ASÍ, DE ESA MANERA tajante, definitiva y, sobre todo, esperanzadora por lo que tiene de realidad vigente, define Alain Touraine el nacionalismo, aunque que le pese a sus detractores, más que inquiete a sus enemigos y por más que las críticas que hablan de su derrumbe no cesen, andando totalmente equivocados.
El nacionalismo, dentro de su universo político-social, nunca ha tenido tanto impulso, no solo en la Europa del siglo pasado, donde cobró pujanza, sino ahora mismo en que aquellos pueblos a los que se les secuestró su voluntad a través de la violencia están, muchos ya lo han encontrado, en el inicio del camino hacia la modernidad. Y por modernidad hay que entender estar perfectamente incrustado dentro de su propia personalidad, definirse y protegerse con sus peculiaridades de pueblo, desarrollando sus instintos de supervivencia y sin complejos de ser menos que los demás.
Lo que si está en derrota por su derrumbe son otras ideologías que, si en su día fueron paradigma del pensamiento filosófico y político y que afloraron tras la Segunda Revolución Industrial, tales como el liberalismo y el socialismo, se han desnaturalizado de tal manera que ya ni son reconocidas por su propia familia. La izquierda, como diría Baudrillard, anda por las nubes en estado de divinidad, lejos de sus proclamas y principios, y el liberalismo, enmarcado en la derecha, anda cogiendo de aquí y de allí, más adelante del centro y en una confusión permanente que hace que al final tanto unos, los que se denominan izquierda, como los otros, los que se definen derecha, son dos caras de la misma moneda.
Y luchando contra viento y marea, por el contrario, el nacionalismo se ha convertido en un fenómeno ciertamente universal, a pesar del desprecio que ha soportado por los científicos sociales que se han olvidado de hacerle un análisis riguroso y al que consideran como un mal menor socio-político. Y no.
El nacionalismo está en el pálpito de muchos pueblos como garante definitivo a los problemas que esos pueblos tienen planteados y que no encuentran una adecuada solución. Pueblos que no tienen otra alternativa que desde dentro buscar su meta y finalidad. El nacionalismo, como señala Keasting, "apunta a un blanco móvil, toda vez que desconoce el futuro del estado y de los regímenes continentales".
Han salido, eso sí, de las cavernas mugrientas los brujos, los vende-patrias con la incesante cantinela de la destrucción y del finiquito del nacionalismo, y al hacerlo no quieren enterarse de nada de la historia y menos del dinamismo que tiene la cultura de una determinada colectividad que va camino de reafirmarse. Y a pesar de las acechanzas y hasta de las traiciones, el nacionalismo se sacude, rompe moldes y sigue sacando a muchos de sus casillas poniéndolos de los nervios.
Pero los que entienden las políticas con naturalidad, los que observan los movimientos sociales saben, y nos lo dicen, de la pujanza del nacionalismo, y el que no lo quiere entender es por muchas razones y propias conveniencias. Como dice el sociólogo francés, es el nacionalismo un actor, uno de los sujetos políticos más interesantes no solo del último tercio del siglo que terminó, sino que es una esperanza ante el fracaso de las ideologías clásicas. Ideologías que desde la igualdad que pregona la llamada izquierda hasta la libertad de mercado paradigma de la derecha, los pueblos que están por determinarse saben que no es ese el camino; el camino está en desenredarse de los manejos que desde lejos le propician para estrangular sus ansias de libertad.
Además, el truco que se usa por parte de los detractores y enemigos del nacionalismo es que su aceptación está en decadencia. Que cada vez lo votan menos. Que sí. No lo ponemos en duda. Hay que mentalizarse y trabajar mucho para su recuperación. Eso es una cuestión, y otra es que el alma de los pueblos, que permanece dormida por la multitud de trabas que se le ponen para su no realización, está disponible para cuando los acontecimientos de esos mismos pueblos exijan con premura, por circunstancias vitales, dar el salto para decir que ya está bien. Que ya se ha superado la época del engaño y de los discursos facilones y no comprometidos. Que tal vez hoy en nada se parecerá a mañana.
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