ACABADO el Debate sobre el Estado de la Nacionalidad Canaria, parece que la oposición no cumplió con su deber de hacer una crítica constructiva; su actitud no fue, precisamente, británica, que es la típica leal oposición, sino que se dedicó a arremeter sin miramientos contra todo y contra todos, tratando de tirar por los suelos cualquier actuación del Gobierno autónomo. En fin, lo de siempre desde que rige los destinos de la oposición parlamentaria en las Islas quien todos sabemos.
Y, aparte de todo eso, los tinerfeños y el resto de los canarios han tenido que oír repetidas veces en la Cámara estos días la absurda expresión "gran" Canaria para referirse a la tercera isla en importancia del Archipiélago. Una tierra sin méritos ni atractivos, que debe lo que es a las rapiñas políticas que le ha infligido a Tenerife a lo largo de los años y a la astucia de sus políticos. Otros "activos" no tiene. La verdad es que la Naturaleza no ha sido generosa con esa isla y, sin embargo, su principal ciudad, Las Palmas, comparte la condición de capital de Canarias con Santa Cruz de Tenerife. Esta última llevaba más de un siglo cumpliendo perfectamente ese papel en solitario cuando la maniobra desvergonzada de los políticos de una dictadura militar cambiaron esa situación por la fuerza de un decreto en 1927. A partir de esa fecha, pero, sobre todo, desde finales de los años sesenta, coincidiendo con la implantación de Televisión Española en Canarias, surgió la palabra "gran" para acompañar al sustantivo Canaria, que hasta entonces se utilizaba solo. Ahora, un Parlamento que dice representar a todos los isleños permite que siga ese fraude de ley con el que se engaña a los pobres lugareños que no conocen el origen del pleito, es decir, de una gran ambición, así como a los peninsulares y extranjeros. Ésa no es la isla grande por más que se empeñen en llamarla "gran". ¡Mentira, mentira, mentira!
Y la Cámara autonómica se ha desprestigiado por no corregir este desafuero histórico y permitir que el orden alfabético al nombrar las islas en el Estatuto de Autonomía prime sobre el de ordenarlas de mayor a menor, así como por modificar el escudo de la Comunidad, igualando el tamaño y la forma de todas las islas. Además, los diputados regionales pretenden seguir discutiendo sobre un Estatuto que ya ha demostrado que sólo sirve para uncir más a Canarias al yugo de Madrid, España. ¿Cómo es posible que estos "representantes del pueblo" no hayan reparado en lo inútil de sus esfuerzos, en vez de trabajar para la fecha de 2010, año en que expira el mandato de la ONU para que no queden en el mundo territorios colonizados? ¿No es más sencillo, sensato y hasta barato trabajar en otro estatuto que prepare el camino de la soberanía del Archipiélago de cara a ese plazo, en vez de recrearse con el actual, que, por mucho que se apellide "de Autonomía", no deja de convertirnos es títeres de una potencia dominadora?
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