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JOSÉ Mª SEGOVIA CABRERA

El "Navy Cert"

23/mar/08 19:41
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En una reciente "rebencada gubernamental" del maestro y sin embargo amigo Francisco Ayala, se aludía al "navy cert", algo que la mayoría de los lectores de este diario, conociendo además su despego a las cosas del mar, seguramente ignora hasta lo que es. Pero no siempre fue así. La batalla del Atlántico de la 2ª Guerra Mundial, que abarcó algo más del año 42, había prácticamente terminado y la circulación de navíos por el Atlántico había perdido el grado de altísimo riesgo a que los submarinos alemanes habían sometido hasta entonces a la navegación entre, principalmente, los Estados Unidos y su ley de Préstamos y Arriendos previa a su entrada en la contienda, y una Europa en guerra de la que casi inexplicablemente se había salvado hasta entonces España, que supo no subirse al carro del momentáneo vencedor inicial, y que a su vez había padecido una propia mucho más dolorosa y sangrienta como lucha entre hermanos. La construcción americana de navíos en serie y en proporción superior a aquella en que eran hundidos y la navegación en "convoy" ya experimentada con éxito en la primera Guerra Mundial, aquella a la que erróneamente se la llamó "La Gran Guerra", al lado de la que se estaba desarrollando en nuestras narices, habían invertido el sentido de la balanza en el equilibrio marítimo comercial y bélico en el Atlántico. Pero, tanto en paz como en guerra, eso de "la libertad de los mares" continuaba siendo una quimera en mano de los combatientes, antes en la de los submarinos alemanes y ahora en el de los barcos de guerra aliados.

Y allí, en medio de aquel conflicto que se extendía desde las islas británicas hasta las del Japón, en medio de aquel fregado por tierra, mar y aire, allí estábamos nosotros en nuestras islas, con el comercio de plátanos y tomates en situación precaria por el colapso de nuestro principal mercado, como era el inglés, que no estaba aquella buena gente como para pensar en tomates con lo que les venía desde el cielo por las famosas V-2 que llegaban a "la isla" desde "el continente", mientras seguíamos pendientes casi exclusivamente del comercio con la Península, de donde hasta el año 36 sólo nos llegaba una vez a la semana el correo y una vez al mes el sueldo de los empleados del Estado que aquí trabajaban, y a donde nos habían dejado de llegar las telas con las que, adquiridas en "El New England", nuestros padres se hacían sus trajes; o ya no nos llegaban de Checoeslovaquia unos zapatos que se compraban en Almacenes Bata; donde ya no era posible regalar a familiares los pijamas aquellos de seda de la China y donde la mantequilla que se compraba gracias a los "cambulloneros" en sitios como Los Dos Hermanos de Viera y Clavijo, ya no era la australiana de "El Ancla". La guerra nos había cambiado no sólo la forma de vivir, sino hasta la de comer y vestir.

Porque el mar seguía siendo nuestra vía de acceso al resto del mundo; eso de los aviones sólo valía para dejar caer bombas en territorio enemigo y todo el resto, es decir, cuanto se necesitaba, creaba y consumía venía por el mar o, simplemente, no venía. En este medio aislamiento en que estábamos con el resto del mundo -ya no atracaban aquellos inmensos trasatlánticos llenos de turistas que se desparramaban por la isla en sus taxis sin capota, que era una delicia sentir el sol en la cara y el frescor de la noche al volver a bordo, tampoco se formaban aquellas colas interminables de camiones llenos de huacales de plátanos o cestos de tomates que venían al puerto desde todos los puntos de la isla-, la gente seguía yendo por las tardes a pasear al muelle, a despedir a los que se iban a la Península, a estudiar o trabajar o a divertirse, que Europa estaba entonces vedada, o a recibir a los que llegaban, a curiosear quiénes subían y bajaban en los "correíllos" para Las Palmas, o para La Palma y hasta El Hierro y La Gomera. Allí se abrían los periódicos de Madrid y Barcelona por primera vez y nos enterábamos quién había ganado la última etapa de la vuelta a España, que en Francia o en Italia no estaban para esos menesteres; allí le echaba uno la vista encima por primera vez a aquella chiquilla (¡hay que ver lo que ha crecido la condenada!) con la que uno acabó casándose y allí le dimos el adiós muchas veces a quienes se fueron a tierras extrañas en busca de mejor fortuna que la que aquí les esperaba y que nunca volvieron.

