DIGNA MARTÍN, Santa Cruz
Es muy difícil encontrar a alguien que, tras haber vivido una larga vida, haga balance de toda su trayectoria humana y profesional y no encuentre algún motivo para la decepción o el sinsabor. ¿Cuestión de suerte? No lo creo, al menos en el caso de Carmen Clorinda Hernández, maestra jubilada de Puntallana y que recientemente recibió un homenaje por parte del ayuntamiento con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer. A sus 95 años todavía es capaz de contagiar la felicidad que irradia, evocar los buenos recuerdos de cuando enseñaba en su pueblo natal y, después, en Santa Cruz de La Palma, y mirar al futuro con optimismo.
No era sencillo que una mujer de la segunda década del siglo pasado, procedente de un entorno rural, pudiera realizar estudios superiores. Pero Carmen contó con el apoyo de su padre y su primo, que la animaron en su carrera profesional, convirtiéndola, muy probablemente, en la primera mujer de Puntallana en obtener el título de Maestra Nacional. "Tenía un primo médico, Rodrigo Rodríguez, muy cariñoso y familiar, que iba a vernos de vez en cuando y me preguntó un día si no me gustaría estudiar. Le dije que sí, pero que no tenía medios. Entonces me dijo: Vas para casa. Y así fui a Santa Cruz de La Palma. Y después me fui a Tacoronte con su hermana, que era maestra, y mi tía Isabel, su madre", relata.
En Santa Cruz de La Palma asistió a la escuela de las hermanas doña Andreína y doña Emérita de Las Casas. "Yo -cuenta- bajaba los lunes desde Puntallana caminando y subía los sábados. Para el recorrido me ponía unas lonas, porque los zapatos me molestaban mucho, y me las quitaba al entrar a Santa Cruz". De ahí marchó a Tacoronte para estudiar la carrera en La Laguna, obteniendo el título de Maestra de Primera Enseñanza el 24 de septiembre de 1930. Al no haber cumplido los veinte años, edad mínima exigible para poder acceder a la escuela en propiedad, tuvo que estar regentando durante dos años escuelas interinas, entre ellas la escuela de niños de El Granel. Su primer destino en propiedad fue en El Paso, pero cuando quedó vacante una plaza en Puntallana volvió a su pueblo.
"Yo no me quería ir porque en El Paso me trataban con mucho cariño. Yo me hospedaba en el Monterrey, iba caminando a Cruz Grande, que es donde tenían la escuela. Pero estuve poco tiempo, porque, como mis padres vivían en Puntallana, ellos querían que volviera". Y así lo hizo, pues entre 1934 y 1951 fue maestra en propiedad de primera enseñanza de Puntallana, ubicándose la escuela en la actual Casa Luján.
Sobre sus recuerdos en la enseñanza de aquellos años cuenta orgullosa que "no tuve tropiezo ninguno, gracias a Dios; mis alumnas todas me querían, todavía hoy me recuerdan y si me ven por ahí me saludan". Eso sí, aclara que antes "los alumnos respetaban más al maestro". Prueba de este afecto era que "al yo tener el complejo de que era pequeña, me ponía unos tacones grandes para dar clase y como mi casa estaba abajo, en El Taboco, y había que bajar una cuesta con piedras, mis alumnas se fajaban para ayudarme a bajar", cuenta riéndose Carmen.
Quizás la clave de esta empatía radicaba en que "no era un maestra dura, sino cariñosa y por eso me respetaba todo el mundo. Estuve cuarenta años dando clases y jamás tuve un percance, ni con niños, ni con padres, ni con nadie", afirmó.
Recuerda que su asignatura favorita para impartir era La Gramática y a algunas alumnas muy inteligentes, Armenia y Emiliana. Lo peor de la época, según recuerda, era que la mayoría de los estudiantes de Puntallana no tenían medios para continuar los estudios.
Sobre el local donde daba clases señala "que estaba debajo del ayuntamiento, en un lugar pequeño y oscuro. Una vez fue a visitarme una inspectora y se dio cuenta de que el maestro que estaba allí tenía 10 alumnos en un salón que reunía mejores condiciones y hecho por don Julián Guerra para la escuela, mientras que yo tenía más de 40 alumnas. Entonces la inspectora le dijo al maestro: usted que parece tan galante y tiene tan pocos niños, ¿por qué no le cambia? Él respondió que ahora mismo y las chicas se volvieron locas de contentas y salieron corriendo con las sillas al salón hecho por don Julián Guerra para la escuela, pues allí se daba la clase con comodidad".
En 1951 llegó a Santa Cruz de La Palma (motivado por el traslado un año antes de su marido, el también Maestro Nacional Segundo Piñero Rodríguez, con quien contrajo matrimonio el tres de enero de 1946), donde continuó con su labor docente en la Escuela Unitaria de Niñas ubicada en la casa de Manuel Castro y María Eugenia Feliciano, hasta que se inauguró el Grupo Escolar Norte, ejerciendo en este centro hasta su jubilación en 1982 al cumplir 70 años.
Una trayectoria profesional marcada por el buen hacer, la bondad y su carácter afable que le han valido el reconocimiento sincero de su pueblo. El único revés que cuenta de su vida fue la muerte de su marido. "El mayor disgusto fue cuando murió mi marido".
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