HE VUELTO a descubrir Santa Cruz en Semana Santa. Llevo años alejándome de aquí buscando la tranquilidad, el sol y el mar. Pero nada hay más tranquilo que Santa Cruz en Semana Santa. Me alegro de haberme quedado. Volveré a repetirlo. La gente pasea y disfruta de una ciudad casi vacía. Las personas mayores reviven sus tradiciones y cuidan en estas fechas sus sentimientos religiosos. Resulta emotivo ver cómo, año tras año, renuevan su fe asistiendo a las procesiones. Sintiendo y viendo los distintos pasos.
En el resto de España ocurre lo mismo. Quienes todavía creen en una España alejada de sus raíces cristianas es que viven completamente de espaldas al país. Es verdad que la calidad de vida llevará a muchos millones de personas a pasar estos días de vacaciones en la costa, en el campo o en las segundas residencias. Es normal por la propia dinámica de los tiempos que corren. España es un año más durante la Semana Santa una explosión de fe religiosa, pese a quien pese y al margen de los vaticinios ateos y de los sociólogos sectarios. El sentimiento católico de la sociedad española se renueva periódicamente a pesar de seguir siendo cuestionado por una parte del discurso cultural y político. Legislar contra este sentimiento religioso sería una insensatez.
El fervor recorre España y las calles han vuelto a llenarse de pasos y de gentes esta Semana Santa, que vive a mi juicio un momento de auge con una presencia popular multitudinaria. Los adalides del laicismo radical deberían observar con detenimiento esta ejemplar demostración de fe y sentimiento religioso. No desconozco que hay, sin duda, mucho de folclore y de fiesta en el gentío que sigue a las imágenes.
Hay quienes asisten indiferentes, desde el punto de vista religioso, a este espectáculo multicolor y único. Existe una lectura que interpreta el éxito popular de la Semana Santa no precisamente en clave religiosa, sino como una respuesta multitudinaria a un colosal y espléndido espectáculo. Sería absurdo obviar que las procesiones y su escenografía son un importante reclamo para el creciente turismo extranjero. Toda Andalucía es el gran escenario español del folclore religioso en estos días. Pero también es verdad que todos los templos españoles se han abarrotado, sobre todo de gente joven, durante los oficios de Semana Santa y que, sin fervor y fe, resulta imposible e inviable poner en marcha una procesión.
En Santa Cruz hay tres procesiones que me atraen especialmente. La del Encuentro, en la calle La Rosa, es la más querida en mi barrio de Toscal. Este año un tanto deslucida por la lluvia. El Jueves Santo, a las diez de la noche, sale La Macarena y el Cristo de la Iglesia de la Concepción. Muchísima gente la esperaba. Y, ya el Viernes, la Virgen de las Angustias, al mediodía y rodeada de señoras con mantillas, se detiene frente a San Francisco para escuchar el "Adiós a la vida" interpretado por la banda municipal. Hacía años que no saludaba a tantos y tan viejos amigos y conocidos. Y todo por mi culpa al no quedarme años atrás, en este Santa Cruz auténtico de la Semana Santa de siempre. Es una de las pocas señas de identidad que no han podido arrebatarnos las autoridades con su nefasta política expoliadora y sustitutiva.
Y finalizo estas líneas con unas frases de Luis María Ansón en su reciente artículo "Me aburren los ateos". Me aburren los ateos. Siempre están hablando de Dios, escribió Heinrich Böll en Opiniones de un payaso. "Los santurrones del ateísmo aprovechan la Semana Santa para exudar sus obsesiones y afirmar, como si de un dogma se tratara, la pérdida del sentido religioso y la paganización de las fechas en que los cristianos conmemoran la pasión y muerte, también la resurrección, del Hijo de Dios vivo".
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