BUENOS DÍAS por decir algo, mala suerte la que podemos tener los españoles tras la victoria de un PSOE cada vez más radicalizado y virado a la izquierda más extrema (¿les suena?), convencido de poder utilizar en su provecho un voto encaminado a cambiar la propia estructura social y política de España; decidiendo, incluso, el modo y la forma de ser y de convivir de todos los españoles, y menospreciando de camino los valores clásicos, incluidas nuestras profundas raíces culturales y religiosas.
Cataluña, algo el País Vasco, Andalucía e incluso Canarias, han sido providenciales para obtener dicho triunfo; eso, junto a una eficaz y nihilista estrategia "frente anti-PP", que ha conducido a que una gran mayoría de la izquierda -comunistas y republicanos-, y nacionalistas de un signo u otro, hayan votado útilmente, más en contra del PP, asustados seguramente por un probable triunfo de la derecha, aún a riesgo de ser fagocitados por el PSOE, que a favor de un minusvalorado Zapatero, cuya inconsistencia ideológica es más que evidente. Los datos son elocuentes: el propio ZP ha sacado 300.000 votos menos que Rajoy en Madrid; el resto de sus ministros-candidatos han cosechado un fracaso casi general allí donde se han presentado.
Para los que han votado a Zapatero como un mal menor -o en contra del PP, insisto-, no les ha importado en absoluto su deriva federalista, el avance de la crisis económica y la subida continua del paro, el desprestigio del sistema educativo, la liquidación del régimen constitucional a través de continuas y espurias revisiones estatutarias, las componendas de los socialistas con la banda terrorista ETA, el hecho de haber asumido, sin rubor, el propio discurso nacionalista, abandonando de camino la propia lucha de clases y apostando por políticas y actitudes identitarias, con tal de aparecer ante los ojos de los demás como los más postmodernos del lugar.
Pero estas elecciones han puesto de relieve, además, la consolidación de un bipartidismo creciente (85% de los votos), que hace que exista un centro derecha con más fuerza y presencia que hace cuatro años. Es por ello que ahora es el momento propicio para que los dos partidos mayoritarios en el Congreso retomen las grandes cuestiones de Estado y lleguen a acuerdos institucionales comenzando por el respeto a la unidad nacional.
Es necesario que el Gobierno socialista que saldrá al mando, de nuevo, del señor Zapatero, gobierne para todos y deje al margen las inútiles batallas ideológicas como el laicismo, la memoria histórica o la mismísima eutanasia. Será democrático, pero no es de sentido común que una mayoría de españoles haya favorecido con su voto a quienes ofrecen no sólo más inestabilidad política y una más que defectuosa dirección económica, sino que ofertan más gasto público, más prestaciones, más subvenciones y, en definitiva, una apuesta por la protección del papá Estado, aún a costa de poner en peligro a la larga nuestro Estado de bienestar.
Muchas veces me quejo, y creo que con razón, de pertenecer a una generación que parece llegar tarde a todas partes. Una generación que ha ido siempre a remolque de todas las iniciativas y políticas que se han venido sucediendo en España en los últimos cincuenta años. Pero lo que es incuestionable es que hoy por hoy no contamos absolutamente para nada. Ni siquiera tenemos claro que vayamos a cobrar entera nuestra pensión el día de mañana; que tiene narices la cosa. Y aquí me tienen ustedes: no soy joven ni demasiado mayor, no vivo de alquiler, no soy de izquierdas, no soy mujer, ni siquiera gay o lesbiana, no soy actor, ni okupa, ni inmigrante, ni siquiera ecologista, no soy musulmán, ni protestante?; estoy harto de que me suban la hipoteca -aunque me queda la esperanza de que la terminarán pagando mis hijos-, los impuestos, la gasolina, el pollo, la leche o el pan; estoy harto de que mi sueldo permanezca siempre por debajo de la subida del IPC; no estoy en el paro, luego no cobro prestaciones, ni subvenciones; no estoy separado ni divorciado?; vamos, que amo a mi mujer e incluso creo que he educado a mis hijos en el aprecio al esfuerzo y a la excelencia, a luchar y a superarse, y sobre todo, a tener dignidad, al respeto a los mayores y a la propiedad privada; y, éstos, al parecer, hasta me quieren por todo ello. ¿Seré normal? ¿Seré postmoderno? Lo que está claro es que no encajo en el perfil progresista que esta izquierda radical y zafia del Chikilicuatre y que Zapatero nos quiere imponer, y a la que yo me resisto por mucha mayoría que hayan sacado, pero que para mí, al menos, soóo demuestra que siguen regodeándose en su maltrecha y mezquina pequeñez.
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