Pero todo cambiaba y mejoraba, lenta pero continua y machaconamente, con insistencia y perseverancia, pensando en tiempos mejores que ya casi se tocaban. Habíamos pasado de buques de carga y pasaje como el "Río Francolí", el "Isla de Tenerife", el "Valentín Ruiz Senén" y tantos otros, aparte de los correíllos entre islas y con nombre de ellas y los barcos de fruta que se la llevaban al extranjero, a otro tipo de barcos de mayor porte, donde el pasaje constituía la parte quizás más importante además de las amplias bodegas, barcos como el "Villa de Madrid", el "Ciudad de Sevilla" o el "Dómine" (creo recordar que fue en este último donde embarcó en tiempos de nuestra Guerra Civil la "División 151" al mando de nuestro general don Anatolio Fuentes y formada por canarios de todo tipo y condición, edad y naturaleza), barcos que en determinadas épocas del año coincidentes con el ciclo universitario en la Península se llenaban de canarios que allá íbamos a estudiar lo que aquí en las Islas no se podía aprender, y donde, como me recordaba el otro día aquí en Madrid el amigo Antonio de Lorenzo-Cáceres, miembro activo de una tertulia de "extramuros" que se ha inventado Pedro Tarquis, se hacían nuevas amistades en aquellas largas sesiones en los amplios salones del barco, donde siempre hay alguien que toca el piano, o la guitarra o el timple y se organizaban parrandas y bailes que amenizaban el viaje de mas de dos días, que era lo que se tardaba en llegar a Cádiz. Pero, lo que son las cosas, no siempre se llega a donde uno desea arribar. Y eso nos pasó me parece que fué el año 44, donde después de una tranquila travesía esperábamos amanecer en el puerto de Cádiz, donde algunos que no nos quedábamos allí donde muchos estudiaron Medicina, habíamos de coger el tren que salía al anochecer y llegar a la mañana siguiente a Madrid, a veces con un cambio de tren al empalmar más allá de Sevilla con otro que venía de Málaga.

Generalmente, la noche previa a la llegada a Cádiz no era de las más tranquilas, y los nervios por la llegada y la marcha a Madrid, en mi caso, o a otros puntos de la geografía española para los estudiantes, hacía que se prolongase más de lo prudente el copeo, el cante, el contar historias y la diversión, que ya habría tiempo de dormir en el tren. Corrieron extraños rumores durante la noche que se desvelaron en la temprana mañana, cuando nos dimos cuenta de que no habíamos llegado precisamente a Cádiz. ¿Dónde estábamos, que tierra es ésta? La explicación era simple. Las fuerzas navales de vigilancia aliadas, es decir, inglesas, habían desviado el barco de la ruta de Cádiz a la de Algeciras, donde el barco se encontraba fondeado en medio de la bahía, y donde iba a ser sometido a un rígido control que, supongo, habría de referirse tanto a la carga como al pasaje. A nosotros se nos dijo que íbamos a ser interrogados por funcionarios británicos de un país en guerra, que respondiésemos a las preguntas que se nos hicieran y que, incluso, si teníamos alguna carta que dejar para Canarias, ellos se encargarían de darles el curso debido, si bien habíamos de entregar el sobre sin cerrar e incluso permitir su lectura para evitar cualquier mención a los hechos que íbamos a presenciar. Y así fue. Porque resultaba que aunque el mar es libre y cada cual es soberano en aguas internacionales y un barco es un trozo del suelo patrio, allí los que mandaban eran los ingleses de la Home Fleer y para tolerar la libre circulación de barcos por la zona en conflicto habían de dar el correspondiente certificado, el navy cert, que el Almirantazgo Británico expedía a aquellos países "que no se opusiesen a los intereses del Imperio Británico". Y no se andaban con chiquitas, que por no llevar el correspondiente certificado habían sido hundidos dos barcos españoles y apresados otros quince, que aquellos señores no andaban con juegos. Y así fue: se formaron unas colas ante un par de mesas en las que se sentaban unos señores que habían venido desde Gibraltar en una falúa, auxiliados por unos interpretes y allá fuimos pasando uno a uno, exhibiendo nuestras "cédulas personales", pasaportes los que los tuvieran, (no existía el DNI, invención franquista), en entrevistas puramente nominales, rápidas y simples, donde incluso hube de explicar el contenido de una carta que mandaba a mi novia y donde no podía hacer alusión al hecho que estábamos viviendo, como así era. Allí mismo creo que se cerró y la carta siguió un rumbo no previsto inicialmente. Como es natural y dado que se trataba de un barco "franquista" y oficialmente no "aliado", las opiniones eran unánimes en contra de aquella "arbitrariedad", aunque el que más y el que menos nos sentíamos satisfechos de haber pasado por una experiencia inesperada y que sólo los que veníamos de Canarias podíamos esperar sufrir, si bien el "navy cert" era exigido a cualquier tipo de barco que surcase aguas internacionales próximas a las zonas en conflicto bélico, lo que para España era imprescindible, ya que el comercio exterior era principalmente de fruta, minerales y granos.

Sólo la crónica de Francisco Ayala ha venido a recordarme que yo también, hace mas de 60 años, pude experimentar las consecuencias del "navy cert" que se exigía por los aliados a los navíos de países que no participaban en el conflicto bélico mundial, con lo que nos quedamos también sin el "Plan Marshall", que permitió a los países en conflicto (incluso los perdedores, que vieron sus derruidas fábricas reemplazadas por otras modernísimas) el poder rehacerse con rapidez, algo que tuvimos que hacer solitos. Y además, siendo España entonces, según dictámen de nada menos que la ONU, "un país peligroso en potencia" (pobres desgraciados en un solar destruido por 3 años de guerra fratricida) se obligó incluso a la retirada de embajadores y al cierre de nuestras fronteras, por lo que, sin la ayuda de nadie, logramos sacar el país adelante hasta colocarlo, en el momento de la Transición, en la séptima u octava potencia industrial mundial. ¡Ah!, esto es también Memoria Histórica, de la buena.

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