EFE, Mónaco
Con el potencial riesgo de caer en lo decadente, la "movida", hilo temático de la edición número 54 del Baile de la Rosa en Mónaco, dejó boquiabierto al público monegasco y recuperó su desfachatez más refrescante gracias al estupendo espectáculo ideado para Pedro Almodóvar por la familia Grimaldi.
"Se han esforzado mucho por agradarnos. Son ellos los que se han adaptado a nosotros y han echado el resto en este Principado, así que sólo tengo que decirles gracias", explicó Pedro Almodóvar al llegar al Salón de las Estrellas de Sporting Club de Montecarlo.
Sus palabras no eran un cumplido, sino una fiel descripción de una fiesta que prefirió mantenerse fiel al espíritu de los homenajeados antes que hacer concesiones a una audiencia que, pese a la estupefacción inicial, se hizo cómplice del tono hedonista y excesivo en un desatado baile final.
La reconstrucción de la fachada del mítico Cine Doré de Madrid, los números de cabaret a la española, la performance entre las galaxias y las cloacas de un estupendo Paco Clavel y las hilarantes apariciones de Rossy De Palma sobre el escenario despejaron las dudas sobre la necesidad de una resurrección de algo tan adherido a su época. De hecho, el director de "Mujeres al borde de un ataque de nervios" (1998) no quiso dejar de matizar la relevancia ideológica de la "movida": "Estáis celebrando la Transición y la democracia. Ni un sólo frame de mi cine habría podido ser rodado en otras circunstancias", aseveró.
Pero, afortunadamente y según Alaska, "la movida pega con todo". La cantante, encargada de abrir el baile con el tema "Miro la vida pasar", agradeció sobre el escenario a la corte monegasca "haber tenido el buen gusto de celebrar el mal gusto".
De la trivialidad de la revisitación paródica de clásicos como "La vie en rose", "Ne me quitte pas" o "Tómbola", a la intensidad de la voz de Luz Casal y su "Piensa en mí", el Baile de la Rosa reverenció educadamente la estrambótica parafernalia y demostró que sus conceptos no eran tan incompatibles.
Alaska argumentó que "nosotros no tenemos nada que enseñarle a la princesa Carolina. Ha bailado con Warhol en el Studio 54, creo que es ella la que tiene que enseñarnos a nosotros". Además, "uno de los primeros cuadros que se pintaron en la movida en el 79 era de Costus y era de Grace Kelly entrando en el baile de la rosa. Es un círculo que se cierra", añadió la cantante de Fangoria.
Así, la mezcla entre el vestuario de etiqueta y la antología de lo "kitsch" que se apoderó del Salón de las Estrellas dio con un excelente tono en el que se respiró armonía, complicidad y, sobre todo mucha diversión. Alberto II y Carolina, así como sus respectivas parejas, compartieron mesa con Almodóvar, Bibiana Fernández, Alaska y Mario Vaquerizo.
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