UNO DE LOS PRINCIPALES cometidos que asumen los periódicos es el de canalizar el sentimiento, las quejas o las felicitaciones de los ciudadanos. No sólo en la sección de cartas al director sino en los comentarios a menudo escritos por sesudos articulistas, se vierten opiniones de todo tipo sobre los asuntos más dispares con la pretensión de que alguien preste atención al asunto que trata. Puede ser el socavón que está en nuestra calle, el ruido de una alcantarilla mal tapada, la presencia de drogadictos en alguna zona, la oscuridad de una calle, el mal funcionamiento de un semáforo... qué sé yo. Son tantos y tantos los problemas que el desarrollo de una ciudad comprende, que resulta difícil complacer a todos con la rapidez deseable; los empleados municipales no dan abasto y con frecuencia el arreglo o reparación de lo denunciado se demora más de lo debido.
Hay, sin embargo, elementos que inciden de tal manera en la vida ciudadana que hacen urgente la presencia de los encargados de su reparación. No es lo mismo, por ejemplo, sustituir la luz fundida de una farola que la evacuación de un domicilio que amenaza ruina; ni ordenar el tráfico en una zona conflictiva que acudir en auxilio de los accidentados en una colisión de vehículos. De cualquier manera, aunque casi nadie haga caso de las quejas vecinales -como decía antes, por falta de medios-, en los periódicos la gente sigue aportando sugerencias, indicando soluciones a problemas que ella, por cuestiones de cercanía, mejor que nadie conoce. Sabe que, a la larga, sus quejas serán atendidas, de tal modo que cuando menos lo espere el bache, la lámpara fundida o la rotura de una señal de tráfico aparecerán arreglados.
En esta dinámica, sin embargo, hay que tener especial cuidado con las advertencias que se hacen no porque haya algo mal hecho sino por las consecuencias que, a la larga, puede causar. Poner un paso a nivel enfrente de un colegio de niños no parece ser una medida aconsejable, pues nadie puede garantizar que la inocencia e ignorancia infantil violen en algún momento las reglas que regulan el paso. Tampoco se le ocurriría a nadie montar en el centro de la ciudad una de esas industrias catalogadas como peligrosas, puesto que por muchas medidas de seguridad que se adopten un descuido humano -o mecánico- puede hacer saltar la chispa que generará una catástrofe. Quiero decir con todo esto que avalo totalmente las actuaciones que las autoridades llevan a cabo a fin de evitar la posibilidad de desgracias, y de ahí la sorpresa que me ha producido la actuación de TITSA al instalar una de sus paradas; más aún: no sé cómo la Jefatura de Tráfico lo ha permitido, a menos que no haya sido consultada, que es lo más probable.
La parada que suscita este comentario es una nueva que se ha instalado enfrente del Hospital San Juan de Dios, por otro lado totalmente necesaria desde hace mucho tiempo, pero más en la actualidad debido a la ampliación que ha experimentado el mencionado centro. Hasta hace poco la parada más cercana se hallaba situada en la curva grande que está un poco más arriba del Colegio de Las Dominicas. Para un enfermo o una persona de cierta edad que precise atención médica resultaba bastante gravoso recorrer el trecho de carretera que separa la parada del hospital, por cuyo motivo TITSA o el organismo que tiene a su cargo el mantenimiento de las vías públicas decidió trasladar esta última hasta un lugar situado enfrente del hospital en cuestión. Hasta ahí la medida ha sido acertada, pues se ha pretendido evitar molestias innecesarias a los usuarios, pero bastará acercarse al lugar para darse cuenta de que no ha sido así, puesto que, debido a la estrechez de la calzada, la marquesina ocupa lo que es el arcén y las guaguas se ven obligadas a detenerse en la carretera; digo bien: en la carretera, en el centro de la vía de subida. Claro está, los que vivimos en esa zona nos hemos dado cuenta de inmediato de los peligros que la nueva ubicación comporta, ya que cuando las guaguas se detienen -sobre todo en horas de mucho tráfico- no tardan en formarse largas colas de vehículos y los conductores se desesperan. Y no digamos cuando de la guagua desciende un anciano: entonces la espera se eterniza. Por otro lado, la nueva parada se halla situada justo en el cruce con la calle José Víctor Domínguez, por lo que a veces -sobre todo cuando hay una guagua detenida y los vehículos que pretenden acceder desde ella a la carretera- se forman situaciones realmente peligrosas.
Este artículo no pretende ser uno que pase desapercibido. No es una carta al director o la queja de un vecino porque el ruido de una alcantarilla no lo deja dormir. Invito a los técnicos que fijaron la ubicación de la nueva parada a acudir al lugar, y podrán comprobar que es cierto lo que afirmo: se 'respira' el peligro para los peatones. Eso no quiere decir que la idea no haya sido buena, pero podría haber sido mejor si la nueva parada se hubiese instalado unos pocos metros más arriba, enfrente de la calle Asiria. En ese punto la carretera se ensancha unos metros más, con lo que la guagua puede aparcar sin peligro alguno fuera de la vía y queda espacio suficiente para situar la marquesina. Los sabios también se equivocan, y lo son más si reconocen su error.
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