NO SÉ SI EL GOBIERNO CENTRAL depurará todas las responsabilidades por los errores judiciales, en el supuesto de que los esperpentos puedan calificarse sólo como errores, que se han producido en el caso de Mari Luz; la niña asesinada a manos de un pederasta. Más bien, sí. No porque el propio Zapatero haya llamado al padre de la menor para asegurarle que así se hará, sino porque este es el país de los escarmientos. No únicamente la Justicia; también la educación, la sanidad, la seguridad ciudadana, la economía, el tratamiento al problema de la inmigración, etcétera, son asuntos que en España están cogidos con alfileres. El menor soplo de viento adverso echa abajo el tinglado. No un viento huracanado; basta una suave brisa. Sin embargo, vamos tirando. Eso sí, en cuanto acontece una tragedia, iniciamos la caza de brujas hasta encontrar a un culpable. Alguien que no necesita ser realmente el infractor, pero sí parecerlo. Es decir, se requiere un reo creíble. Elegida la víctima -o las víctimas; a veces, para mayor credibilidad del vulgo, conviene que sean varias las cabezas de turco-, el asunto en cuestión se resuelve no reorganizando un sistema que hace aguas por todas partes, sino con un mero correctivo personal. Y así hasta la próxima.
El funcionamiento de la Justicia en España es, sencillamente, penoso. Uno puede cometer un delito menor a los dieciocho años -en repetidas ocasiones consecuencia de un día tonto-, y ser encarcelado una década después cuando ya ha enmendado su vida, se ha casado y tiene una familia que mantener. Numerosos casos avalan esta aseveración. De la misma forma, más de uno que ha quebrantado seriamente la ley sigue en la calle tan campante. Y si le pilla de camino, se carga a una niña y a vivir que son dos días.
No obstante, supondría caer en una demagogia obsoleta culpar de esto al actual ministro de Justicia o al anterior. La situación ya era lamentable cuando los socialistas retornaron al Gobierno en 2004. Lo era incluso cuando Aznar llegó al Palacio de la Moncloa ocho años antes. La responsabilidad de ambos partidos -PSOE y PP- estriba en que ninguno ha hecho algo eficaz para remediar el caos. Cierto que Zapatero lo intentó. De forma concreta, le encargó a Juan Fernando López Aguilar que arbitrara las medidas necesarias para ir enderezando los numerosos yerros. No estaba, empero, por la labor el ministro guitarrista y pintor. O no supo hacerlo. El mundo está lleno de incapaces con los que debemos convivir; qué remedio. La excelencia individual no es fruto de un brillante expediente académico, ni tampoco una consecuencia necesaria del analfabetismo más atroz. Algunas personas son idóneas para determinadas tareas; otras, no. Sencillamente eso.
Asunto distinto es que quien no ha sido capaz de ordenar un poco la Administración de Justicia, pretenda darle lecciones al actual Gobierno de Canarias sobre la mejor forma de solucionar los problemas isleños. Lo cual no es grotesco en sí mismo, pues cada uno está legitimado para promocionarse como mejor le parezca. Lo maravilloso de la situación es que haya tantos acólitos babeándose de admiración ante un mero gigante de cartón. Eso sí, de un cartón bastante chillón y proclive al aspaviento.
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