ALGUNA VEZ he oído decir que los cocineros tapan sus errores con salsa, los abogados con papeles, los arquitectos con flores y los médicos con tierra. Alarma leer la noticia de que ochenta pacientes, sometidos a operaciones de corazón en el Hospital Universitario de Canarias, podrían haberse salvado si los procedimientos de los cirujanos hubiesen sido otros. Pero tampoco se trata de entonar colectivamente una balada catastrófica. Los errores son humanos. Y aunque debemos evitarlos, no es menos cierto que la especie humana ha ido avanzando gracias a ellos. El único que no se equivoca nunca es el que nunca hace nada.
Lo inaceptable es lo que le ha ocurrido a un médico, el doctor Ignacio Díaz de Tuesta, por denunciar que la mortandad en el Servicio de Cirugía Cardiaca del citado centro duplicaba la registrada en toda España. Cabe suponer que cuando un profesional realiza una advertencia de este tipo, lo mínimo que se debe hacer es comprobar su veracidad. Lo cual no es nada difícil. Basta con saber contar. Líbreme Dios de enseñar a los responsables de cualquier hospital canario a enumerar los errores tapados con tierra. Aunque no es difícil; puedo asegurarlo de manera cabal.
Sin embargo, lejos de comprobar si realmente el guarismo de personas fallecidas superaba las estadísticas al uso, leo incrédulo que al doctor Díaz de Tuesta lo acusaron de revanchista y lo despidieron quince meses después. Eso sí, en el ínterin le amargaron la existencia. "La mejor forma de echar a un tipo a la calle es hacerle la vida imposible hasta que se vaya él solo", me confesó en cierta ocasión, sin atisbo alguno de rubor, el director de un periódico.
"La auditoría realizada al Servicio de Cirugía Cardiaca del Hospital Universitario de Canarias concluye que durante años hubo una mortalidad preocupante que dobla la media nacional, y se identifica con claridad el origen del problema, que no tiene nada que ver con los medios materiales, que en el caso del HUC son excelentes, sino con la pericia profesional y modos de actuación", afirma el doctor Ignacio Díaz de Tuesta. Manifestaciones que transcribo textualmente de la noticia publicada ayer por este periódico. No obstante, jamás acusaría a un cirujano por que se le muriese un enfermo sobre la mesa de operaciones debido a su falta de preparación; salvo que mediara una manifiesta negligencia, claro está. En toda profesión hay un cupo inevitable de irresponsables -e inclusive de indeseables-, pero la mayoría, la inmensa mayoría de los médicos se toman muy en serio su trabajo y actúan en cada momento de la mejor forma posible. Y también la inmensa mayoría de los arquitectos, de los letrados y hasta de los cocineros. Que nadie le busque tres pies al gato por esa parte. Lo inaceptable es la prepotencia; sobre todo si está sustentada, como cabe suponer, en la perpetuación de un statu quo que considera cualquier crítica como una amenaza a sus privilegios. A fin de cuentas, los mediocres sufren en carne propia el castigo a su incompetencia: viven aterrados de que alguien les mueva la silla.
En fin: Mercedes Roldós quiere comparecer en el Parlamento vernáculo para dar explicaciones. Lástima que ya no puedan oírla esos ochenta tapados con tierra.
Desde Dentro Ricardo Peytaví
ALGUNA VEZ he oído decir que los cocineros tapan sus errores con salsa, los abogados con papeles, los arquitectos con flores y los médicos con tierra. Alarma leer la noticia de que ochenta pacientes, sometidos a operaciones de corazón en el Hospital Universitario de Canarias, podrían haberse salvado si los procedimientos de los cirujanos hubiesen sido otros. Pero tampoco se trata de entonar colectivamente una balada catastrófica. Los errores son humanos. Y aunque debemos evitarlos, no es menos cierto que la especie humana ha ido avanzando gracias a ellos. El único que no se equivoca nunca es el que nunca hace nada.
Lo inaceptable es lo que le ha ocurrido a un médico, el doctor Ignacio Díaz de Tuesta, por denunciar que la mortandad en el Servicio de Cirugía Cardiaca del citado centro duplicaba la registrada en toda España. Cabe suponer que cuando un profesional realiza una advertencia de este tipo, lo mínimo que se debe hacer es comprobar su veracidad. Lo cual no es nada difícil. Basta con saber contar. Líbreme Dios de enseñar a los responsables de cualquier hospital canario a enumerar los errores tapados con tierra. Aunque no es difícil; puedo asegurarlo de manera cabal.
Sin embargo, lejos de comprobar si realmente el guarismo de personas fallecidas superaba las estadísticas al uso, leo incrédulo que al doctor Díaz de Tuesta lo acusaron de revanchista y lo despidieron quince meses después. Eso sí, en el ínterin le amargaron la existencia. "La mejor forma de echar a un tipo a la calle es hacerle la vida imposible hasta que se vaya él solo", me confesó en cierta ocasión, sin atisbo alguno de rubor, el director de un periódico.
"La auditoría realizada al Servicio de Cirugía Cardiaca del Hospital Universitario de Canarias concluye que durante años hubo una mortalidad preocupante que dobla la media nacional, y se identifica con claridad el origen del problema, que no tiene nada que ver con los medios materiales, que en el caso del HUC son excelentes, sino con la pericia profesional y modos de actuación", afirma el doctor Ignacio Díaz de Tuesta. Manifestaciones que transcribo textualmente de la noticia publicada ayer por este periódico. No obstante, jamás acusaría a un cirujano por que se le muriese un enfermo sobre la mesa de operaciones debido a su falta de preparación; salvo que mediara una manifiesta negligencia, claro está. En toda profesión hay un cupo inevitable de irresponsables -e inclusive de indeseables-, pero la mayoría, la inmensa mayoría de los médicos se toman muy en serio su trabajo y actúan en cada momento de la mejor forma posible. Y también la inmensa mayoría de los arquitectos, de los letrados y hasta de los cocineros. Que nadie le busque tres pies al gato por esa parte. Lo inaceptable es la prepotencia; sobre todo si está sustentada, como cabe suponer, en la perpetuación de un statu quo que considera cualquier crítica como una amenaza a sus privilegios. A fin de cuentas, los mediocres sufren en carne propia el castigo a su incompetencia: viven aterrados de que alguien les mueva la silla.
En fin: Mercedes Roldós quiere comparecer en el Parlamento vernáculo para dar explicaciones. Lástima que ya no puedan oírla esos ochenta tapados con tierra.
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