SE DENOMINA "síndrome de la clase turista", y se llama así porque la padecen los pasajeros de la "clase turista" de los aviones que, como se sabe, es la más barata y la que, consecuentemente, hemos utilizado todos los que hemos viajado en avión en esta clase, porque no tenemos perras para pagar las demás cuando lleguemos a destino, salvo excepciones, todos al mismo tiempo. Es como cuando en los históricos correíllos íbamos en clase tercera, que estaba en la proa del barco, que es donde más se meneaba, y venga a vomitar todo el viaje, porque todavía no se habían inventado esas pastillas contra el mareo. Los que tenían perras viajaban en primera o en segunda, donde también se mareaba, porque el correíllo se movía todo y no por clases. O sea, la mascada y la fatiga consiguiente era para todos, pero, naturalmente, todos llegábamos a puerto al mismo tiempo, unos más o menos normales, otros, pálidos, decaídos, caminando con esfuerzos y agarrándose a todos sitios; además con una cara de cabreo tremenda, porque durante el viaje, y entre vomitera y vomitera, se defecaban en la señora madre del capitán y de los tripulantes del barco que, para acabarla de jeringar, cantaban las canciones de moda mientras limpiaban el barco.
El "síndrome de la clase turista" es otra cosa. La Organización Mundial de la Salud, OMS, ha estudiado por primera vez, ante la insistencia de CCOO y UGT, el tal "síndrome de la clase turista". Que ha elevado a la consideración de importante para la salud pública mundial. Un estudio de la Agencia de las Naciones Unidas ha determinado que se han incrementado las trombosis que sufren las personas que frecuentemente viajan en clase turística de los aviones, sobre todo en vuelos largos, donde no pueden levantarse de la butaca, que, para rejundir, que dicen en mi pueblo, en el espacio interior del avión colocan las butacas casi una encima de otra. Algunos pasajeros tienen dificultades para respirar, pero no se quejan cuando les toca al lado una hembra de las que llaman "de bandera". Un viaje que se hace corto con una andoba, que dicen en El Toscal, al lado, si es de cuatro horas lo califica como largo la agencia de la ONU y, por tanto, perjudicial. Los aviones tendrán que hacerse más largos y más panzudos para incluir un paseo interior donde puedan ir los pasajeros de la clase turista a lo que se llama estirar las piernas. Este síndrome lo pedecen más los gordos y los largos, por lo que se recomienda adelgazar o meterse en esos torturadores chinos que hacen más pequeños los pies. A los pasajeros de clase turista les salen varices en las piernas y las butacas les hacen la vida imposible a las embarazadas y a los gordos. Y cree la ONU que todo esto hay que solucionarlo, que todo no van a ser guerras contra los talibanes, sublevaciones de tibetanos e independencia de Kosovo.
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