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LA BUENA UVA JOSÉ H. CHELA

Por Los Abrigos

25/mar/08 19:43
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NO ME FUI esta Semana Santa pasada de vacaciones. Uno no sólo es un currante, sino que soporta la crisis económica que a tantos nos afecta con resignación. La resignación es una virtud que carece de mérito, pero que ahí está, sea cristiana o agnóstica, que el bolsillo no sabe de credos. O eso piensa uno y, si discrepan, pues ustedes perdonen, oigan. Total, que me quedé en Santa Cruz, aunque hice mis escapadas puntuales a algunos puntos de la Isla. Mayormente para paisajear, que es un verbo inexistente, pero preciso, y para saborear algunos platos de nuestra culinaria. Con desigual fortuna, todo sea dicho.

El día del amor fraterno, o sea, el jueves, me acerqué a Los Abrigos, el rincón ictiofágico más popular del Sur tinerfeño. A pesar de que, yendo hacia allá, los nubarrones presagiaban lo peor, cuando llegué a mi destino lucía el sol, el mar estaba en calma y las barquitas de pescadores, en cuyas marineras siluetas destacaban los azules, apenas sí se mecían sobre unas aguas que semejaban la piel abrillantada de un enorme animal somnoliento. Si ahora escribo este artículo es porque uno, a veces, se olvida de Los Abrigos. Y no deberíamos hacerlo los isleños, porque es un rincón de nuestra costa muy agradable, muy hermoso, y porque allí la oferta gastronómica en materia marina es de lo más espléndida.

En realidad, creo recordar que el actual aspecto de Los Abrigos, en su tramo peatonal, con los paseos muy bien ordenados y diseñados, es el resultado de un programa del Cabildo, "Tenerife y el mar" y fue una apuesta personal de la entonces consejera de Turismo de la corporación Pilar Parejo. Pues, al César lo que es del César, porque el sol, el océano y los peces los puso Dios. O la Naturaleza, como quieran. Pero aquello mantiene su encanto, porque la iniciativa se respetó. Y se sigue respetando el modelo. Hoy por hoy, aquel frente marítimo da gusto verlo, con todos los locales de restauración alineados paralelamente a los riscos de la costa. Ni siquiera, como en otros sitios de parecida índole, los rótulos de los establecimientos y baretos son agresivos en extremo. No se funden del todo mal estéticamente con el conjunto de las edificaciones que los acogen.

En cuanto a comer, se come mejor o peor, según la suerte que tengas al elegir el local y el pescado que generosamente te exponen, con el colorido variopinto y exuberante de la frescura para que tú mismo escojas la pieza que te apetezca e indiques la fórmula de elaboración que prefieras. El sistema, tan tradicional, tan nuestro, es una gozada. Si te equivocas en la elección del pez, culpa a tu mal ojo de consumidor, pero a nadie más. Lo único que habría que desterrar del privilegiado sitio sería el atosigamiento al que someten al turista y al curioso las empleadas callejeras de los restaurantes empeñadas en llevar a su particular huerto -o peñasco- a todo el que pasa por delante de su puerta. Un coñazo. Y un poquito de vergüenza ajena por aquello de qué pensarán los foráneos.

josechela@mojopi.com

 

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