La basura ha estado estos días últimos de actualidad, y no sólo la basura metafórica, cómodo símil aplicable al debate parlamentario celebrado desde el miércoles pasado en Teobaldo Power, que ocupó hasta ayer mismo las primeras planas y los tiempos clave de los medios de comunicación del Archipiélago. Los también llamados residuos sólidos, aunque los haya líquidos y pringosos y todos, al final, tiendan a descomponerse en gaseosos bastante molestos para las pituitarias y otros órganos del cuerpo de la persona humana -como diría el mago- han protagonizado tantas noticias que uno tiende a preguntarse, no sin cierta alarma, si será pura casualidad o un signo de los tiempos.
En Tenerife, por ejemplo, y para ceñirnos, de momento, solamente a la realidad insular, las huelgas de recogidas de basura continúan protagonizando lamentablemente la cotidianeidad de algunas de nuestras localidades turísticas por excelencia. Ahora, le toca a Adeje, donde la mierda -con perdón- avanza hacia una gigantesca acumulación y donde arden, además, docenas de contenedores, porque el hambre siempre se junta con las ganas de comer, y las situaciones deplorables con el vandalismo a veces. Yo no sé si a la hora de publicarse estas líneas se habrá resuelto el conflicto, pero Rodríguez Fraga, el alcalde, debiera haber mediado ya, como piden los trabajadores. En un núcleo de una importancia económica vital, incluso, para la Isla toda, como es Adeje, no se pueden perder los días templando gaitas en cuestiones como ésta.
Aunque, pasando del Sur al Norte, también hay contribuyentes municipales felices y despreocupados, como esos cerca de dos mil vecinos de Los Realejos que jamás han pagado el servicio de recogida de basuras. ¿Falta de civismo por parte de esos ciudadanos?... Pues, se me antoja que no. Más bien se diría que desidia del ayuntamiento e ineficacia recaudatoria. Eso sí que es fácil de arreglar, imagina uno.
Y ahora sí que nos vamos al exterior, porque la llamada crisis de la mozzarella guarda relación asimismo con basuras y huelgas. Son, al parecer, los forrajes procedentes de Nápoles, donde los basureros de brazos caídos montaron una de arrea y no te menees, los responsables de la contaminación con dioxinas de la leche de búfala con la que se elabora este queso. Los queseros de la región de Campania las están pasando canutas con este contratiempo. Por cierto, que en las noticias se suele leer "mozzarella de búfala", lo cual es una redundancia. Ciertamente existe en el mercado un sucedáneo de este producto mucho más barato -que es el usado, habitualmente, en las pizzerías de tres al cuarto- hecho a base de leche de vaca, que en vez de la típica forma de bola del auténtico, se despacha en barras recubiertas de un plástico fino. Pero, su textura y su sabor dejan bastante que desear en comparación con el original.
Pero, en fin. El ministerio de sanidad italiano ha retirado las partidas afectadas, ha ofrecido garantía a la UE de que ni un solo gramo de queso contaminado ha salido del país y probablemente hasta Francia, único Estado que prohibió de modo eventual en su territorio la venta del producto vecino, habrá retirado ya la medida precautoria. Es decir, que tranquilos los amantes de la mozzarella. No habrá problema para seguir poniéndola en la mesa. Pero ha sido un susto. Todo por la maldita basura. A ver si lo de aquí se soluciona tan rápidamente como lo de allá. Aunque uno, pesimista a ultranza -o sea, apegado al realismo- se teme que no.
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