Si el atentado de Mondragón fue la señal del último período socialista, el de Calahorra es preaviso del nuevo, que ya a algunos (Porta Perales) les lleva a preguntarse si "se moverá entre la radicalización y la moderación, la coyuntura o el republicanismo, etc.". Estos interrogantes se irán despejando, a partir del acto de investidura, la composición del nuevo gobierno, las alianzas, etc. Por los resultados electorales, y las "carambolas" no previstas, al socialismo han ido votos de radicales independentistas e izquierdistas. ¿Se hará el socialismo más "constitucionalista" con la definitiva erradicación del terrorismo? ¿Se harán pactos con los "populares" para salvar el modelo territorial y la Unidad de España, dentro de la solidaridad? Ese mirar al futuro no excluye la reflexión serena del resultado electoral, aun partiendo de lo pendular de los nacionalismos.
Me refiero ahora a las "guerras" de las "lenguas" y las "banderas". Ambas, síntoma de un incumplimiento de la Constitución. Parte de quienes debieran ejecutarla y dar ejemplo. E incluso motivo de que la sociedad civil reaccione con "plataformas" de defensa de la libertad, de la pluralidad lingüística y de la bandera nacional.
Han sido brechas expresivas de inaplicación de la Constitución y reflejan los efectos perturbadores del "nacionalismo" a ultranza. El profesor de Filosofía José Antonio Marina ha descrito bien los tres tipos de nacionalismos: el afectivo (sentimental, cordial), el de responsabilidad (o ético) y el ideológico (fervoroso, movilizable, victimista). Pero el análisis nos parece que es estático, y en buena parte teórico, porque al igual que en las ciencias contemporáneas se da una transversalidad, el nacionalismo no es químicamente puro. El posibilismo hacia el Estatuto de Cataluña, de Azaña, en el Congreso, en 1932, encontró la réplica de nuestro Ortega y Gasset. Porque éste entendía que el verdadero problema no era reconocer el "sentimiento de identidad del catalán", sino cómo hacerlo compatible con "el sentimiento del resto de los españoles de que Cataluña es España". De ahí su idea de que no haya una solución radical, sino que sea un problema "a conllevar". O como apuntaba Larraz, también en su informe de 1932: el adelgazamiento financiero del Estado haría inviable el cumplimiento de sus propios fines, incluso respecto a Cataluña.
Los dos grandes partidos lo primero que tendrían que reflexionar es hasta dónde y cómo se ha incumplido la Constitución en estos puntos. Y más en concreto: un pacto inicial, entre otros, habría de ser sobre la normalización del castellano como "lengua española oficial del Estado" (art. 3.1 de la Constitución); al art. 2, sobre la "indisoluble unidad de la Nación española", y el art. 4, sobre la bandera de España y las banderas y enseñas propias de las comunidades autónomas, que se utilizarán junto a aquella en sus edificios públicos y en sus actos oficiales.
Se trata, como se observa, de la relevancia de estos preceptos situados en el Título Preliminar, cuya modificación exige los requisitos excepcionales del art. 168, de no privar a todos los españoles, presentes y aun a nuestros nietos, de ese derecho innato de conocer y usar la lengua madre, y de que nuestra enseña no sea mera discreción de grupos o partidos. El poder ejecutivo, cualquiera sea su signo, está obligado a cumplir esos preceptos constitucionales, planteándolos en sentido positivo y constructivo. La "tolerancia" en este punto puede ser signo de debilidad. En cambio, el hacer viable el ejercicio de tales derechos -utilización de lenguas, y respeto de la bandera-, muestra de fortaleza.
En el extranjero, no entenderán nunca lo contrario. Es apremiante necesidad, en momentos de flujo de población que la emigración islámica está suponiendo para Europa, y también para territorios, nacionalidades o regiones de España. Caben otros muchos pactos, y un desarrollo de competencias -por ejemplo- más creador, y solidario. Pero si los catalanes, según parece, se aprestan a trasvasar aguas, y los vascos a "tenernos por súbditos", y los gallegos a imponer sus cantos regionales o himnos en las celebraciones litúrgicas, sustituyendo al himno nacional, estaríamos muy lejos de entender no ya España, como realidad nacional, sino también su propia tierra. Joaquín Costa sentenció que se sentía doblemente español, como aragonés y como español. Y la lengua y la bandera son los primeros signos de aceptación del pluralismo de España, y del acercamiento y "amor" entre los partidos y entre los españoles. En la Pascua no se puede encontrar mejor oportunidad.
* Jurista. Académico
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