Criterios
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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

De la causa al resultado

25/mar/08 19:43
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HACE TIEMPO que conocí a Arturo Pérez Reverte en unas circunstancias que posiblemente él ya no recuerde y que yo, por mi parte, no quiero recordar. Lo cuento sólo para subrayar que, a la vista de cómo opinaba entonces un mero periodista con cierta fama de corresponsal de guerra, nunca pensé que su visión de España sería la que hoy expresa en sus colaboraciones de prensa. Dicho sin rodeos, que emplee ahora con tanta frecuencia una palabra escatológica para referirse a este país. Criterio que comparto en buena medida.

Es cierto que no sólo Pérez Reverte sino también otros muchos líderes de opinión -hasta un peluquero puede ser un líder de opinión entre su parroquia de clientes- están cansados del extremo al que hemos llegado en cuanto a educación colectiva. Eso que antes se llamaba urbanidad y se enseñaba en las escuelas, y que no ha sido sustituido, ni de lejos, por esa asignatura de adoctrinamiento llamada Ecuación para la Ciudadanía. En este contexto, no sorprende que hoy los profesores ya no sepan qué hacer para que sus alumnos los respeten en el aula, ni que los padres se hundan impotentes ante unos hijos que no pueden -o no quieren- educar. Sí sorprende, en cambio, que sean quienes más han aplaudido la instauración de este sistema los que se echen las manos a la cabeza porque un señor con la pinta de intelectual y de artista serio que tiene ese tal Rodolfo Chuiquilicuatro -¿o es Chiquilicuatre?; qué más da-, nos represente a todos en el festival de Eurovisión. Todo ello, claro está, en detrimento de otros cantantes, jóvenes y no tan jóvenes, por lo menos más respetables. La calidad artística es un asunto y los gustos del público, otro. Por ahí, nada que objetar. Y si el pueblo español ha decidido que sea Chiquilicuatre, pues que sea Chiquilicuatre.

En cualquier caso, un penoso panorama del país que se pretende la octava potencia industrial del mundo. Grotesco retrato de quienes aspiramos a que se nos reconozca en el contexto internacional con una imagen diferente a la que siempre hemos tenido: la España de los lunares y la pandereta. Patética consecuencia de esa porfía por desechar todo lo antiguo en aras de implantar la modernidad sin contemplaciones. Más importante que ganar, si ese fuese el caso, un festival de música, es venerarnos a nosotros mismos para que los demás nos tomen un poco en serio.

Lo de Chiquilicuatre, empero, es una payasada de la que posiblemente nadie se acordará dentro de unos meses. Existen, por desgracia, asuntos más serios aunque no por ello menos esperpénticos. Me refiero, por ejemplo, a esa sentencia que condena a una madre a pagar 19.000 euros por no haber educado correctamente a un hijo. El pibe le partió la cara -y también un par de dientes- a un compañero del instituto.

Con todo el respeto del mundo -y también de parte del Universo- para nuestros tribunales, esta condena me parece un auténtico absurdo. ¿Qué puede hacer hoy un padre para educar a un hijo? ¿Darle una bofetada? Que ni se le ocurra. ¿Castigarlo varios fines de semana sin salir? Hasta que el niño se canse, llame a un teléfono de atención al menor y denuncie al viejo por maltratarlo psicológicamente. Qué país de monstruos y de absurdos hemos creado.

rpeyt@yahoo.es

 

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