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ANTONIO ALARCÓ *

Legitimidad democrática

23/mar/08 19:41
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En términos jurídicos, la legitimidad es la capacidad de ser obedecido sin recurrir a la coacción, en contraposición a la autoridad. En términos políticos, la legitimidad es la capacidad que permite ejercer el poder sin necesidad de recurrir a la violencia. No debe confundirse legitimidad política con afinidad política. En democracia, los votantes del partido político perdedor pueden lamentarse por haber perdido las elecciones, pero no por ello desobedecen al nuevo gobierno.

HABLAR de democracia durante estos días es referirse a la mejor forma de gobierno que podamos disponer. Entendemos este sistema como aquel que tiende siempre a la excelencia, nunca a la mediocridad.

Al no ser fin en sí misma, no debemos de descuidarla en lo más mínimo; si la abandonamos, podemos correr el riesgo de permitir desajustes e incongruencias. De ahí el interés de algunas personas (pocas por desgracia) por trabajar a diario y adquirir compromisos con la sociedad en donde la transparencia funciona como perfecto conector.

Antiguamente, fueron los sacerdotes (al ser consideramos intérpretes de Dios) los encargados de marcar las pautas necesarias del consentimiento. En otras ocasiones, y sin necesidad de recurrir a divinidad alguna, la mera existencia del poder asentaba en su misma existencia la razón de la obediencia. Hoy las cosas son bien distintas y es nuestra la obligación el intentar que así sigan. Las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que le confieren legitimidad al representante. Es fundamental la participación; sin ella, la democracia se desfigura. Nos referimos a que el ciudadano necesita saber que es protagonista del ahora y de su propia historia y porvenir.

Hablamos entonces de una democracia que propicie la legitimidad ligada en todo momento a la voluntad popular como su base fundamental. Una legitimidad democrática producto del proceso electoral y ordenado que resulta de los comicios.

Hay que evitar, y sobre todo en política, las costumbres y el uso viciado de las formas; legitimidad y merecido reconocimiento deben estar unidos. Y ya que estamos hablando sobre política, no podemos obviar que con el respaldo de la legitimidad dado por los votos, el político deja de actuar en democracia si actúa con la única preocupación de ganar las elecciones. Grave error. Cuando el político pierde sus puntos de referencia y se limita a garantizar su supervivencia en el plano de la política activa, lo mejor que podría hacer para demostrar que es demócrata es irse. Sin embargo, son múltiples los ejemplos de cómo se engaña, de cómo se ocultan fraudes y corruptelas, de cómo se elaboran campañas electorales basadas en el dinero a invertir en marketing y no en hacer análisis frío de lo conseguido y en propuestas de gobierno realizables.

Por ello, de no regularse y articular los mecanismos de control y mejora de quienes ejercen el poder, el ciudadano con su voto no tiene la posibilidad de elegir a quienes den cumplimiento a sus deseos de lograr la prosperidad social. Ésta quedará reducida a quienes, a su vez, disfrutan de poder económico, cultural, etc. Los avances sociales se convertirían en minoritarios, los principios de equidad desaparecerían y la democracia dejaría de existir.

La democracia debe de ser siempre el motor del progreso de toda sociedad que se rija por ella, nunca un lastre o modo de conseguir poder o enriquecimiento de una minoría. Por encima de todo están las personas y han de ser los ciudadanos, con el ejercicio de sus responsabilidades, la fuente de la reivindicación. A ellos corresponde el exigir a los políticos que cumplan con sus deberes. Han de estar atentos y apreciar a los que están realmente dispuestos a cumplir con los elevados compromisos que implica el ejercicio de la política (vista siempre como servicio, nunca como beneficio).

* Senador por la Isla de Tenerife, vicepresidente 2º del Cabildo Insular de Tenerife y consejero del área de Sanidad y Relaciones con la Universidad

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