ME LO COMENTÓ hace tiempo, no sin cierta alarma, un ejecutivo alemán al que acompañé por esos madriles de Dios y también, cómo no, por algunas instituciones de este Archipiélago. Quería introducir un novedoso producto relacionado con las redes telemáticas, y le presenté a algunas personas. Aunque esto es secundario, lo importante del asunto no fue la poca receptividad que encontramos para su idea -entonces, y no han transcurrido muchos años desde aquello, en España internet era más una curiosidad que una necesidad-, sino su percepción del mundo laboral hispano. Tras muchas horas de espera obligada ante los despachos, viendo, sin más remedio que contemplarla, la actividad de los empleados de las grandes empresas y, sobre todo, de algunas dependencias de la Administración estatal y autonómica, llegamos a la conclusión de que en este país se acude a los centros de trabajo para hacer vida social. La productividad es accesoria.
En realidad, la productividad laboral -eso que vulgarmente se denomina el curro- sólo sirve, en muchísimos casos, para descansar un poco de la conversación. Después de dos horas hablando sobre el fútbol del domingo, la última carrera de Fórmula 1 o de quienes se quedan en la casa de Gran Hermano y en la isla de los supervivientes, es lógico que la plantilla esté cansada y decida trabajar un poco para descongestionarse. En cuanto le prestamos atención al asunto, perdimos la cuenta del número de corros de secretarias, administrativas y personal con más categoría en los que se debatían las marujadas del momento, mientras los papeles se acumulaban sobre las mesas. Por supuesto, las peñas masculinas no se quedaban atrás en cuanto a su número y al "interés" intrínseco de los temas tratados.
En cualquier caso, estas intuiciones no son la base -no pueden serlo- de ninguna conclusión seria sobre un problema que no es la primera vez que se aborda: la baja productividad laboral en España. Algo más grave aún en el caso de Canarias. Al menos si damos por aceptable el informe difundido esta semana por las cámaras de Comercio de Tenerife y Las Palmas.
No voy a entrar en el baile de cifras que proporciona dicho estudio, pese a que son bastante interesantes, simplemente por ahorrarle al lector el tedio de los guarismos. A fin de cuentas, hoy es domingo; un día más propio para otros cometidos. Verbigracia, descansar para que mañana, lunes, nos dediquemos con un poco más de afán a nuestras tareas habituales. No voy a entrar en el baile de cifras, insisto, pero no me resisto a comentar que, como se vislumbraba sin necesidad de estudio alguno, pasamos mucho tiempo en el puesto de trabajo pero producimos poco. Aspecto en el que Canarias está a la cabeza. En estas Islas se trabaja un 3,7 por ciento más de tiempo que la media española, pero se produce un 12,7 por ciento menos.
Ante una situación semejante, la primera reacción sería preguntar de quién es la culpa. La segunda, un poco más sensata, supondría indagar cuál es la mejor solución para este problema. Cuestiones ambas que comparten entre sí la ausencia de respuestas adecuadas. No hay un culpable, sino muchos; tantos como nuestra sociedad considerada en su conjunto, presa de una mentalidad que imposibilita, a su vez, una salida airosa a la segunda pregunta. Producimos poco porque estamos mucho tiempo en nuestro lugar de trabajo, y tenemos que estar mucho tiempo en el tajo porque no damos ni golpe. Y para cambiar eso no basta un decreto del Gobierno, ni siquiera una ristra de cursos de reciclaje. Hace falta renovar a toda una generación. Aunque los modos y usos del piberío actual no auguran, ni mucho menos, un futuro necesariamente mejor.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD