder la palabra, interesarse por el que se le ve desanimado, o en "fuera de juego", hacer planes para la familia... Las comidas o cenas son ocasiones naturales para asimilar la historia, los valores y estilo de la familia, y para aplicar esos valores a la vida diaria, a los problemas y a las oportunidades que se encontrarán luego al salir a la calle. Todo ello hace que todos los miembros de la familia, cada uno con su carácter o forma de ser, tengan un estilo original y propio, aprendido en su casa, de sus padres, de sus abuelos y de los hermanos mayores. Así se crean lazos familiares con fuertes y sólidas raíces, y recuerdos entrañables, que acompañan durante el resto de la vida.
En conclusión podemos decir que con las comidas en familia se fortalece el amor y la armonía en el hogar, se aprenden virtudes humanas de incalculable valor, se desarrolla la confianza mutua entre todos los miembros de la familia y es una ayuda para solucionar los problemas gracias al diálogo amable y respetuoso. Y además, ¡se pasa fenomenal y se come bien!
* Orientador familiar
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