ABUNDAMOS en la idea de que Tenerife cuenta para la próxima legislatura con tres representantes en las Cortes ideales, dados sus antecedentes políticos, para defender a la isla: Ana Oramas y José Segura, en el Congreso de los Diputados, y Antonio Alarcó, en el Senado. Y entre los asuntos que primero les tocará defender se encuentran las numerosas obras de infraestructuras que marchan a ritmo lento o que ni siquiera se han empezado; en algún caso ni siquiera el proyecto está aprobado. Pero son actuaciones necesarias para que no se pare la economía, para que pueda absorber la mano de obra que se va quedando en paro a causa del período de crisis que ya ha comenzado, y que se nota más, precisamente, en la construcción. La relación de estas obras pendientes ya la conocen nuestros lectores, pero no está de más hacerlo otra vez, para que nos demos cuenta de su trascendencia: el cierre del anillo insular de carreteras con una vía de dos carriles en cada dirección, que facilitaría enormemente los desplazamientos entre las comarcas del Norte y el Sur de Tenerife; la construcción de una segunda pista en el aeropuerto Reina Sofía que le dé más capacidad operativa y, por tanto, puedan aterrizar más vuelos turísticos, hoy por hoy, principal fuente de riqueza de la isla; la construcción del puerto industrial de Granadilla, complemento indispensable del de Santa Cruz, que no puede crecer apenas por falta de espacio; la creación de una planta regasificadora de gas natural, indispensable, entre otros usos, para alimentar las centrales eléctricas, reduciendo el precio de la generación de energía y las emisiones contaminantes hasta los niveles que exige el Protocolo de Kioto; el tendido de dos líneas férreas entre Santa Cruz y el Norte y el Sur de la isla para facilitar la movilidad y descongestionar de automóviles las saturadas autopistas, reduciendo también la contaminación.
Y, además de todo eso, como cada uno de los representantes en las Cortes citados pertenece a uno de los partidos principales, que gobiernan en los cuatro municipios que componen el área metropolitana de Tenerife, también se podría decir que en su mano está hacer algo más por la isla: podrían animar a sus respectivos compañeros de Santa Cruz, La Laguna, Tegueste y El Rosario a buscar la formación de una ciudad única que haga desistir a Las Palmas de su deseo indisimulado de acabar con la capitalidad compartida e implantar la única con sede allí, alegando su mayor población. Si se creara esa ciudad única en Tenerife, cuando llegue el inevitable día de la soberanía y se vuelva a plantear la cuestión de qué ciudad debe representar a ese país, Santa Cruz estaría mejor posicionada, ya no sólo por estar en la isla mayor y más poblada, además de por reunir mejores condiciones paisajísticas y naturales, sino por ser ya la mayor ciudad de Archipiélago. Eso, a no ser que los constitucionalistas canarios de ese momento encuentren otra fórmula para resolver la disputa. De todas formas, siempre se puede citar el precedente de que Santa Cruz fue durante más de un siglo la capital de la provincia única de Canarias hasta que esa condición le fue arrebatada por una nefasta maniobra un día del año 1927.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD