JUAN JOSÉ RAMOS, Éibar
El Tenerife enterró ayer gran parte de sus esperanzas de la peor manera posible: encajando una goleada en un escenario como Ipurúa, ante un Éibar que ayer parecía un equipo de superior categoría y mostrando una actitud deplorable en la segunda parte. El guión sólo fue distinto en la contundencia de la derrota, pero repitió los males de otras muchas tardes en las que los de José Luis Oltra afrontan un encuentro lejos del Heliodoro.
Una vez más, saltaron al terreno de juego con buenas intenciones, pero sin la agresividad y el hambre de un aspirante a algo importante. Por eso, al primer golpe, como los malos boxeadores (esos que los promotores ponen para que sus estrellas luzcan trayectoria) cayó a la lona sin capacidad de reacción alguna.
Lo curioso es que ese certero puñetazo a la mandíbula blanquiazul lo dio el árbitro, inventándose un penalty de N'Diaye por mano. El caso es que Codina centró y el balón fue a golpear en el brazo del franco-senegalés que, ni tuvo intención ni lo despegó del cuerpo de manera voluntaria. Goiria aprovechó el regalo convirtiendo la pena máxima (16'). La verdad es que, hasta ese momento, el bando local se había dedicado a achicar balones y ni había rondado el área de Juan Pablo. El Tenerife, por el contrario, parecía más entero, aunque no había creado ni una sola ocasión.
Pero a partir de ahí, el centro del campo visitante empezó a perder la compostura... y el balón, con un cúmulo de imprecisiones que ponían en bandeja los contragolpes a la escuadra armera. Así, el 2-0 pudo llegar en un centro de Chiqui que Del Olmo cruza demasiado (22'). O más tarde en una dejada de Altuna que Codina remata por encima del larguero (36'). También avisó de sus intenciones Goiria, que disparó fuera para culminar una buena combinación de su equipo (43').
La mejor noticia para los blanquiazules era lo exiguo del marcador al descanso. Su bagaje ofensivo se reducía a un disparo desde la frontal y con la pierna izquierda de Julio Hormiga (31'). Oltra no quiso retrasar más lo inevitable y arriesgó en busca de la remontada, dando entrada a Cristo Marrero por N'Diaye. Nunca se sabrá si su idea era buena o no porque sus jugadores la echaron por tierra con una pasividad propia de un grupo que no cree en sí mismo. Del Olmo condujo la contra y Goiria, dentro del área, recibió su pase, se colocó el balón, miró y remató a la red (47'). La defensa tinerfeñista sólo se comportó como el espectador mejor situado del estadio. Les faltó aplaudir.
Se acabó el partido y puede que la temporada para el Tenerife. A partir de ahí, los de Mandiola dieron un recital de juego ante un rival sin ganas. Bueno, ganas sí, pero de que se acabara un partido al que le quedaba un mundo. El conjunto tinerfeño se seguía desangrando por el medio, permitiendo al Éibar hurgar más en la herida abierta. La defensa fue constantemente superada en cada ofensiva vasca. ¿Qué pensaría Culebras en el banquillo viendo a su competencia incapaz ante cada jugador local que encaraba? Sólo Hormiga, Ayoze y Cristo se movían, por vergúenza torera, para pedir el balón. A ellos se les puede discutir el desacierto, pero no la actitud.
El festival lo hizo mejor Goiria (52') firmando su "hat trick" y lo completó Nacho Insa, tras un saque de banda y otra vez ante la mirada pasiva de la zaga insular (77'). Yagüe pudo incluso hacer la herida más grande a poco del final (87'). Juan Pablo evitó el quinto.
La entrada de Rosquete y Longás no cambió nada en el cuadro canario porque los milagros cada vez se dan menos en el mundo del fútbol. Y así, la pesadilla, sí la pesadilla, porque el Tenerife ya no sueña, se encaminó a su final: despertar y toparse con la realidad.
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