EN UN BREVE PLAZO de tiempo han desaparecido de este mundo dos periodistas de casta, aunque radicalmente distintos en sus estilos. El primero, José Alberto Santana, viajero impenitente y gran observador de lo cotidiano, desde ese silencio que lo hacía ser convidado de piedra de muchas de las anécdotas que sucedían a su alrededor y que luego llevaba magistralmente a su columna. Por razón de su edad vivió los sucesivos cambios políticos más recientes de este país, y más en concreto en nuestras islas. Amante del deporte, lo aplicó en sí mismo para mantener una salud envidiable hasta el último momento de su vida. Una vida que lo privó de su esposa un tanto prematuramente, pero que supo sobrellevar con ese silencio digno que da la entereza de carácter. En cierta ocasión le entregué la copia de un soneto escrito por su hermano, fallecido en Venezuela, en el que glosaba en sentido necrológico la muerte de un tío mío en dicho país, con el que, por cierto, mantenía buena amistad. Una acción que me agradeció con su habitual cortesía.
Poco puedo decir de él que no se haya dicho en esta Casa, su recuerdo vital, reflejado en sus escritos, queda archivado para siempre y a la disposición de los lectores interesados. Tal vez algún día alguien se decida a publicar una antología con un resumen de sus escritos durante todas las épocas sucesivas en que ejerció el periodismo.
El otro fallecido está prácticamente vigente en la memoria colectiva, puesto que sucedió al inicio de esta semana y resuelto con esa brevedad que da un tránsito inesperado a lo desconocido. Tanto con José Alberto como con su tocayo José Hilario, coincidí en numerosas ocasiones en el bar "El Combate" de Santa Cruz. Cita obligada de cuantos trabajábamos en los alrededores y, aunque nunca mantuvimos un diálogo directo, sí cruzamos alguna que otra palabra en colectivo. Aún recuerdo la polémica que generó cuando publicó en su columna de la contraportada, llamada "Tesentrevista", la entrevista a Dios. Algo que pudo costarle un disgusto con la férrea censura de entonces. Años después, al desaparecer La Tarde y desde un diario de la vecina isla me sacudió un buen palo a causa de mi acendrada defensa de Tenerife; probablemente porque no recordaba que tras mi seudónimo se ocultaba un cotidiano vecino de barra de antaño. Por mi parte, todo quedó en anécdota para recordar sin acritud. De todas sus facetas creativas, sólo he visto en el comentario de esta Casa hablar de su faceta poética, que probablemente haya sido mucha más de la que todos conocemos. Sé de sus logros como coplista y como escritor por encargo de letras para murgas, también conservo algún recorte de sus poemas con más sentido lírico, aparte de los gastronómicos que los bordaba métricamente con una habilidad impropia de muchos que se autodenominan poetas. Quizá alguien cercano a él se decida a hacernos partícipes de esa faceta más íntima de su quehacer. Una dedicación muy poco reconocida por los amantes de la lectura en prosa, pero que está ahí siempre cuando el ser humano se encierra en sí mismo y expone una visión absolutamente personalista de cuanto le rodea o le sucede. Descansen en paz ambos.
Aprovecho, en honor al celo profesional de los fallecidos, para narrar la anécdota del mayor William Martín, conocido en el cine como: "El hombre que nunca existió", que yace desde el 2 de mayo de 1943 en la tumba número 14 del cementerio municipal de Huelva.
Conocida por los alemanes la intención de los aliados de desembarcar por la isla de Sicilia, el servicio secreto inglés urdió un inteligente plan a través del capitán Ewen Montagu. Se buscó un cadáver que reuniera las características de no exceder mucho la treintena y que hubiera sufrido un síndrome similar a un ahogado (los pulmones encharcados). Conseguido el objetivo en Londres, a través de un reputado patólogo, se dotó al fallecido vagabundo de todos los documentos personales como su cartilla militar con el nombre ficticio, así como entradas de espectáculos recientes a los que supuestamente hubiera acudido, más una carta de una falsa novia. Con todos estos ingredientes se le vistió con el uniforme de la "Royal Navy" y se le dotó de una cartera conteniendo correspondencia privada entre el almirante Lord Mounbatten (tío de la reina Isabel) y el general Eisenhower, comandante supremo del norte de África; y otra dirigida al almirante inglés sir Andrew Cunningham, haciendo bromas intencionadas acerca de las sardinas (sardinia: Cerdeña), para que los alemanes pensaran en que el desembarco se iba a efectuar por dicho lugar.
Ultimado el señuelo, se le embarcó en el submarino "Seraph" oculto en un cilindro colmado de hielo artificial; consignado como piezas de repuesto para que la tripulación no tuviera conocimiento del engaño. Posteriormente fue abandonado con su chaleco salvavidas y un bote de goma, que soltaron posteriormente para hacer creer que provenía de un avión estrellado, a menos de una milla del través de la costa onubense. Escasas horas después, fue localizado por un pescador de Punta Umbría cuando se dirigía a la faena, que lo entregó a la Comandancia de Marina del lugar. Enterado el espía establecido en Huelva e hijo del cónsul alemán, Adolf Klaus, contactó con funcionarios españoles para indagar en la documentación que portaba el ahogado, que fotografió y remitió a Berlín en el plazo de tres días. Así el mando alemán interpretó como válida la trampa y cambió todos los planes de defensa, hasta el punto de que los aliados tuvieron un mínimo de resistencia en su desembarco en Sicilia, con el consiguiente ahorro de vidas humanas. Los alemanes se tragaron toda la "carne picada", que era el nombre dado a dicha operación que cambió el curso de la guerra.
Ajeno a todo, el vagabundo Michael Glyndwr, que sirvió para tan sibilina operación, yace en su tumba número 14 visitado por numerosos compatriotas que lo consideran un héroe de guerra. Cuando pregunté por la dirección del cementerio a una patrulla de policía, me pusieron cara de asombro y no supieron responderme. Minutos después fueron al mismo detrás de mí para ver y conocer la historia que les había narrado, a fin de documentarse.
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