La Laguna. Una tarde fría. La iglesia del convento de Santa Catalina. El pregón de Semana Santa. La prosa clara y profunda del pregonero vibraba en los tímpanos. Mientras el relato, cargado de sentimientos vividos, transitaba por los trayectos mentales, una imagen en blanco y negro se dibujó en el centro de la memoria. Hace muchos años. No tantos para que se borren de la memoria, pero lo suficientemente lejos para verlos con las perspectivas de la imparcialidad y de la admiración. Volver al tiempo en el que los recuerdos se archivan en los más viejos, polvorientos y también más apreciados andamios. Y es que en el atardecer de la vida, en los momentos de reflexión, conviene no olvidar las primeras enseñanzas de la vida, refrescar la pedagogía de los tiempos de dificultades y las resecas fuentes de la motivaciones.
Nos situamos en la vieja calle de La Trinidad de La Laguna. Una calle que arrancaba, en perfecto ángulo recto, desde la calle de Herradores hacia las proximidades del camino de Geneto. En la esquina de la izquierda, compartiendo fachada con Herradores, estaba la casa de dos plantas de doña Dominga. Era una casa blanca, moderna para aquellos años. Era una de las construcciones de cemento y hierro, con rojas azoteas, de paredes lisas y estructuras geométricas, que, a principio de siglo XX, intentaron sustituir a las viejas casas de piedra y barro, de tejados con verodes y canalones. A continuación de la casa había una larga y estrecha pared sobre un grueso muro que, por sus adentros, canalizaba las aguas de consumo procedentes de Las Mercedes y sobre él soportaba un camino sólo de peatones. A la espalda del muro había una extensa finca de frutales y cultivos ordinarios. A la derecha de la calle, unas casas terreras prolongaban a un lado y a otro la casa señorial de Peraza de Ayala, de tres pisos, con balcón, amplia entrada para carruajes y una capilla que se abría el día de La Trinidad.
La calle de La Trinidad no era muy ancha. Unos guijarros irregulares, mal distribuidos, incrustados en duro mazapé formaban un piso irregular de charcos permanentes y salientes peligrosos. Casi al final, después de una ciudadela donde convivían varias familias pobres, había una casa de una sola planta de construcción nueva donde vivían las niñas de Figueredo. Las guapas hijas de uno de los pocos matrimonios pudientes de la calle. La calle terminaba en un barranco, más ancho que profundo, de aguas casi permanentes, donde se abandonaban muebles viejos y algunas basuras, esperando que en los días de grandes lluvias fueran arrastrados hasta el mar. Un acueducto con dos amplios y altos arcos de piedra prolongaba el paso de las aguas acanaladas del grueso muro. Salvado el barranco se llegaba a la calle Morales y al Camino de Geneto.
Y en la esquina de Morales con Geneto, en una casa sombría como la miseria y fría como el desaliento, vivía una familia modesta, marcada por una enfermedad hereditaria. El escaso producto, sólo incrementado por la proximidad del cementerio y los entierros, de una reducida venta llevaba a la despensa lo indispensable para comer. Los hijos deseaban estudiar. Los que no fueron tocados por la enfermedad lo consiguieron. Aunque con grandes dificultades económicas, fueron a la escuela. Uno de ellos, de tez morena, de rostro serio y ojos despiertos, atravesaba todas los días el barranco. Y lo hacía saltando de una a otra las piedras altas que colocaban los vecinos para salvar el obstáculo acuoso. Cuando el caudal sobrepasaba la altura de las piedras, los que por allí pasaban sentían en sus pies y hasta en las rodillas el frío del agua y en sus calzados el efecto de mojada.
Aquel niño pobremente vestido, con ropas gastadas por el jabón de penetrante alcalinidad que encallecía y amarilleaba las manos de las sacrificadas madres, calzaba alpargatas de loneta cruda, con suela de goma negra. Para que el agua no las mojara y dañara, cuando pasaba el barranco, se las quitaba. El niño, en sus idas y venidas al colegio Nava, pasaba el barranco cuatro veces al día a pie descalzo. Esperaba que sus pies se secaran para calzarse de nuevo. Recorría la calle de La Trinidad, por Tabares de Cala hasta La Carrera, y allí hasta el colegio de Los Hermanos, un edificio de dos pisos. Estaba en la clase de los niños pobres. La primera a la izquierda del piso superior. Alrededor de cuarenta alumnos. El hermano Ramón, primero, y los hermanos Teodosio, Antonio y Manuel, después, completaron su enseñanza primaria. Como compensación a la gratuidad, tenía que hacer algunos trabajos fuera de las horas de estudio. Al terminar las clases, mientras los de pago se iban a sus casas, él barría el colegio y cuidaba de la huerta, de la que se beneficiaba comiendo las zanahorias que allí cultivaba. A la hora del recreo jugaba con los otros alumnos con una pelota de goma, compacta por fuera, espumosa por dentro, en el patio de cemento rodeado de columnas. Las columnas que mantenían el pasillo del piso alto. Era estudioso y aplicado, disciplinado y tranquilo. Y, sobre todo, era un insaciable buscador del sentido de la vida. Nacido en la pobreza y lastimado por el dolor de la enfermedad de sus hermanos, el niño rezaba en la capilla. Su capacidad de estudio y su bondad fueron captadas por los hermanos de sotana negra y babero blanco almidonado. Alentado por ellos fue al Seminario.
En el Seminario encontró unos maestros que le comprendieron, lo estimularon, lo ayudaron y le enseñaron. Estudiando durante el curso y reflexionado en las vacaciones llegó a sacerdote. Pasaron los años y aquel niño pobre, estudiando en Roma, aparece en una foto con don Domingo Pérez Cáceres, el obispo de Tenerife, y don Manuel Aledo, su asesor. Y visitan al Papa. Vuelve a Tenerife. Profesor del Seminario, canónigo, párroco, capellán. Un sacerdote culto y comprensivo que sabe lo que es el amor divino y el amor humano. Que sabe lo que es la amistad.
Y aquel niño, que atravesaba el barranco descalzo, era el brillante pregonero que con sus hilvanadas palabras atravesaba el sentido del pedregoso camino entre la vida y la muerte, el tránsito por el sufrimiento humano, su primera asignatura. Vicente Cruz Gil.
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