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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Beneméritos controles

24/mar/08 19:42
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DOCE y tres minutos de la medianoche del viernes en la autopista del Norte. Una guagua me adelanta a 130 kilómetros por hora y se incorpora bruscamente a la derecha para no sobrepasar la desviación hacia el Puerto de la Cruz. Debo frenar para evitar la colisión. Doce y cuatro minutos. Control de la Guardia Civil. No un simple control de alcoholemia, sino algo más. Hay varios vehículos de la Benemérita a uno y otro lado de la carretera. Veo de reojo a un joven fuera de su coche con los brazos en cruz, mientras un agente lo cachea. A la guagua de la maniobra temeraria la dejan seguir sin detenerse. A mí, no. Se me acerca un guardia joven con aire campechano. "Buenas noches. ¿Ha bebido usted algo?". "Pues la verdad es que sí", le respondo sincero. "Un par de vasos de agua y una cocacola". "¿Me está tomando usted el pelo o qué?", me pregunta ya no tan campechano. "Usted me ha preguntado y yo le he respondido". "Pero bueno, ¿no sabe que si le preguntó si ha bebido me refiero a si ha bebido alcohol?".

Quizá en otro momento, y en un lugar más cómodo, me hubiese puesto a debatir lo que significa el verbo beber. Aunque antes hubiera consultado el diccionario de la Real Academia por si acaso.

"¿Tiene usted algo contra mí?", volvió a preguntar el guardia civil otrora simpático. "Que yo sepa, nada; ni siquiera lo he visto en mi vida", fue mi ya un tanto aturdida respuesta. "En cualquier caso, hágame la prueba de alcoholemia y salimos de dudas". "Ande, siga; lo que hay que aguantar", fue su última frase; una frase a medio camino entre la condescendencia y el enfado.

No voy a decir en qué vía -o vías- por una mera cuestión de prudencia, pero en los últimos meses he "caído" en no menos de media docena de controles de la Guardia Civil. De hecho, ya conozco más o menos dónde, qué días y a qué horas los voy a encontrar. Y hasta la cafetería, no muy lejos de mi casa, donde se toman un tentempié los sábados y domingos por la mañana después de toda una noche en la carretera. Sobra decir que siempre me han tratado con corrección, y que nunca me han hecho soplar. Acaso les inspiro confianza. Eso sí, hace poco una guardia civila -femenino políticamente correcto de guardia civil- por fin me hizo vaciar el contenido de los pulmones en el temido aparatito. Eran las siete menos cuarto de la mañana y la agente -¿debo escribir agenta?- estaba por la labor de dejarme ir. "¿Se acaba usted de levantar, verdad?", preguntó para corroborar su intuición de mi sobriedad. "No, todavía ni me he acostado". Deduje, por la expresión de su rostro, que mi sinceridad le pareció obscena. Nadie confiesa eso, aunque lleve toda una noche de juerga. Así es que soplé hasta que se apagó la luz verde. No sabría decir si el cero absoluto le causó cierta decepción o, al contrario, una suerte de tranquilidad por no tener que empapelarme.

En fin: a mí los controles me parecen muy bien. Lo que no me gustó fue el tonillo del "ande, siga". Me recordó el acento prepotente de otros tiempos no tan democráticos, cuando para pedirme la documentación en una carretera del País Vasco, el agente metía el subfusil Z por la ventanilla del coche y me ponía el cañón a tres centímetros de la cara. Pero no convirtamos en conducta general lo que, estoy seguro de ello, sólo es una excepción.

rpeyt@yahoo.es

 

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