El Partido Socialista ha iniciado su ronda de conversaciones para la investidura de José Luis Rodríguez Zapatero como presidente de un nuevo Gobierno. Y parece que ese nuevo Gobierno se va a basar en un acuerdo con el PNV y Convergencia i Unió, dos partidos nacionalistas que van a brindar al nuevo ejecutivo socialista una mayoría suficiente y estable para los próximos cuatro años. Los vascos y los catalanes, que han apostado por apoyar de forma sólida unos partidos nacionalistas fuertes, han acertado nuevamente. Frente a quienes sostienen la concepción del Estado español como una sociedad bipolarizada entre dos grandes opciones ideológicas, los conservadores y los socialistas, la realidad nos demuestra una vez más el peso específico de los territorios y la incidencia que éstos van a tener en la política de hoy y de mañana.
En Coalición Canaria no hemos podido o no hemos sabido transmitir esa realidad. La inversión en Cataluña y País Vasco se va a multiplicar en los próximos años y la vida política va a girar aún más de lo que ya lo ha hecho entre Madrid, Cataluña y Euskadi. Si los canarios hubiéramos apostado por reforzar el nacionalismo en el Congreso y el Senado, el panorama hoy sería totalmente diferente porque para la formación de un gobierno estable probablemente los votos de las Islas Canarias serían esenciales. Cuando un pueblo vota no se equivoca, porque el voto es una expresión de la voluntad y la soberanía que está más allá de cualquier reproche. Pero el análisis de los resultados prácticos de ese voto demuestra que muchos ciudadanos de Canarias han dado su voto a dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, cuyos dirigentes van a pactar un acuerdo de Gobierno en el que Canarias, en principio, no va a estar presente. O no lo estará, en cualquier caso, con la fuerza que le daría tener un grupo canario nacionalista en la cámara de representantes.
En un Estado donde la fuerza de los territorios se expresa a través de organizaciones políticas de corte nacionalista (frente a la fuerza ideológica que se expresa sustancialmente en organizaciones políticas supraterritoriales), Canarias, hoy, se ha quedado con sus fuerzas menguadas. Los ciudadanos de las Islas van a poder comprobar en los próximos años cómo catalanes y vascos van a tener la atención (lean ustedes financiación) que demanden de un Gobierno que depende, para poder pervivir, de los votos de esos diputados nacionalistas. Esa es una lección que deberíamos aprender.
Pero la responsabilidad, en todo caso, también es de los nacionalistas canarios. No es de recibo que el nacionalismo se haya atomizado en grupos, se haya perdido en rencillas personales, en fulanismos, que haya diluido su fuerza y su unidad convirtiéndose en una constelación de partidos que, pretendiendo sustancialmente lo mismo terminan combatiéndose a sí mismos y debilitando la representación que este pueblo necesita en un Estado donde, nos cuenten lo que nos cuenten, son los votos los que marcan la importancia y el peso de los territorios.
Escucho hablar de regeneración y de autocrítica en Coalición Canaria. Me parece bien. Es posible que en Coalición haga falta que la gente joven salte a la palestra del protagonismo. Me van a permitir, sin embargo, que dude mucho de que sea bueno para Tenerife y para Canarias perder a personas como Ricardo Melchior, un político de una pieza, una personalidad de las que sólo se pueden encontrar buceando en el pasado de las grandes figuras políticas de esta tierra. Como siempre ocurre, será dentro de muchos años cuando nos demos cuenta de las obras que ha impulsado y del trabajo, del inmenso trabajo, que ha realizado en defensa de todos los que vivimos aquí. Hablar de regeneración no es pensar en perder lo mejor que tenemos, sino aprender de los errores y generar un nuevo impulso político.
Los grandes partidos estatales, con sede central en Madrid, tienen el apoyo de poderosos medios de comunicación. Las últimas elecciones generales han sido una escenificación de una especie de elecciones presidenciales donde sólo los dos candidatos de los grandes partidos, Rajoy y Zapatero, acaparaban la atención informativa mayoritaria. La escenografía de la jornada electoral, de los debates, de las informaciones, nos arrastraba a decorados de azul frente a rojo, de dos grandes opciones que presentaban a los dos únicos presidentes posibles. Luego la realidad nos demuestra que para que uno de los dos sea presidente requiere de la suma de votos de otros partidos que no estaban en esa imaginería mediática.
Esa tendencia, que de forma premeditada estimula y vende el bipartidismo, no sólo no va a desaparecer sino que se verá potenciada. La única manera en que los territorios y los nacionalistas, que son su expresión política, pueden afrontarla es a través de un fortalecimiento de su representatividad. Canarias necesita la unidad del nacionalismo. Alguien debe acometer ya esa tarea, que no es fácil, pero que es históricamente imprescindible. Si no lo vemos es que estamos ciegos, perdidos en protagonismos personales. Y Canarias es más importante que las ambiciones políticas, por muy fundadas y legítimas que sean. Si no somos capaces de regenerar el nacionalismo canario con amplitud de miras, con voluntad de defender los intereses de estas Islas y de los que viven en ellas, como sí están haciendo el PNV y CiU en estos momentos, los ciudadanos jamás entenderán nuestro mensaje. Hay que predicar con el ejemplo. Si creemos de verdad en esta tierra y sus gentes, tendremos que demostrarlo arrimando todos el hombro en esa tarea.
El PSOE, como haría (y ha hecho) el PP, cerrará los apoyos que les sean necesarios. Y los vestirá con la literatura que mejor convenga. Eso es lo normal y lo lógico. Pero en el fondo, esos acuerdos no estarán basados en las premisas ideológicas de nadie (ni las de los socialistas ni las de sus socios), sino en acuerdos de inversión en Cataluña y el País Vasco y en otras líneas de actuación política que van a significar más riqueza, más fuerza y más desarrollo para ambas nacionalidades. Los nacionalistas que ayer eran demonios hoy son leales compañeros de viaje. Canarias, aparentemente, no estará en ese acuerdo, porque no tiene la fuerza de los votos nacionalistas que necesita. Esa es toda la historia. Tal vez, mientras los nacionalistas nos enfrentamos a nuestros viejos fantasmas de desunión, los ciudadanos de Canarias, sean o no nacionalistas, deberían reflexionar también sobre ello.
* Alcalde de Santa Cruz de Tenerife
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